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Libros al peso

Paseo por Pumarín, el barrio en el que me crié, y se me encoge el corazón. El barrio vitalista y en continuo crecimiento de mi infancia se ha convertido en un espacio romo y triste, en un ser avejentado que camina torpe hacia su propio olvido. Me cuesta reconocer mi barrio y me duele. Las viviendas obreras de fachadas de ladrillo rojizo o amarillento siguen ahí, el trazado irregular y dispar de las calles es el mismo, pero ya son muchas las ausencias y, algunas, hieren demasiado. Camino y sólo veo rostros conocidos que han envejecido, caras que ya no se iluminan cuando te reconocen, que se han ido desliendo como el color de las fachadas de los edificios, hojas moribundas con las que el otoño de la vida va alfombrando las esquinas del patio de mi memoria. Como no podía ser de otro modo, y puesto que la vida comercial no deja de ser parte del relato de la vida del barrio, ésta también se ha ido apagando. Los comercios de toda la vida (algunos realzados con el sugerente sustantivo de ultramarinos) han ido cerrando conforme sus dueños han llegado a la edad de jubilación y son escasos los nuevos negocios que ven la luz.

En uno de mis vagabundeos por el barrio fui testigo del nacimiento de uno de los últimos que han abierto sus puertas. En efecto, hace apenas un par de semanas, en un rincón apartado del callejero, vi como una pareja de mediana edad se afanaba en acondicionar un local, que no recuerdo haber visto nunca abierto al público. La sorpresa fue mayúscula cuando, terminadas las obras, comprobé que sobre la renovada fachada lucía un discreto un rótulo que ponía librería. En realidad, el pequeño local está dedicado a la compraventa de libros, lo cual me sorprendió aún más. Como idea empresarial me pareció una locura, una osadía maravillosa pero de un futuro más que incierto. Tras una primera aproximación asomándome a los libros expuestos en el escaparate, me decidí a entrar. Penetrar en una librería de lance siempre es una aventura gozosa para los que amamos los libros, uno se siente, poco menos, que Jim Hawkins con el plano del tesoro. A pesar de que el local es apenas un susurro, me demoré un buen rato ojeando los libros, buscando algún ejemplar de interés para liberarlo, como decía el querido poeta Hilario Barrero, del polvo del olvido. Mientras escudriñaba entre los anaqueles buscando el reo propicio para el indulto, entró en la librería un señor mayor preguntándole a la dueña si compraba libros. La propietaria, que se entretenía leyendo sobre el mostrador, le respondió afirmativamente, indicándole que adquiría los libros al peso. La respuesta me dejó helado. Uno siempre ha creído que los libros tienen valor por sí mismos. Un valor objetivo, relacionado con su condición material e intelectual, con el tipo de edición, formato, autor, con su propietario, pero también un valor subjetivo, sentimental, relacionado con lo que cuentan, con quién que te los ha regalado, con la peripecia vital según la cual los has adquirido, porque te han acompañado durante parte de este tortuoso camino que es la vida, porque, en definitiva, los libros, o al menos determinados libros, forman parte de uno. Me acerco a la librera, una mujer amable y cordial que tiene los ojos grandes de un brillo apagado como tomos de enciclopedia antigua, con un ejemplar de Tiempos y cosas, de Azorín, editado por Salvat en su Biblioteca Básica. Le pregunto a la mujer por el precio del libro, y, ante mi perplejidad, coloca el ejemplar en una báscula, y me dice que le debo un euro con noventa céntimos. Me despido de la librera y de su librería de viejo con el alma arrugada, como las esquinas de un libro que es presa de la lluvia. Quizás este jardín de historias dormidas no deje de ser una esquina más de este barrio que se muere.

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Un espacio entre dos mundos: el campo de la iglesia de Somió

En una entrevista reciente, el escritor asturiano Ignacio del Valle, relataba que para documentar su última novela había recorrido parte de los paisajes de la costa asturiana con los ojos de un viajero que los hollara por primera. A mí a veces también me gusta jugar a este juego de imaginar que visito por primera lugares que me resultan familiares. Como quien se sacude el polvo del camino tras una larga marcha, me gusta sacudir la mirada y limpiarla de los prejuicios que siempre llevan consigo la cotidianidad, la prisa y la frecuentación de los lugares. Me gusta dejarme arrastrar por las sensaciones, entretenerme en leer el paisaje que cambia con la luz haciendo que los objetos y los espacios parezcan nuevos, como recién creados. Paisajes que se presentan envueltos en papel de oro o escondidos tras un sutil velo de plata; vestidos con un atractivo traje de lluvia o desnudados por la fría y desgarradora luz de la creación.

