Archivo para la categoría DE GEÓGRAFOS Y GEOGRAFÍAS

Pontevedra en el recuerdo

La tarde comenzaba a declinar cuando abandonamos la agreste playa de Melide, un suspiro de arenas blancas de grano grueso contenido entre los faros de punta Robaleira y de punta Subrido, en el hermoso paraje del cabo de Home. Llegamos a Pontevedra con una luz crepuscular que alargaba las sombras de los edificios y teñía la ciudad con visos de oro, como el más fragante y exquisito vino del país. Es una pena que la rápida llegada desde la autopista impida al viajero advertir lo destacado de su emplazamiento, en un altozano sobre el estuario del Lérez, río que abraza la ciudad con la delicadeza de un amante maduro para luego entregar sus aguas al mar y dar forma a la ría que toma por nombre el de la ciudad. El río, la ría, y el conjunto de caminos que confluyen a las puertas de la villa son los fundamentos que dieron vida a Pontevedra, la ciudad de las pontes (Pontis Veteri). Precisamente por uno de esos puentes, el de la Barca, ingresamos en la luminosa y alegre Pontevedra, tal y como la definió el admirado Álvaro Cunqueiro. El nombre de esta destacada infraestructura hace referencia a los tiempos medievales en los que el río se cruzaba por esta zona en barca, siendo los beneficiarios del tráfago barquero los monjes benedictinos del monasterio de Poio. El puente actual, reformado en diversas ocasiones desde la década de 1950, todavía conserva parte de los cimientos del segundo puente (el primero de mediados del siglo XIX era de fábrica de madera) levantado a finales del Ochocientos conforme a los preceptos de la arquitectura del hierro en boga en el momento. Tras un breve recorrido que nos sitúa ante la centenaria plaza de toros, obra del arquitecto Siro Borrajo, dejamos el coche estacionado en la avenida de Buenos Aires, a pocos metros del mercado municipal, no sin antes echar un vistazo fugaz al barrio de Moureira, que todavía conserva algún vestigio de su primigenia condición de arrabal marinero, y al peirao o muelle de Corvaceiras, en cuyos astilleros dicen que se construyó la nao Santa María de Colón.

Penetramos en el corazón de la ciudad histórica por la rúa de Barón, que nos sitúa ante el parador de turismo alojado en un soberbio caserón custodiado por dos corpulentos cedros. La calle, estrecha y empinada,  se acomoda a un caserío modesto, de piedra granítica, pero sugerente, en el que resaltan algunas puertas y contraventanas pintadas de verde marinero al estilo tradicional. La monotonía de la calle, que a estas horas de la tarde está desierta, la rompe algún balcón de antigua y trabajada rejería que obliga al viajero a levantar la vista. Nuestros pasos resuenan sobre el solado de esta vía muerta como los latidos de un corazón desbocado por la fatiga. Nos invade cierta inquietud al no cruzarnos con nadie, pero ésta se disipa como la niebla que empañó el cielo de la mañana al embocar en la concurrida plaza de las Cinco Calles, una de las muchas plazuelas que sirven de desahogo al apretado callejero de la ciudad histórica y que dan felicidad al paseante. En un costado de la plaza se levanta un hermoso y antiguo crucero, a cuyo pie hacemos un pequeño descanso que nos sirve para descubrir que la casa que está a nuestras espaldas fue morada de don Ramón del Valle Inclán. Decía Rafael Chirbes que los topónimos nos permiten pasear por la geografía de la memoria, puesto que desconocemos las claves de la memoria local, dejamos que sea el azar y el vago recuerdo de otras visitas el que guíe nuestros pasos hacia la plaza de la Ferrería, que es el lugar en el que hemos quedado con amigo residente en la ciudad. Nuestro errático callejeo por esta ciudad hecha para el peatón nos lleva por la calle Sarmiento hasta toparnos con la broncínea estatua de un caminante Valle Inclán, que parece dirigir sus pasos hacia la vecina plaza de la Verdura, otra de las sorpresas que Pontevedra guarda al visitante. De traza rectangular, acomodada entre dos calles asoportaladas y hermoseada por una doble alineación de liquidámbares que de le dan frescor y entidad, es uno de los rincones más populares y hermosos de la ciudad antigua, tal y como ratifica la enorme cantidad de establecimientos hosteleros que la jalonan. Volvemos sobre nuestros pasos y nos dejamos llevar por la entidad de la encostada rúa Real, vía noble y antigua que atraviesa como una lanza la vieja Pontevedra. Desde la misma contemplamos la belleza serena de la plaza que lleva el nombre del héroe mítico a quien los antiguos cronicones atribuyen la fundación de la ciudad, Teucro, hijo de Talemón. Con todo, nos parece más hermoso y sugerente la tradicional denominación de plaza de la Hierba. A escasos metros de esta plaza se yergue orgulloso el teatro Principal, con su imponente aire decimonónico, que a estas horas en las que la tarde agoniza, parece arañado por los últimos rayos de sol del día.DSC_0120

