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La isla Paradiso

El viejo y discreto librero, propietario de una librería de lance, me lo había comentado pero no podía darle crédito, no era posible que hubiese personas que comprasen los libros por metros con el único objeto de amueblar las estanterías. Al advertir en mi cara la mueca de incredulidad, apuntilló con el estoque de descabellar como un diestro mozo de cuadrilla, también hay personas que los compran sólo por el color del lomo, como si fuesen objetos de exposición que debieran cumplir con un canon estético prefijado. Para alguien que considera los libros como una extensión natural del propio cuerpo, que se deleita no sólo con su lectura, sino que los huele y los palpa para intentar aventurar su grado de madurez como si de una fruta de temporada se tratase antes de darle el primer bocado con suma rijosidad, la afirmación era no sólo un desatino, sino una auténtica herejía.

Dándole vueltas al asunto recalé en la variedad de establecimientos donde se venden estos alimentos del espíritu, que por mucho que el marketing presione, nunca serán relegados por artefactos postindustriales con conexión wifi: superficies comerciales, grandes librerías totalmente impersonales donde el público deambula entre los libros como por los pasillos de un supermercado, kioscos, colmados con un pequeño estante dedicado a los más vendidos. Pensando en ello recordé las palabras del escritor asturiano Xuan Bello, quien decía que no es lo mismo comprar un libro en un sitio que en otro, pues hay un valor sentimental, un valor que trasciende de la propia transacción económica para añadir un plus a un libro. Cuando un amigo, de viaje por el mundo, te regala un libro, adquirido, por ejemplo, en la librería Lagún de San Sebastián, o en Lello en Oporto, ese ejemplar adquiere un valor especial, no sólo por la mano amiga que te lo entrega, sino por su lugar de procedencia, por la estancia maternal en la que tomó cuerpo. En Gijón, lleva abierta desde 1976 una de las librerías más hermosas que conozco, y sin duda, la más recomendable de las existentes en la ciudad, Paradiso, situada en la calle La Merced. Su irreverente inaccesibilidad, su no buscado aire vintage, la limitación de su espacio, su crepitante suelo de madera, la persistente melodía de jazz que deambula entre los libros con tanta familiaridad como el polvo y los propios clientes, y la posibilidad de pasarse horas ojeando los libros sin que nadie te asedie para venderte un ejemplar no deseado, hacen de esta librería una auténtica isla del tesoro.

Chema Castañón y José Luis Álvarez, como Jim Hawkins, son los albaceas del plano del tesoro. Ellos tienen las claves secretas, esas que te llevan siempre a encontrar aquello que buscas, o que te dan las pistas necesarias para un nuevo descubrimiento. A pesar de su limitación física, la isla tiene sus rincones, esos salientes rocosos que se adentran sin pudor en el mar para desafiar al oleaje; el mío está en el altillo, al final de la pindía escalera (en la que no es infrecuente encontrar sentado a algún parroquiano enfrascado en la lectura de un volumen de Nietzsche u hojeando el último ejemplar de temática local), debajo de un pequeño cartelito en el que escuetamente pone Geografía. En cada incursión en la isla, siempre hay un momento para trepar al altillo y comprobar si hay alguna novedad.

Cuentan los que conocen la historia de la isla que los viejos suelos de madera guardan el recuerdo de los ilustres visitantes (escritores, pintores, músicos…) pero yo sospecho que, en realidad, lo que guardan celosamente es el recuerdo de todos aquellos que acuden a sus estantes para buscar alimento para el alma.

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