Es finales del mes de febrero y el campo de la iglesia de Somió está desierto. La mañana se despertó soleada pero el aire es frío, cortante  como el filo de un cuchillo. El suelo parece un cielo cuajado de estrellas cristalinas, lágrimas petrificadas de la noche pasada que se quiebran bajo mis pies. En este lugar del viejo Gijón, uno de los rincones más hermosos, y quizás olvidados de la ciudad, el tiempo parece haberse detenido. Aquí siguen los vetustos plátanos de sombra luciendo espléndidos su traje de camuflaje. A estas alturas del año, enhiestos y desarmados, parecen haber desistido de su cometido de vigilar el templo parroquial, ese alarde neoprerrománico que el arquitecto Juan Manuel del Busto alumbró para mayor gloria de la burguesía local a comienzos de los años treinta del pasado siglo XX. Los rayos del sol, aves de paso que alzan el vuelo con el discurrir de la mañana, resbalan sobre la cara del templo realzando su pétrea belleza. Frente al cabildo, como si aguardase a que los fieles entrasen a misa, don Pío, el que fuera párroco de Somió durante cinco décadas, descansa en el asiento de piedra que el escultor Miguel Álvarez, Ponticu, labró para él. Su mirada parece descansar sobre las tres cruces de piedra que recuerdan el carácter sagrado del campo de la iglesia. Silente, tan discreto que suele pasar inadvertido, el viejo humilladero, inclinado por la presión que las raíces de los árboles ejercen sobre él, invita a sentarse a su pie y ausentarse de este mundo por un rato. El silencio lo inunda todo y una paz conventual envuelve esta discreta zona verde del corazón de Somió.DSC_0016

El motor del autobús municipal que se acerca me sitúa en la realidad. Descienden varias señoras que hablan despreocupadas entre ellas, rompiendo con su elevado tono de voz la liturgia del momento. Pienso que las estruendosas viajeras, vecinas de alguna barriada de la periferia, serán empleadas del hogar que se encaminan a sus quehaceres en alguna de las llamativas residencias que se enseñorean por los alrededores. La algarabía que traen consigo me recuerdan que éste campo de iglesia también es y fue un lugar de solaz y recreo popular, un espacio público en el que, desde tiempo inmemorial, se celebraban algunas de las fiestas más populares de la parroquia, como El Carmen. Por la acera de enfrente pasa una mujer que empuja una silla de ruedas.  En ella está sentada una anciana que se empeña en arrastrar uno de sus pies. La cuidadora, una mujer oronda y bañada por la luz de Caribe, parece desesperada. Por un momento pienso que ambas van a rodar por el suelo. Las voces han puesto en guardia a los perros de una casa vecina, que añaden confusión y un punto de dramatismo a la escena.  No cabe duda, Somió es un universo particular. Un lugar donde todo es posible, un cruce de caminos entre la tradición y la modernidad, entre lo democrático y popular y lo elitista y reservado, entre la realidad y la ficción. Un terreno de nadie, o de todos, como este secular campo de la iglesia que me acoge en esta fría mañana de febrero.

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Polvo del recuerdo: los fielatos de Gijón