Extraviados nuestros pasos intentado llegar al punto de reunión convenido con Marcos, el zar nos llevó ante una de las joyas de la arquitectura religiosa de Pontevedra, la basílica de Santa María la Mayor, cuyo enorme cuerpo plateresco parece un gigantesco buque varado sobre el río Lérez. La trabajada y rica fachada se atribuye a Cornelis de Holanda, maestro que también intervino en la capilla del Hospital Real de Santiago y en el retablo mayor de la catedral de Orense. Junto a la puerta lateral que da a la avenida de Santa María se adosa la hornacina que alberga el Cristo del Buen Viaje, que a estas horas de luz menguada, resulta impresionante.

Dejamos atrás el edificio basilical y retornamos al callejero de la vieja Pontevedra que se ve muy animado, no sabemos si por ser un martes del vacacional mes de julio o porque los pontevedreses gustan de echarse a la calle a vivir su ciudad como si fueran turistas. Llegados a la plaza de Curros Enríquez, en cuyo frente se levanta el único Burguer King de Pontevedra, hacemos una llamada telefónica y convenimos en tomar este lugar como punto de encuentro. El libro de la tarde se va cerrando y me entretengo contemplando a un grupo de chiquillos que juegan despreocupados al balón entre una multitud de paseantes, mientras mi mujer y mi hijo se adentran en el burguer a comprar un helado para hacer más llevadera la espera. Las voces y el acento son distintas a las acostumbradas, pero pienso que debe ser cierto que el fútbol es un lenguaje común. Uno de los niños, el que jugaba de portero defendiendo la boca de un portal que hace las veces de arco, protesta airadamente por el último gol encajado, que según parece fue de “chupagol” y no en limpia jugada. Parece que entre los niños de Pontevedra tampoco están bien vistos los aprovechados.

En unos minutos llega nuestro amigo y nos sumergimos de su mano en el corazón de la Pontevedra tradicional; recorremos las rúas y decidimos tomar unos vinos de la tierra en la plaza de la Leña, otro de esos espacios mágicos de la ciudad que la hostelería local ha sabido aprovechar con gusto. Enfrascado en la amena conversación, apenas percibo la llegada de la noche, y de no ser por nuestro amigo, no hubiese reparado en el Museo de Pontevedra, equipamiento público alojado en dos edificios señoriales del siglo XVIII de muy bella factura: la casa de Castro Monteagudo y la de García Flórez, unidas al crearse el museo por un arco levantado por el arquitecto Fernández Cochón. Tapeamos cumplidamente en una taberna típica, y adentrada la noche, nos despedimos con pena de nuestro amigo, que al día siguiente tiene que trabajar, y de esta hermosa ciudad, que como decía Cunquerio, siempre tiene aire de primavera, y que despierta en el viajero, a poco de recorrer sus calles, el deseo inmediato de avecindarse en ella.

