Archivos para 27 enero 2012

En un rincón olvidado

Una de las parroquias más hermosas y desconocidas del concejo de Gijón es la de Valdornón, localizada en la parte más suroccidental del concejo, en el límite con el municipio de Siero. La cabecera parroquial, Santolaya, se extiende sobre una zona topográficamente favorable en el declive del cordal de Valdornón, en una suerte de escalón que antecede al fondo del valle dibujado por la traza del río Meredal. El núcleo está formado por un conjunto de antiguas quintanas con sus hórreos y paneras que perecen buscar cobijo de manera conjunta  arracimándose como niños que se reúnen al calor de la lumbre para calentarse. De entre las seculares arquitecturas tradicionales que dan entidad a Santolaya destaca sobre el resto la antigua casa rectoral, fechada en 1740, y hoy en proceso de recuperación tras décadas languideciendo en el olvido.Tras admirar las tallas de algunos de los hórreos y pasar de largo para no advertir el maltrato y la decadencia de algunos otros, las miradas de quienes se acercan a Santolaya siempre terminan confluyendo en la iglesia parroquial. Una arquitectura sencilla, con la traza propia de los templos de tipo rural asturiano de nave única, cabecera cuadrada, bóveda de crucería y pórtico abierto hacia el sur y el oeste, pero que, como si de un faro apagado se tratase, con su sola presencia reclama la atención. Quizás sea por su inusual aspecto exterior, en el que el tradicional revoco encalado aparece roto por incisiones de piedra vista que afean su rostro como el de un niño recién salido de una varicela, una varicela pétrea que perece querer recordar su convalecencia posbélica, pues la fábrica románica original (S. XII) fue destruida casi por completo en 1936, en esa epidemia incendiaria que asoló las iglesias del concejo tras el inicio de la guerra civil, con la que unos pocos autoproclamados revolucionarios buscaron redimir con el incendio de las sagradas piedras los pecados de los hombres y de las ideologías. O quizás, por la inquietante y majestuosa presencia del ancestral tejo que, como un fiel sacristán, guarda la entrada sur del templo, o, quizás, por la extraña figura antropomorfa incrustada en la fachada lateral oriental que parece controlar desde su privilegiada atalaya a quienes se acercan a la iglesia, y a la que algunos autores como Cortina Frade y Fernández Ochoa atribuyen un origen romano, mientras que otros como Monge Calleja la sitúan en época prerrománica. Todo ello hace que la parroquial esté envuelta en un halo inusualmente enigmático que parece contradecir la sencillez de su fábrica.

Como documentó Isidoro Cortina Frade, la iglesia fue reconstruida entre 1956 y 1958, según el programa de los arquitectos Miguel Ángel y Francisco Javier García Lomas, quienes respetaron la estructura original, con el añadido de una torre campanario rematado con espadaña que se adosó al baptisterio y dos sacristías a ambos lados del presbiterio. En el interior se conservó el elemento románico más destacado del templo, un arco de triunfo de doble vuelta que descansa sobre una imposta ajedrezada y capiteles decorados con temas vegetales y animales. Para la resurrección del templo fue imprescindible el trabajo mancomunado de los vecinos, quienes bajo la dirección del párroco, no escatimaron esfuerzos y peculio para levantar de nuevo su iglesia.
Con todo, quizás el principal atractivo de la iglesia de Santolaya de Valdornón, de este rincón olvidado, radique en la belleza de su emplazamiento, en la forma silente y serena en la que dialoga con el entorno, asomada al curso del río Meredal y con la mirada puesta al poniente, al barrio de Quintana, como la madre que se asegura que su hijo está siempre a su alcance.

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Retrato de una maestra

En muchas ocasiones me he sentado delante del papel a intentar dibujar con palabras su retrato, confiando en que el poder evocador de la palabras obrara el milagro y la memoria no jugase conmigo a ese juego tramposo de reinventar el pasado. Asumiendo que la memoria es siempre invención, el torrente de recuerdos y de emociones encontradas era tan potente que resultaba imposible darle cauce. No había forma de enhebrar los recuerdos para que su acúmulo no entorpeciera el trazo y  se emborronara el dibujo. Sólo el tiempo, como la fina lluvia que empapa el campo sin llegar a encharcarlo, terminó por hacerlo posible.

La conocí siendo un joven estudiante de Magisterio que traspasaba con ilusión un umbral sin saber muy bien qué era lo que me esperaba tras la puerta. En las primeras sesiones, nada hacía presagiar que la Universidad no fuera sino una anodina continuación de los estudios de bachiller. Hasta que un día acudí a una de sus clases de geografía. La atmósfera era distinta a la del resto, quizás por el humo torrencial de sus Chesterfield sin boquilla que animaban la sesión como los rótulos de neón de los prostíbulos de las carreteras secundarias, o, quizás, simplemente, por su arrolladora presencia. Su larga y trasnochada melena, herencia de una juventud rebelde y contestataria, no lograba esconder un rostro enjuto, de mirada severa y escrutadora, en el que el peso de los años y de una vida apurada hasta el extremo, se abría paso entre una máscara de maquillaje que parecía más una fachada protectora que un aditamento de belleza. Su corta estatura y su extrema delgadez la hacía parecer una mujer frágil, como erosionada por una larga exposición a la intemperie, pero su voz, rocosa y firme, hablaba de una mujer granítica y difícilmente maleable.  Sus manos eran menudas, escuetas, pero muy vivaces, y tan pronto apagaban contrariadas un cigarro como dibujaban en el aire notas musicales con las que acompañar una explicación.