Hay arquitecturas que, aunque de fábrica modesta, su recuerdo se mantiene vivo para quienes las conocieron en uso, bien sea por la singularidad de su diseño, porque su emplazamiento las convertía en elementos en los cuales era obligado fijar la mirada, o bien porque su propia función hacía imposible que pasasen inadvertidas. Una de estas arquitecturas que moran en el recuerdo de muchos gijoneses de cierta edad eran las estaciones sanitarias, más conocidas como fielatos. El destino de estas instalaciones, que se
emplazaban en puntos estratégicos en las principales vías de ingreso a la ciudad, era el de controlar e inspeccionar determinadas mercancías para gravarlas con los correspondientes derechos de consumos. La habitual presencia en estas construcciones de un fiel o balanza con la que llevar a cabo el pesaje de las mercancías a gravar, les granjeó el apelativo popular de fielatos, que era el nombre con el que estas edificaciones eran conocidas entre los gijoneses de a pie. En determinadas zonas de la población (como por ejemplo en las parroquias de Cabueñes y Somió hasta comienzos de la década de 1930) la inspección de consumos se hacía a modo de ronda itinerante.
Como documentó el investigador Héctor Blanco, en Gijón, el primer fielato conocido data de 1871, siendo proyectado por el destacado tracista Cándido González, a la sazón maestro de obras municipales, y localizado en las inmediaciones de la Puerta de la Villa. En general, se trataba de construcciones de escasa entidad, de fábrica de madera o de obra, y limitadas dimensiones, en las que apenas había espacio para la oficina del empleado municipal encargado de la inspección (el consumero) y para el fiel. El hecho de que algunas de las estaciones sanitarias se emplazasen en terrenos de propiedad privada, condicionó la calidad de la edificación, lo mismo que la perenne precariedad de los fondos municipales. En la década de 1920 se levantaron las estaciones sanitarias de El Humedal, puente del Piles (situada en lo que hoy sería el entronque de la avenida de El Molinón con la avenida de Castilla), El Llano y Veriña, todas ellas diseñadas conforme al diseño del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz. Con la materialización de éstas últimas, el Ayuntamiento de Gijón buscaba, en palabras de los miembros de la Comisión de Arbitrios, extender la fiscalidad a las populosas barriadas de El Llano y La Calzada. Para la construcción de estos fielatos, el arquitecto municipal proyectó unos edificios de mayor entidad pero de costes limitados, levantados a partir de una solera de cemento, el mismo material que se utiliza en bloques para la fábrica de los muros, siendo la cubierta de teja plana sin solera de rasilla y armadura de madera. Estas construcciones disponían ya de una dependencia para almacén y de un amplio pórtico para el resguardo de quienes esperaban el control de las mercancías.

Fielato de Veriña

Fielato de Veriña

De 1930, y con proyecto de García de la Cruz, son los fielatos de Ceares y Granda, y de 1932, los que se levantaron en Valdornón, en el límite con el concejo de Siero, y en Pumarín, estos diseñados por el recién nombrado arquitecto municipal José Avelino Díaz y Fernández Omaña. La traza de estas estaciones sanitarias era muy similar a las propuestas por García de la Cruz, si bien, Díaz y Fernández Omaña utilizaba la fábrica de ladrillo para los muros. A finales de la década de 1930, este mismo técnico proyectó una nueva estación sanitaria en Veriña, en la que la traza semicircular y el voladizo de resguardo de la oficina del oficial de arbitrios, le confieren un aire típicamente racionalista. Mayor notoriedad tuvo el fielato de La Guía, emplazado en la plazoleta de igual nombre, construido en 1946, que además de las dependencias habituales incorporaba aseos. En la fachada posterior, la construcción presentaba dos espectaculares ventanas en forma de ojo de buey, enmarcadas en un paramento de ladrillo, igualmente de clara influencia racionalista. Estas reminiscencias de la arquitectura moderna, de la que Díaz y Fernández Omaña fue un referente en Asturias, también se advierten en el proyecto del fielato de Somió, en uso desde 1955, edificio que fue convertido en quiosco en 1965, al ser despojado de la función que le dio vida.

Fielato Somió

En la década de 1960, con la modernización general del país, los fielatos perdieron su razón de ser y comenzó su paulatina desaparición. Aún así, en 1959 los arquitectos municipales José Antonio Muñiz y Antonio Roibás, firmaron un interesante proyecto para el barrio de El Llano (incluía además del porche cubierto para la báscula, una amplia zona de recepción, ropero, almacén, servicios higiénicos, y aprovechando una entrada independiente, un quisco de prensa) que no llegó a materializarse. La última estación sanitaria levantada en Gijón, hoy sólo polvo del recuerdo, fue la de Viñao, obra del entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, fechada en 1961.