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Náufrago en tierra

Deambulaba por las calles del viejo barrio de aquella ciudad sin nombre como un madero a la deriva arrastrado por la corriente. Aquella trama callejera, tortuosa y empinada, le atraía. Le gustaba escuchar el sonido metálico que hacían sus zapatos al impactar sobre las losas mojadas del suelo. Por un momento se sintió una persona especial, como si fuera el único superviviente de un naufragio que el mar hubiese arrojado a la costa. Sus ojos, hambrientos de luz, reparaban en objetos que parecían únicos: la tapa rota de una alcantarilla, el pomo gastado de una puerta, una vieja y roída rejería, el hilo de vida que se escapaba de una boca de riego que el opeDSC_0047rario de limpieza había dejado abierta, los geranios sedientos que pintaban de carmín aquella la fachada sucia y oscura, triste como su alma de náufrago. Al enfilar la costanilla que trepaba
a lo alto del barrio reparó en la masa boscosa que culminaba los tejados de las casas, herrumbrosas lanzas que parecían acuchillar el cielo gris que envolvía la mañana. En su humildad, aquellas antiguas viviendas que se apretaban al parcelario como los cordones de una zapatilla, le parecieron hermosas, heroicas vencedoras en su desafío contra la ley de la gravedad. Alabeadas, arracimadas unas contra otras, parecían esos compañeros de fiesta que tras una larga noche entrelazan los brazos para mantenerse en pie.

Caminaba despacio, con la desgana de quien no tiene prisa ni objeto en su caminar, por aquel dédalo de sueños urbanísticos malogrados, por aquel cementerio de historias sepultadas bajo los escombros del tiempo que era el casco antiguo de aquella ciudad sin nombre. El azar y la suave brisa del nordeste que se colaba por las travesías que miraban al puerto, eran su única brújula. EDSC_0046n una recoleta plazoleta iluminada por la sonrisa apagada de cuatro esqueléticas encinas, un grupo de colegiales jugaban al balón. Los niños, ajenos al mundo que les rodeaba, habían delimitado las porterías con los jerséis azules de su uniforme escolar. Sus gritos rebotaban contra el pavimento como balas de fusil. El viajero se sintió niño y siguiendo los movimientos del balón, hizo un fugaz balance de su vida. De nuevo sintió la zozobra del náufrago. Tomó la calle lateral que delimitaba la plaza y encaminó sus pasos a la bahía, buscando en la risa del mar consuelo para su ánimo. Antes de llegar, el  blasón que lucía un viejo caserón con pretensiones palaciegas, carcomido por el abrazo salobre del viento de la bahía, le recordó que toda pretensión de perdurar en este mundo acaba resultando un esfuerzo vano, como vano le resulta sacudirse el polvo de su desdicha. Piensa el viajero que, quizás, lo único que perdure sean las risas de los niños que juegan despreocupados al balón, que como un eco, repiten a coro las estrechas callejuelas de la ciudad vieja.

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Elogio de la sencillez

Hace unos días un amigo me encargó que le recogiese en una librería del barrio el último libro de Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua. Siendo el escritor leonés uno de mis narradores preferidos, no pude resistir la tentación y comencé a picotear entre sus páginas como pájaro en campo de sembradío. Sin apenas darme cuenta, estaba acomodado en uno de los sillones del salón y había devorado los dos primeros capítulos del libro, seducido por el planteamiento argumental y por la brillantez de la prosa, casi poética, de Llamazares. ¡Cómo me gustaría escribir como Julio Llamazares!, con esa aparente sencillez que hace fácil lo difícil y que sólo los grandes narradores llegan a conseguir. Ser capaz de dar forma a unos personajes totalmente creíbles, que cobran vida en un espacio físico, en un entorno geográfico (en este caso el de la montaña leonesa y el páramo castellano), que deja de ser el telón de fondo de la acción para hacerse real y adquirir un protagonismo creciente que lo convierte en un personaje más de la novela. Resulta fascinante la capacidad de evocación de los textos de Llamazares, la delicadeza y concisión con la que describe y trata el paisaje, ya sea sobre la base de un territorio real o inventado; un paisaje que no es neutro sino el trasunto de una cultura, la del mundo rural ya casi desaparecido. El profesor Martínez de Pisón señalaba que en Baroja, el paisaje no era un ambiente pasivo, sino que intervenía, creaba sensaciones, emociones y se hacía partícipe de la acción. Esto mismo sucede, a mi modo de ver, en la obra de Llamazares.

