Archivos para 28 marzo 2014

Elogio de la lectura

 

¿Leemos para estar vivos o estamos vivos porque leemos?. No sabría qué decir, le respondió su interlocutor, ese otro yo con el que confrontaba sus pensamientos más íntimos. Yo no soy como tú, que crees ciegamente en el poder de las palabras, en el valor de la letra impresa. A mí, ese ejército de letras desfilando por el papel, ni me conmueve ni me encandila. Acudo a los libros por divertimento, sin esperar que me aporten nada, simplemente que me ayuden a pasar el rato. Voy a la biblioteca del salón como quien va al supermercado. Ojeo los productos, y meto en la cesta sólo aquello que me apetece, lo necesario para preparar una cena sin pretensiones. Sé que mis palabras te molestan, pero soy del parecer que las palabras por sí mismas no valen nada, son como las estrellas en el firmamento, un mero trampantojo, una añagaza para los sentidos, un recurso estético. Recuerda lo que siempre decía tu padre: no es lo mismo predicar que dar trigo. Te revuelves incómodo en el asiento. La conversación comienza a tomar un derrotero que no te gusta, sientes que el barco vira como gobernado por la mano de un patrón incapaz o negligente. No soporto tu supuesta practicidad, le replicas. No acabo de tragarme esa pose cínica; eres sólo un impostor, dices eso sólo para molestar, porque sabes que sólo la lectura puede redimirnos. No entiendo qué tiene de liberador querer vivir la vida de los otros, te responde. No se trata de pretender vivir otras vidas, sino de sacar de ellas lo que tienen de lección, aquellos argumentos que pueden arrojar luz a la oscuridad de los pensamientos. ¿Ahora me dirás que pretendes encontrar sentido a la vida a través de las páginas de los libros?, te espetó como una puñalada cruel.

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Te olvidas de tu otro yo y tratas de concentrarte en el libro que tienes entre las manos. No acaba de gustarte, pero eres incapaz de abandonarlo. Sientes que dejar un libro empezado es una suerte de traición, como un pequeño acto de desamor. Cerca de tu oído escuchas la carcajada sorda de tu otro yo, pero decides no entrar de nuevo en confrontación. Piensas en la razón que te anima a seguir leyendo una historia que, de momento, no termina de interesarte. Continúas el camino de la letra impresa con desgana, como si te pesasen los pies, hasta que en un recodo aparece un adjetivo que reclama tu atención, como quien encuentra un antiguo mojón con los que se marcaban los puntos kilométricos de los itinerarios. Unas páginas adelante, de nuevo aparece aquel hito miliario, esa palabra hermosa que aún paladeabas. De nuevo interrumpes la lectura y comienzas a pensar en el autor del libro, en si el adjetivo inserto, ese que te ha deslumbrado, sería fruto de una decisión consciente, de una acción volitiva, o simplemente un desliz, una repetición involuntaria. Quizás el autor, como el maestro orfebre, marcaba sus joyas con un sello distintivo. Sientes que la historia va acompañada de una música de fondo, como la sombra que proyectan las farolas acompaña los pasos del caminante. Esa música que ahora percibes, y que antes te pasaba inadvertida era la voz de la palabra escrita, la sutileza del lenguaje, ese ropaje que acompañaba a los personajes y hasta ahora, no terminabas de apreciar. Entiendes ahora cuál era el asidero que permitía que te aferrases al libro. Eras presa, sin percatarte, de esa sutil e invisible malla con la que el autor había envuelto su historia, una historia que trasciende de lo narrado, que te ha hecho sentir que, verdaderamente, leemos para estar vivos.

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Al doblar la esquina

Ha cerrado la pequeña tienda de comestibles de mi barrio. Sus propietarios, llegado el momento de la jubilación, han liquidado las  pocas existencias que les quedaban y han bajado para siempre la persiana metálica que, desde hacía décadas, protegía las lunas del local. Con el llanto metálico de la persiana, se ponía fin a más de cuarenta años de trabajo; toda una vida surtiendo al barrio de lo imprescindible para el día a día. Pienso en el local vacío, cegado, en las estanterías metálicas desnudas como restos de un naufragio,  huérfanas de contenido, despojadas de su aliento vital, de su razón de ser, y me entristezco. La tienda de mi barrio, que respondía al sonoro y hermoso nombre de Ultramarinos Elvira, era más que un colmado de productos variopintos; era parte de la propia historia del barrio, de la biografía sentimental de los vecinos. Un agradable puerto de refugio, un lugar de encuentro en el que, a la vez que comprabas el bote de tomate con el que perfumar el arroz blanco de la comida del mediodía o el salchichón para el bocadillo del niño, o esas cabezas de ajo olvidadas e imprescindibles para el sofrito que tenías a medio hacer, uno se ponía al día de los resultados del fútbol, de los números de la lotería primitiva, de los óbitos inesperados de vecinos o amigos, o descubrías un remedio infalible con el que curar ese catarro que te traía a mal vivir. La tienda de mi barrio, era, en cierto sentido, uno de esos lugares comunes en los que todos teníamos cabida. ¿Tú madre está enferma?, hoy no ha bajado a buscar el pan. Apúntame dos donuts, ya te los pagará mi madre cuando baje a la compra. El trato familiar, la buena disposición, la dedicación al trabajo al margen de horarios (o para ser más precisos, ajustándose al horario que marcaban sus clientes), la calidad de los productos y la contención de los precios, fueron algunas de las razones que explican la permanencia en el tiempo de un negocio humilde como el propio barrio, que pudo, mal que bien, hacer frente a otras tiendas más modernas y a la feroz competencia de los grandes supermercados.Nubes sobre Gijón

Caminamos por la vida con los bolsillos agujereados y no somos conscientes del valor de las perdidas que sufrimos. La desaparición de la tienda de ultramarinos de mi barrio es una pequeña tragedia, no para sus dueños, que con su trabajo se han ganado un feliz retiro (aunque ello suponga asumir otra renuncia más en el camino de la vida pues la jubilación de deja de ser el comienzo de la muerte civil), sino para el propio barrio. No quiero decir que los vecinos no encuentren otros establecimientos (comercio de proximidad que dicen los modernos) en los que abastecerse, pero ya nunca será lo mismo. Doblar la esquina y ver bajada la persiana de Ultramarinos Elvira es un mal indicio, como lo es la fiebre alta en el enfermo. Decía el escritor Ernesto Sábato que nada de lo que fue vuelve a ser, y tiene razón. El barrio en el que me crié se marchita, se agosta al tiempo que envejecen sus vecinos, como las flores del jardín cuando aprieta el calor del verano. Cuando se abrió la tienda, cuando era niño, la vida era un proyecto de futuro, era una multitud de chiquillos felices que corrían despreocupados por un dédalo de calles a medio urbanizar y que jugaban al fútbol en descampados abiertos entre edificios en construcción. Ahora mi barrio, cada vez más gris y triste, camina hacia el olvido con el paso torpe del anciano. Doblar la esquina de la calle en la que me crié y ver echada la persiana de Ultramarinos Elvira duele, como duele el desamor, como duele el vacío que deja un amigo que se va para siempre y del que sólo nos quedará el recuerdo.

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