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El jardín de la memoria

Señalaba el profesor Cruz Mundet que los archivos y su documentación tenía su origen en la propia organización social de la humanidad. Por tanto, la necesidad de conservar y organizar el registro documental de nuestra memoria viene, ciertamente, de lejos. En Gijón, el encargado de la custodia de la memoria de la ciudad, de toda la ingente cantidad de documentación producida y recibida por el Ayuntamiento en el desarrollo de las funciones que le son propias, es el Archivo Municipal, localizado en el barrio de Cimavilla, en la conocida como torre del Reloj. Si no fuera por los serios problemas de funcionalidad y de accesibilidad derivados de la propia esencia de este edificio histórico (conviene recordar que la torre, que fue sede temporal del gobierno municipal y cárcel pública hasta 1909, fue edificada en 1572 y rehabilitadtorre Reloja recreando el volumen original en 1992, momento en el se le añadió un edificio anexo para archivo), no cabría pensar en un espacio más apropiado para albergar el archivo histórico de la ciudad, apretado contra la muralla romana que lo atraviesa como una vieja cicatriz, erguido como un surtidor de sueños e historias entre el humilde caserío del barrio viejo.

El archivo municipal es uno servicios municipales más antiguos pues hay noticias de su existencia desde 1560, estando fechado el documento más antiguo que se conserva en 1507. Desde hace años, el archivo está organizado y gestionado de manera profesional, y no tiene nada que ver con esa suerte de cueva del tesoro, casi autogestionada, que fue hasta los años ochenta del siglo XX, con infinidad de expedientes y documentación sin archivar, amontonada en un semisótano de la casa consistorial en el que no eran infrecuentes, ni la distracción de documentos, ni las inundaciones (sus nefastas consecuencias todavía son visibles en multitud de expedientes). Actualmente, el Archivo Municipal está organizado en 5 secciones: Archivo Histórico, Archivo Central Administrativo, Archivo de Imágenes, Biblioteca y Hemeroteca, y conserva y pone a disposición de los ciudadanos (con las restricciones que marca la ley vigente en lo relativo al derecho a la privacidad) 17 fondos archivísticos, siendo el de mayor entidad el fondo municipal, que abarca desde 1507 hasta los últimos cinco años (estos fondos más recientes se conservan en los archivos de gestión de las oficinas municipales). Otros fondos destacados que integran la sección del Archivo Histórico son el de Astilleros del Cantábrico y Riera, el Archivo del Instituto de Puericultura, el de la Asociación Benéfica Constructora Nª Sª de Covadonga o la Sección de Cartografía (fondo casi desconocido para el público pero que cuenta con una magnífica colección de planos y mapas de gran utilidad para el rastrear la evolución y las transformaciones del territorio gijonés). Todas estas colecciones documentales cuentan con instrumentos descriptivos que facilitan la localización y consulta de la documentación. Para facilitar esta consulta pública (uno de los cometidos básicos de cualquArchivo Municipalier archivo público), el Archivo Municipal viene realizando en los últimos años un esfuerzo notable en la informatización de la gestión de sus fondos, si bien, hasta el momento, y para desazón de investigadores y curiosos, sólo centrada en la documentación administrativa municipal y no a la de carácter histórico. También es de destacar el empeño por digitalizar los fondos de la Hemeroteca y del Archivo de Imágenes, del cual ya están digitalizadas unas 39.000 imágenes, pertenecientes a las colecciones Patac, Suárez y Municipal. Para posibilitar la consulta en red de las mismas, el Ayuntamiento adquirió recientemente un software específico que, parece, está en proceso de implantación. La iniciativa se estima muy oportuna, pero debería ir acompañada de la instalación en las propias dependencias del Archivo de algún equipo habilitado ex-profeso, pues no todo el mundo tiene acceso a la red desde su casa. Otra sección del Archivo muy poco conocida pero de gran interés es la Biblioteca, un fondo especializado en temas gijoneses, cuyos registros pueden consultarse por Internet a través del catálogo de la Red de Bibliotecas de Asturias. Este fondo, que atesora verdaderas joyas, se engrosa periódicamente con todas aquellas publicaciones de temática gijonesa que salen a la luz.