En Distintas formas de mirar el agua, Llamazares recrea la vida de una familia que sufrió el desarraigo al verse forzada a abandonar su aldea, la arcadia rural que sirvió de soporte vital a la familia durante generaciones, por la construcción de un pantano. Como una diestra costurera, el autor pespunta los personajes, que, en la despedida de Domingo, el anciano patriarca cuyas cenizas van a ser esparcidas sobre las aguas del pantano que anegó su vida, reflexionan sobre su trayectoria vital, la relación que mantenían con él y con el resto de los miembros de la familia, siempre sobre el trasfondo del mundo rural perdido, del cual Domingo nunca más había vuelto a hablar pero al que quería regresar una vez muerto.

Como todos las buenas lecturas, la última obra de Julio Llamazares permite al lector tender puentes a la experiencia propia, a ese territorio a medio explorar que siempre constituye los recuerdos familiares. A medida que avanzaba en la lectura, no deAnia 2jaba de identificar al protagonista con mi propio abuelo, al tiempo que pensaba en las distintas formas que hay de desarraigo y en la huella indeleble que éste puede dejar en una familia. A mi mente acudía la imagen de mis abuelos maternos, también humildes campesinos, y también forzados a dejar los verdes de su aldea para ganarse el futuro en la grisura de una villa industrial de la cuenca minera asturiana. A diferencia de Domingo, el protagonista del libro, mi abuelo regresó en vida a su pueblo (que no había sido tragado por ningún mar artificial sólo ligeramente transformado por la marea de la modernidad que llevó la luz eléctrica y puso carreteras donde antes había caminos) y pudo establecerse en mejores condiciones de cuando partió, pero el paso por aquel desangelado y turbio arrabal industrial marcó su vida y su carácter para siempre.

 

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Otoñada en el parque de Isabel la Católica

El día había despuntado abanto, como con desgana. El cielo de la mañana parecía haber sido dinamitado y enormes rayos de luz se abrían paso sobre un empedrado de losas sucias, nubes panzudas que el viento del sur empujaba hacia el levante en lo que parecía un esfuerzo vano por despejar de impurezas la bóveda celeste. Caminaba despacio, entretenido tan solo en desatar el nudo de mis preocupaciones, cuando los árboles de la avenida de Torcuato Fernández Miranda reclamaron mi atención. Mecidos por la cálida brisa, aquellos espigados liquidámbares movían gráciles sus cabellos, teñidos de colores ocres y rojizos, que los haces de sol volvía intensos y brillantes como finas piezas de orfebrería. Animadas por aquel viento juguetón y dulce que olía a estío, las estrelladas hojas desprendidas de los árboles parecían danzar al son de una música ancestral. Los árboles, con una voz queda y suave, me susurraban lo que mis ojos percibían, que el otoño había entrado en el jardín y no se marcharía hasta que el invierno posase su fría mano sobre él.