Mujer de amplia cultura, su fina ironía de maestra de escuela, que acompañaba siempre por un atisbo de sonrisa, era tan lacerante como su mal genio, que la hacía escupir improperios con el virtuosismo de un músico profesional. Beligerante y dogmática, estaba tan acostumbrada a tomar partido que para ella no existían los tonos grises ni las medias tintas, lo cual no dejaba de ser una novedad en el insulso mundo de la  Normal.

Ella era diferente y sus clases también. Recuerdo vivamente la primera  a la que asistí, que dedicó a filosofar acerca del sentido de la vida sin hacer alusión alguna a la asignatura que impartía, tomando como hilo conductor un artículo publicado en el diario El País, su periódico de cabecera. Se trataba de toda una declaración de intenciones o, al menos, así lo percibí en aquel momento. Detrás de su caricatura de Nefertiti se escondía una mujer inteligente, sensible y entregada a la enseñanza de la geografía, disciplina que amaba y respetaba profundamente. Sus métodos pedagógicos eran tan persuasivos como su propia persona: exigencia, disciplina y trabajo. Para estar a su altura era preciso estudiar, estudiar de verdad. Sus clases de geografía pasaron a convertirse en auténticos retos de superación personal. Con todo, a muchos de sus alumnos, la pasión con la que enseñó geografía nos situó en un camino de no retorno. Con su particular magisterio nos mostró que había otras maneras de ver y entender el mundo y que era mejor tomar partido que ser un espectador privilegiado.

A estas alturas, cada vez estoy más convencido de que la vida no es más que un largo camino en el que a trechos se asoman otros caminos, otras vidas que en un momento dado se juntan con la nuestra para compartir parte del viaje. El tramo que recorrí con mi maestra lo recuerdo como uno de las más intensos y gratificantes de mi vida estudiantil.

Mari Carmen Fernández falleció en Oviedo en agosto de 2001 tras una larga enfermedad que la fue carcomiendo sin piedad. No dejó la docencia hasta que las fuerzas la abandonaron por completo. Este texto pretende ser el adiós que no pude darle.

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Mi barrio

Dicen que la patria está en la infancia. La mía está en un barrio de esos que dicen de aluvión, surgido en los años setenta en mitad de la nada para acoger a los obreros que venían a Gijón a trabajar a Uninsa, luego Ensidesa, y que en mi casa siempre fue nombrada como “la fábrica”, aunque bien pudiese haber sido la “casona”, pues en ella pasaban sus días y sus noches buena parte de los integrantes de la familia, empezando por mi padre, que recordaba los primeros desplazamientos en autobús a la factoría siderúrgica de Veriña como auténticas odiseas, en las que no era infrecuente tener que apearse del vehículo porque éste había quedado atascado en un gigantesco lodazal.

Quizás por la precipitación con la que fue concebido, recuerdo mi barrio como a medio hacer, como esos trajes de carnaval confeccionados a base de retales cosidos burdamente. Las calles parecían trazadas con desgana, con esa pereza que lleva a la irracionalidad urbanística de generar calles interiores, opacas a la vida de las arterias principales, con edificios en construcción aquí y allá, custodiados por broncos vigilantes que infundían pavor con su sola presencia. Un barrio en ebullición, en el que se vareaban los colchones de lana, habitado por un crisol de personajes variopintos procedentes de todos los rincones del país, en el que los edificios crecían rápido, muy rápido, como plantas abonadas en terreno fértil. Los bloques parecían dispuestos sin aparente orden ni concierto y entre ellos había numerosos solares baldíos, agrestes descampados, que vistos a los ojos de los niños eran sugerentes campos de batalla, calmos lagos en los que pescar renacuajos o improvisados terrenos de juego en los que ejercitarse en los rudimentos de la práctica balompédica. Territorios salvajes a colonizar, elementos de una cartografía sentimental que permanecen anclados en un rincón de la memoria como lanchas de pesca en los pantalanes de los viejos muelles. Una geografía con límites precisos, impuestos por el propio desarrollo de la ciudad. Dos calles más al sur de la mía, una grúa de obra varada como una inerte ballena de metal, marcaba la frontera en la que Gijón se entregaba al campo, en la que las calles se tornaban en caminos orillados por prados y los edificios de ladrillo rojizo o amarillento dejaban paso a casas de labranza y viejas vaquerías que vendían leche a domicilio. Algunos vecinos del barrio se reconciliaban con su pasado rural en estos parajes cercanos a la barriada de Roces, en los que el olor a estiércol impregnaba el ambiente con una tibia persistencia.

Con los ojos de la infancia nunca percibí la fealdad de mi barrio: la abigarrada y caótica sucesión de monótonos edificios que competían en altura por capturar un poco de luz, las calles rebacheadas, las estrechas aceras de minúsculas baldosas grisáceas, las farolas adosadas a las paredes de los edificios que irradiaban una luz tan mortecina y triste que apenas alimentaba la propia sombra. Los ojos que ven su fealdad no son los del niño que fui, sino los del adulto que no se ve reconocido en los niños que juegan despreocupados en la calle, o, acaso, en mi barrio ya no hay niños, o, acaso, éstos ya no juegan en la calle.

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