Aunque pueda parecer por lo apuntado anteriormente, el archivo gijonés, nuestro particular jardín de la memoria, no es sólo refugio de estudiosos e investigadores (debo confesar que algunos de los momentos más felices de mi vida los pasé entre sus paredes enredado entre planos y papeles varios). De esto saben todos aquellos ciudadanos que acuden, rebotados de otras instancias municipales, en busca de los planos de su edificio, esos que le reclama el contratista encargado de instalar el ascensor, el técnico que está buscando la fuga que periódicamente anega el portal, o el emigrante que busca sus orígenes familiares. También los que suspiran por encontrar la licencia de apertura de ese local que quieren alquilar. Todos ellos encuentran su espacio en el Archivo, todas las consultas son atendidas con diligencia y amabilidad, aunque no todas ellas puedan ser resultas a conveniencia, bien por no aportar información suficiente, porque la documentación no se encuentre en el archivo o por ser ésta incompleta, como sucede con algunas licencias de obra mayor anteriores a 1890, que no incluyen el correspondiente proyecto (en esa época los edificios levantados fuera del radio urbano estaban exentos de ese trámite).

Desaparecida calle Nueva, Pumarín. AMG.

Desaparecida calle Nueva, Pumarín. AMG.

Para los investigadores, el Archivo es siempre una puerta entreabierta que invita a traspasar el umbral de lo ya conocido, el eco que alienta nuevas historias. Recientemente he podido trabajar en la ordenación, descripción e instalación de un conjunto de documentación relacionado con el Plan de Ordenación de Gijón de 1971, conocido como Plan Cores Uría-Álvarez Sala, por ser éstos los técnicos encargados de su redacción. Sin entrar en el detalle del proyecto, ni en los complejos avatares de dicho planeamiento, sí es relevante señalar que dentro de la documentación propia de los planes parciales que desarrollaban el plan (documentos elaborados a partir de 1970 por la consultora madrileña Urbanismo, Ingeniería y Arquitectura), en concreto los documentos de Información Urbanística, incorporan un completo reportaje fotográfico de cada uno de los polígonos objeto de ordenación. Este repertorio fotográfico, cuya información se puede complementar con la aportada en los planos del estado actual de esos espacios, nos permite obtener una imagen precisa del estado de los barrios de Gijón en un momento clave de su historia urbanística, en pleno proceso de transformación por la marea del desarrollismo. Otro camino esbozado para un mejor conocimiento de la historia urbana y social de Gijón.

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El tiempo recobrado

El viajero llegó a la ciudad de su infancia una fría mañana de abril. Un abril de manos húmedas, que envolvía el cuerpo de la ciudad en una fina capa de lluvia iluminada por una luz áspera y sucia, más propia del invierno que de la recién estrenada primavera. Tras deshacer el equipaje, tomar un café cargado y ataviarse con una gabardina y un paraguas, el viajero salió a la calle y comenzó a caminar en dirección a la bahía. Anhelaba ver la playa, la cálida sonrisa de la ciudad desplegada entre dos promontorios rocosos que parecían dos pómulos exageradamente pronunciados. Al embocar el tramo final de la calle Jovellanos, el nordeste lo tomó del brazo y el mar le besó en la boca con un beso fresco y salado. Al llegar a La Escalerona, las lágrimas se deslizaban ingrávidas por sus mejillas como las olas sobre los pétreos pies de este prodigio arquitectónico, que el viajero siempre identificó con aquellos trasatlánticos que de niño había visto en las viejas postales que coleccionada su madre. Sintió ganas de descalzarse y ollar el rubio solado del arenal como cuando era niño e iba a bañarse con su padre, pero la frialdad que notaba en la cara le arredró, y buscó el consuelo de los cuellos alzados de su gabardina. A medida que caminaba por el paseo del muro, recobraba su perdida identidad gijonesa, como si la visión del arenal, como una diligente cuadrilla de zapadores, hubiese tendido un puente a los recuerdos de su infancia, a un Gijón que ya no existía. De un plumazo se habían borrado de su mente las décadas de ausencia. Caminaba despacio, tratando de recuperar en cada paso, en cada mirada, el tiempo perdido. Antes de llegar a la desembocadura del río Piles divisó los verdes penachos de los viejos árboles del parque de Isabel la Católica, restos de aquella mesnada a la que a mediados de los años cuarenta del siglo pasado se le confió la ímproba tarea de defender al resto de las plantaciones de los embates del viento y del mar.