Tras un rato absorto contemplado aquel hermoso espectáculo, dirigí mis pasos hacia el vecino parque de Isabel la Católica con la intención de disfrutarlo con calma, como se disfruta del encuentro con un amigo al que hace tiempo que no ve. El parque me recibió con una sonrisa sincera, y a poco de adentrarme entre sus paseos y parterres, sentí la calidez de su abrazo otoñal. ¡Qué hermoso estaba el parque con su abrigo de otoño!. Lo temprano de la hora hacía que fuesen pocos los concurrentes, y sólo el ronco y metálico quejido de las máquinas del personal de mantenimiento enturbiaba el silencio y la paz conventual del lugar, que parecía recién creado. Al pasear por la alameda central, inapropiadamente nombrada paseo de 20151118_111509las Acacias, me sentí empequeñecido, como si recorriese el claustro de un antiguo cenobio que estuviese soportado por columnas de orden gigante. Sentí pena por estos viejos y fatigados álamos que levantan sus enormes brazos al cielo como reos en el cadalso implorando perdón, sabedores que su fin está próximo. Uno es consciente de que su ciclo ya pasó, como pasó el verano y pronto pasará el otoño, pero no deja de producir desazón comprobar cómo se desahucia a los primeros inquilinos de este espacio porque ancianos y enfermos no puedan aportar la renta para el mantenimiento del parque. Los nuevos vecinos, tilos y tulíperos de Virginia principalmente, fanfarronean con descaro su juventud, apuntando con su dedo acusador a sus predecesores, a los que señalan como gigantes con pies de barro. Todavía no saben que tarde o temprano correrán la misma suerte, porque unos y otros asientan sus pies sobre un sustrato pobre y engañoso, como engañosa es también la percepción de la realidad que tiene la juventud. Cerca del monumento a Manuel Orueta, la magnífica obra modernista de Emiliano Barral, un pequeño rodal de corpulentos pinos renegaba del otoño, luciendo en sus acículas un verde intenso y desafiante. Como salidas del pequeño hontanar que da vida al monumento, me vinieron a la mente las palabras del maestro Álvaro Cunqueiro, cuando señalaba que era “cosa triste y antinatura ejercicio que un árbol sustraiga sus hojas a la caducidad del otoño”.

Dejé la silente umbría de los pinos y me senté un rato en uno de los bancos que amueblan el entorno de la rosaleda, otro de los rincones del parque que luce espléndido tras su última reforma. Sus renovados arcos metálicos, iluminados por el sol, refulgían sobre las cabezas de las rosas con un brillo ácido, como diademas de plata. Desde mi asiento, frontero a una alineación de viejos y desencantados tamarindos trasplantados al lugar a finales de los años cuarenta, se veía la zona de recreo infantil, despejada de los copudos pies que en otro tiempo la sombreaban, huérfana de niños a causa de la temprana hora, enmudecida como un camposanto. La quietud y el silencio del lugar resultaba hermosa y a la vez incómoda. Pensé en que pronto llegaría el invierno con sus fauces de perro fiero para terminar de desnudar a los árboles más reticentes, para convertirlos en pétreos fustes carentes de vida, en mudos mástiles que esperarán, como yo, que la primavera hinche de nuevo sus velas y los devuelva a la vida.

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Polvo del recuerdo: los fielatos de Gijón

Hay arquitecturas que, aunque de fábrica modesta, su recuerdo se mantiene vivo para quienes las conocieron en uso, bien sea por la singularidad de su diseño, porque su emplazamiento las convertía en elementos en los cuales era obligado fijar la mirada, o bien porque su propia función hacía imposible que pasasen inadvertidas. Una de estas arquitecturas que moran en el recuerdo de muchos gijoneses de cierta edad eran las estaciones sanitarias, más conocidas como fielatos. El destino de estas instalaciones, que se
emplazaban en puntos estratégicos en las principales vías de ingreso a la ciudad, era el de controlar e inspeccionar determinadas mercancías para gravarlas con los correspondientes derechos de consumos. La habitual presencia en estas construcciones de un fiel o balanza con la que llevar a cabo el pesaje de las mercancías a gravar, les granjeó el apelativo popular de fielatos, que era el nombre con el que estas edificaciones eran conocidas entre los gijoneses de a pie. En determinadas zonas de la población (como por ejemplo en las parroquias de Cabueñes y Somió hasta comienzos de la década de 1930) la inspección de consumos se hacía a modo de ronda itinerante.
Como documentó el investigador Héctor Blanco, en Gijón, el primer fielato conocido data de 1871, siendo proyectado por el destacado tracista Cándido González, a la sazón maestro de obras municipales, y localizado en las inmediaciones de la Puerta de la Villa. En general, se trataba de construcciones de escasa entidad, de fábrica de madera o de obra, y limitadas dimensiones, en las que apenas había espacio para la oficina del empleado municipal encargado de la inspección (el consumero) y para el fiel. El hecho de que algunas de las estaciones sanitarias se emplazasen en terrenos de propiedad privada, condicionó la calidad de la edificación, lo mismo que la perenne precariedad de los fondos municipales. En la década de 1920 se levantaron las estaciones sanitarias de El Humedal, puente del Piles (situada en lo que hoy sería el entronque de la avenida de El Molinón con la avenida de Castilla), El Llano y Veriña, todas ellas diseñadas conforme al diseño del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz. Con la materialización de éstas últimas, el Ayuntamiento de Gijón buscaba, en palabras de los miembros de la Comisión de Arbitrios, extender la fiscalidad a las populosas barriadas de El Llano y La Calzada. Para la construcción de estos fielatos, el arquitecto municipal proyectó unos edificios de mayor entidad pero de costes limitados, levantados a partir de una solera de cemento, el mismo material que se utiliza en bloques para la fábrica de los muros, siendo la cubierta de teja plana sin solera de rasilla y armadura de madera. Estas construcciones disponían ya de una dependencia para almacén y de un amplio pórtico para el resguardo de quienes esperaban el control de las mercancías.

Fielato de Veriña

Fielato de Veriña

De 1930, y con proyecto de García de la Cruz, son los fielatos de Ceares y Granda, y de 1932, los que se levantaron en Valdornón, en el límite con el concejo de Siero, y en Pumarín, estos diseñados por el recién nombrado arquitecto municipal José Avelino Díaz y Fernández Omaña. La traza de estas estaciones sanitarias era muy similar a las propuestas por García de la Cruz, si bien, Díaz y Fernández Omaña utilizaba la fábrica de ladrillo para los muros. A finales de la década de 1930, este mismo técnico proyectó una nueva estación sanitaria en Veriña, en la que la traza semicircular y el voladizo de resguardo de la oficina del oficial de arbitrios, le confieren un aire típicamente racionalista. Mayor notoriedad tuvo el fielato de La Guía, emplazado en la plazoleta de igual nombre, construido en 1946, que además de las dependencias habituales incorporaba aseos. En la fachada posterior, la construcción presentaba dos espectaculares ventanas en forma de ojo de buey, enmarcadas en un paramento de ladrillo, igualmente de clara influencia racionalista. Estas reminiscencias de la arquitectura moderna, de la que Díaz y Fernández Omaña fue un referente en Asturias, también se advierten en el proyecto del fielato de Somió, en uso desde 1955, edificio que fue convertido en quiosco en 1965, al ser despojado de la función que le dio vida.

Fielato Somió

En la década de 1960, con la modernización general del país, los fielatos perdieron su razón de ser y comenzó su paulatina desaparición. Aún así, en 1959 los arquitectos municipales José Antonio Muñiz y Antonio Roibás, firmaron un interesante proyecto para el barrio de El Llano (incluía además del porche cubierto para la báscula, una amplia zona de recepción, ropero, almacén, servicios higiénicos, y aprovechando una entrada independiente, un quisco de prensa) que no llegó a materializarse. La última estación sanitaria levantada en Gijón, hoy sólo polvo del recuerdo, fue la de Viñao, obra del entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, fechada en 1961.

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Pasajero en Galicia

Daba a su término el mes de julio como quien apura con gusto una copa de vino del país, cuando el viajero llegó a Mondoñedo, la reposada villa natal de su admirado Álvaro Cunqueiro. El día se había despertado con pereza, y ofrecía al viajero una cara triste, pizarrosa, como los tejados que cubren las casas de la villa. El viajero sabe, porque lo ha leído al maestro Cunqueiro que, Mondoñedo, por su posición geográfica en el fondo de un valle avenado por varios cursos de agua (en la cunca que diría don Álvaro) es propenso a que la niebla se haga partícipe del paisaje, tal y como sucedía en aquella mañana estival en la que las fachadas de las casas y los tejados de lajas con sus característicos picos parecían mejillas surcadas por lágrimas de niebla. Estimulados por la belleza silente de aquellas calles desiertas y apretadas, el viajero y su joven acompañante se entregaron al placer de pasearlas con calma, pues no había otro objeto en aquel viaje que el de sentirse simplemente pasajeros en Galicia. Al recorrer aquellas rúas que se retorcían y corrían pDSC_0001ara desembocar en la plaza de la catedral, al admirar la sencilla belleza de aquellas arquitecturas (siempre conformes al estilo propio del país) que ponían digno coto a las rúas, comprendió las palabras del gran geógrafo gallego Otero Pedrayo cuando afirmaba que Mondoñedo, la vieja sede episcopal Dumiense, se franqueaba sin pompa de calles asoportaladas ni vastos espacios de plazas, rúas que terminaban por convertirse, más allá del núcleo urbano, en carreteras y caminos sin lujos de fachadas labradas.