parque Isabel la Católica 1

Al acercarse al parque, cuyo verdor esmeralda se veía acentuado por la tenue cortina de agua que lo velaba, su corazón de niño viejo se aceleró. El parque de Isabel la Católica era para él mucho más que un espacio de recreo público, era una parte de su vida, porque los espacios que se viven intensamente, aquellos en los que uno ha sido feliz, pasan a formar parte de nosotros. Cerró los ojos y dejó que los pájaros de la memoria levantasen el vuelo mientras caminaba a paso lento, escuchando el crujir de la gravilla bajo sus pies. Recordó las excursiones con sus amigos del colegio atravesando las huertas y descampados de lo que hoy es el barrio de La Arena para ir a pescar anguilas en una charca insondable y maloliente, que después fue convertida en el lago de los patos. También la expectación que se creó en aquel Gijón modesto y provinciano, cuando en el año 1953 llegaron las primeras parejas de cisnes para el estanque, y cómo las familias acudían los fines de semana a disfrutar de la nueva atracción, en un parque a medio hacer, en el que el lago grande, la rosaleda y una pajarera-palomar de trazado circular se alternaban sin solución de continuidad con espacios todavía sin sanear. Recordaba con la viveza de lo acontecido ayer cómo muchas familias llegaban al parque en uno de los primeros autobuses municipales, un reluciente Leyland decorado con los colores de villa, al que se accedía por la puerta trasera, según creía recordar. También cuando acudió con todo el colegio a la inauguración del monumento al doctor Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina, en una soleada mañana de septiembre de 1955. Recuerda la honda emoción que le causaron los policías municipales ataviados con el uniforme de gala  dispuestos en formación como una colección de soldaditos de plomo.Parque 8

Al recorrer el paseo que comunica la entrada principal con el estanque grande, vio la alargada mano del tracista prolongándose firme hasta dibujar una perspectiva casi arquitectónica, que más tarde fue hermoseada por una doble alineación de álamos. Reparó en el magnífico porte de los corpulentos pies, y pensó, con pena, que parecían gigantes con pies de barro, reos a la espera de que un fuerte vendaval de poniente los enviase al cadalso. En su mente estaban las imágenes de los camiones y carros del país trasladando al parque, por mandato de la autoridad municipal, escombros de obra y toda clase de detritos que sirviesen para rellenar las ciénagas sobre las que más tarde se trazaron los paseos y los otros elementos del parque. En la sustitución de los viejos álamos y eucaliptos por jóvenes tilos, quiso ver la insultante arrogancia del espíritu juvenil que siempre pugna por arrinconar a lo que considera viejo, trasnochado o inútil. Las risas de un grupo de niño56-04s que disfrutaban en la zona de juegos le devolvieron a la realidad. Pensó en lo cambiada que estaba esta zona del parque, con toda esa pléyade de sofisticados aparatos de juego que en nada semejaban a la rueda giratoria, al columpio con forma de cocodrilo, a los balancines, a los columpios metálicos, de los que tanto disfrutó.

Había dejado de lloviznar y el viajero se animó a extender su paseo hasta las inmediaciones del viejo molino harinero, hoy convertido en parador de turismo. Allí se topó con el estanque de Las Dríadas, espacio que tenía casi olvidado. La imagen de las ninfas del bosque reflejadas en el agua del lago le trajo a la boca el recuerdo de María, aquella chica morena de la pandilla a la que recitaba poemas de Neruda y a la que robó algún que otro beso con la complicidad silente de los sauces que bordean este estanque. Con un punto de nostalgia que hizo brillar el mar en sus ojos , el viajero emprendió el camino de regreso al hotel, reconfortado porque su amigo el parque le había entregado la llave de sus recuerdos más felices. Satisfecho porque recordar es volver a vivir.