Después de callejear sin otro rumbo que el que marcaba la brújula del sentimiento, el viajero se sintió feliz de volver a admirar la fonte Vella, la fachada barroca del monasterio de la Concepción, la irregular plaza de la Catedral, dispuesta en dos alturas, la propia de la plaza que sirve de pórtico al edificio basilical, con sus dos sobrias torres y su hermoso rosetón, y los Cantones, hermoseados con sus típicos soportales levantados sobre algunas de las casas más nobles y destacadas de la villa. A un costado de la plaza, protegido por un pequeño jardín, estaba Álvaro Cunqueiro en su asiento de piedra, como siempre atento a la vida de la plaza que, en aquella mañana desapacible de julio, acogía un pequeño mercado sin apenas movimiento mercantil, quizás por lo temprano de la hora, quizás porque la niebla se había convertido en una fina y continua cortina de agua que disipaba cualquier inquietud comercial. El viajero, siguiendo con la tradición de anteriores visitas a Mondoñedo, se hizo una foto con Álvaro Cunqueiro e instó a su joven acompañante a ingresar en el club de los devotos al maestro de las letras gallegas. El niño, inmerso en un viaje iniciático propio, en un camino de peregrinación que ha de llevarle de la infancia a la adolescencia, no entendió la broma pero se mostró conforme con la foto.

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En los Cantones, entraron en una taberna donde se sintieron reconfortados por el café y atraídos por el dulce canto de la lengua gallega, al que sus oídos todavía no estaban habituados. Al salir del local, repleto de peregrinos y de feriantes que buscaban el calor que la plaza de la Catedral les negaba, se encaminaron por la rúa del Progreso en dirección a la Alameda y campo de Los Remedios, dejando a un lado la recoleta plaza del Concello, presidida por el edificio consistorial. El viajero, quedó sorprendido por la belleza recogida de aquel paseo que parecía tendido como una alfombra a los pies de la fábrica barroca de Los Remedios, y cuya traza, a decir de los estudiosos locales, se remonta al siglo XVI. El viajero comenta con el niño que es una pena que la visita no coincidiese con la otoñal feria de San Lucas, que en este campo acoge un antiquísimo mercado de ganado montaraz, principalmente caballar. Sin tiempo para más, el viajero y su acompañante dejan atrás las páginas de la sosegada Mondoñedo (con cierto pesar por no haber hollado el antiguo arrabal de Los Molinos), pero mantienen abiertas las del Pasajero en Galicia, el libro de Cunqueiro que ilumina como un candil cualquier viaje por los siempre gozosos caminos de Galicia.

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Cenizas de la memoria

Qué poco es una vida, una vez terminada y cuando ya se puede contar en unas frases y sólo deja en la memoria cenizas que se desprenden a la menor sacudida… (Javier Marías). Como la mano infantil que hace un cerco en el cristal empañado para ver a su través, aquella imagen de la fototeca del Muséu del Pueblu d´Asturies que parecía dormida en uno de los recodos de ese camino universal que es Internet, limpió el cristal de mis recuerdos infantiles. A su través recuperé veranos de infancia llenos de luz y de futuro, días gloriosos de experimentación, aprendizaje y libertad, retazos de una cartografía afectiva que el paso de los años todavía no ha podido desleír. A pesar de los años transcurridos, las imágenes de aquellos veranos (y algunos inviernos) en la casa de mis abuelos maternos en el pueblo de Ania, se mantienen frescas como las aguas del río Andallón, que con su paso tranquilo pero constante hacía cantar las gastadas muelas del molín de Quilo, como la sombra de los antañones castaños que se apostaban frente al vado del río, como la figura de Manolo Picarín, aquel anciano de mirada pícara y juvenil, que parecía poseer el don de no envejecer.

Fue Manuel Valdés el menor de los ocho hijos del matrimonio entre Felipe Valdés y María Rodríguez, nacidos todos en la modesta casa familiar del Picarín, un apartado lugar de la parroquia de Valsera en el concejo de Las Regueras, donde el monte Forcón se tiende plácidamente para juntarse con la vega del río Andallón. Querido y apreciado con sus vecinos, fue Manolo Picarín todo un personaje en su concejo natal. Su corta estatura escondía un hombre enérgico, mañoso y audaz, al que nada se le ponía por delante. La experiencia adquirida en los muchos oficios que desempeñó a lo largo de su vida (la mayoría aprendidos de forma autodidacta) y el poso de sabiduría que suele dejar el paso de los años, le confirieron una suerte de estatus de anciano tribal al que los vecinos acudían a consultar sobre todo tipo de cuestiones relacionadas con las actividades propias de la vida rural. Con el tiempo, aquella comunidad arcana le otorgó a Picarín otro destacado papel en atención a su dilatada experiencia vital, la de mediar en las disputas entre vecinos, en un DSC_0039momento en el que la voz de los mayores era respetada y se tenía como valor de ley.

En casa de mis abuelos (y en otras muchas caserías del entorno) su presencia era habitual cuando algún vendaval o tormenta fuerte hacía de las suyas en la techumbre de la casa o del hórreo, o cuando llegaba el tiempo de la matanza del gochu, cuestión que solía solventar Manolo en la antojana de la casa con la destreza del más experimentado de los matarifes. Cierro los ojos y siento en el cuerpo el frío de aquellos lejanos eneros, escucho, con la claridad del día recién nacido, los agudos chillidos del animal herido que parecían no tener fin, y en torno a él, las conversaciones de los mayores afanados en su tarea chacinera, ecos de unas voces que se hunden en la tradición y me unen a mi pasado familiar .

Recuerdo a Manolo tomando café sentado a la mesa con mi abuela Manuela, los dos pegando la hebra, los dos en el último recodo del camino, los dos buscando el calor de la cocina de carbón. Mi abuela vestida de negro como la noche infinita, él ataviado de domingo, con traje oscuro, chaleco a juego, camisa blanca abotonada hasta el cuello y boina negra, una boina gastada por el sol y el uso que más que una prenda de vestir parecía una apófisis de su propio cuerpo. La nariz aguileña destacándose de un rostro amable pero surcado de arrugas como un campo preparado para la siembra del maíz, surcos de una vida dura y aferrada a la tierra. Los ojos, pequeños y vivos, que se convertían al igual que sus manos en actores principales del relato que siempre tenía en la boca, porque Manolo Picarín era un fabuloso contador de historias, voz de un relato ancestral que revivía adaptándolo a su propio coDSC_0019ntexto vital. A los ojos del niño que fui, Manolo Picarín, de cuya boca brotaban cuentos y sucedidos como por arte de encantamiento, era una suerte de anciano druida, un ser misterioso que habitaba en lo que parecía un castillo encantado situado a las mismas puertas del bosque, pues así me imaginaba yo aquella apartada vivienda del Picarín, aquella fábrica de ladrillo y piedra que el mismo había reconstruido, y que acogía en sus entrañas la vivienda primigenia. Ahora entiendo que Manolo, al igual que mi abuela Manuela, que también poseía la virtud de enhebrar muy bien los relatos, no eran otra cosa que la voz de un mundo rural que agonizaba, de un mundo que ya no existe por más que las viejas casas del Picarín y de la Medera permanezcan en pie, no son sino cenizas de la memoria que terminaran por desprenderse a la menor sacudida.

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