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Los tributos del mar

“Delicia de los ojos, playa de San Lorenzo, de este a oeste, extendido su manto de canela”, dejó escrito el poeta Gerardo Diego. Me gusta pasear por el paseo del muro de San Lorenzo en las tardes de los domingos invernales, cuando la ciudad sestea, perezosa y confiada. Me gusta salir al encuentro del Cantábrico, acodarme en la blanca barandilla, por la que en esta época del año resbalan lágrimas de nazareno,  chorretones cobrizos que se afanan en su trabajo corrosivo. Como los toros en la plaza, busco la querencia de las tablas para sentir en las mejillas el pellizco del aliento del mar. Pasear atento a todo y a nada; a los niños que corretean por la arena seca detrás de una pelota, a los sufridos reumáticos que caminan descalzos por la orilla a pesar de que la temperatura del agua no debe sobrepasar los 14 o 15 grados, a los aguerridos caballeros de las olas que no temen al frío ni a las tempestades, enfundados en sus elegantes trajes de neopreno y siempre atentos a la dirección del viento. Caminar pensando o pensar caminando, con la vista puesta en el horizonte, en lo poco que nos queda tras la ampliación del puerto, o entretenido en libar en las conversaciones ajenas como un insecto voraz, jugando a situar geográficamente a los paseantes por el tono de su voz.DSC_0004

El paseo del muro de San Lorenzo es, sin duda, el más democrático de los espacios públicos de la ciudad. Es como un carrusel multicolor en el que todo gijonés se sube de vez en cuando para sentir que sigue vivo, que por sus venas sigue latiendo la pulsión de la ciudad. Una pasarela pétrea que cabalga sobre la espuma del mar, por la que desfilan, a un tiempo, egregias gijonesas enfundadas en largos abrigos de pieles, esforzados deportistas vestidos con relucientes indumentarias deportivas, señores y señoras de cierta edad, vestidos de calle, que caminan a paso rápido siguiendo los consejos de su médico, y que parece que han olvidado la prescripción esencial de respirar mientras se camina. Padres y madres con niños pequeños cargados con todo tipo de artefactos móviles, (sillas, patinetes, monopatines, patines, etcétera). También hay paseantes meditadores, lectores fugaces, cuadrillas de jubilados, enamorados, y hasta asistentes personales que, aturdidos por ruido que expelen sus auriculares, se olvidan del anciano al que han puesto la silla de ruedas con la proa al mar, no se sabe si para que se reconforte con la visión del agua o simplemente para no verle la cara.

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Me gusta pasear por el muro las tardes invernales de los domingos, detenerme en el mayán de Tierra, en la proximidad de la modernidad de “Sombras de Luz”, la escultura de Fernando Alba, y esperar a que el sol de la tarde se retire y convierta la fealdad de los edificios del muro en un contraluz de postal, en una imagen hermosa que conviene grabar en la memoria para curar los males de la nostalgia, o capturar con el móvil para subirla a la red, y mostrar a los amigos como el Cantábrico se duerme en la playa enfundado en sábanas de plata. El Cantábrico, ese mar mercurial del que hablaba el poeta, es un ser caprichoso, que tan pronto acaricia la dorada espalda de la playa con la dulzura de un amante, como la desnuda, dejando a la vista de todos sus más reservados secretos. Sí, el Cantábrico, ese mar familiar, doméstico, el perro fiel que siempre cumple con el rito de devolver a la playa el palo que lanzamos a la raya del horizonte, de vez en cuando, se olvida del palo, y pugna por recuperar su espacio natural. Espoleado por la voz de la galerna, se anima a sobrepasar los límites, los parapetos que los hombres levantaron para domeñarlo, para confinarlo en su usurero afán de ganar terreno al mar para edificar. Y lo hace de forma impetuosa, violenta, sin atender a normas de urbanidad, con la impunidad de quien se siente, al menos por unas horas, libre de ataduras, de formalismos, entregado a dar satisfacción a la restauración de las cuentas pendientes. El resultado siempre es el mismo, un paisaje violado, la imagen misma de la desolación: farolas arrancadas como árboles de raíz, barandillas depositadas en mitad del paseo o sobre el arenal, socavones en el parapeto del muro, botaolas convertidos en juguetes inconsistentes que son lanzados al aire como livianas cometas. Al final, el mar, ese mar de todos los veranos, siempre termina por cobrar sus tributos.

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Un pedacito del alma de Gijón: el café Dindurra

Las ciudades son como los libros: hay libros queridos y libros repudiados, hay libros que nunca se dejarían de leer y otros que preferirías olvidar. Libros que alimentan el fuego de la pasión y libros que te dejan tiritando de frío. Los hay cómplices, que te permiten pasear por sus páginas con la calma de quien no tiene prisa, y los hay groseros, que te impelen a deambular por sus páginas con la urgencia del prófugo. Con todo, los libros, como todas las ciudades, siempre tienen algo que enseñar, siempre hay una metáfora, un adjetivo, una plaza, una arquitectura, un espacio que por su singularidad o por ese valor sentimental que mana del aprecio ciudadano, redime al conjunto. En la ciudad de Gijón, el conjunto formado por el teatro Jovellanos, su ambigú el café Dindurra y los edificios entre medianeras entre los que se acomodan, son como esas páginas cuya lectura dan valor al libro de la ciudad. A los gijoneses de arraigo (si es que hay alguno que no lo sea) se les hace difícil pensar en el paseo de Begoña sin visualizar mentalmente el conjunto proyectado por el arquitecto Mariano Marín Magallón en 1899, hermoso como un templo griego y dispuesto como un viejo buque sobre el varadero de las calles Casimiro Velasco y Covadonga, con su quilla de arenisca reluciente al sol del mediodía como la piel canela de la playa de San Lorenzo.

La imagen de este reducto de la memoria de Gijón se ha enturbiado de repente, como se emborrona el cielo de la ciudad cuando el viento del oeste extiende su sucio y grisáceo abrigo sobre Gijón. Hace unos días, los gijoneses nos despertábamos con la degradable noticia del cierre del café Dindurra, el último de los viejos cafés de la ciudad, que desde su privilegiado asiento, ha sido testigo preferente de la historia de la Gijón desde que abriera sus puertas en 1901. Hay quién puede pensar que se trata de la desaparición de un establecimiento hostelero más, que su cierre es otra cuenta de ese rosario, negro como la desesperanza e infinito el agua del mar, que es el cese de cualquier actividad empresarial. Sin embargo, el café Dindurra era algo más que un establecimiento hostelero, era parte de la memoria colectiva de una ciudad, además de un bien patrimonial destacado. En efecto, como señaló el investigador Héctor Blanco, el café que había sido diseñado y amueblado al gusto modernista en boga a comienzos del siglo XX, fue profundamente renovado en 1930 de la mano del arquitecto Juan Manuel del Busto, que convirtió su interior en un bosque de columnas de fantasía casi expresionista que lo vinculaba a la obra berlinesa del artista Hans Poelzig.café Dindurra (Jorge Peteiro)

Quizás por ser el café del teatro, el Dindurra siempre tuvo un toque de distinción y esnobismo que lo diferenciaba del resto de los establecimientos de su género existentes en la ciudad. Reducto de tertulianos, ajedrecistas, estudiantes, gentes del mundo de la cultura, y de un sinfín de personajes variopintos que alimentaron la leyenda del Gijón del alma, en el Dindu cada cual tenía su sitio y su hora. Los amantes del café tempranero acompañado de una ojeada rápida de la prensa del día, los habituales del vermut del mediodía, los ajedrecistas de primera hora de la tarde, las empolvadas feligresas de la capilla del chocolate con churros a media tarde, los noctámbulos solitarios. Para mí el Dindurra siempre estará asociado a tardes invernales cargadas de lluvia y de futuro, a noches veraniegas llenas de luz que dejaron el recuerdo del amargor del café cargado y del dulce aroma de la tertulia con los amigos. Ese torrente de luz otoñal que se colaba por los ventanales de la calle Covadonga, y que, como un cliente más, reclinaba la cabeza sobre los viejos asientos de cuero o se miraba en el espejo de mármol de las mesas dibujando figuras imposibles sobre las baldosas  del suelo, forma parte de mi educación sentimental.  La música de fondo, las lámparas de anuncio de Coca-Cola y la televisión fueron elementos indiciarios de un declive que se presentía pero cuyo desenlace no parecía tan inminente. En el libro de Gijón hay un capítulo al que se le ha puesto un final inesperado y trágico. El maestro Luis Fernández Roces escribió que vivir era volver; el cierre del viejo café del paseo de Begoña nos deja sin un hermoso lugar al que poder volver para vivir.

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