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El tiempo recobrado

El viajero llegó a la ciudad de su infancia una fría mañana de abril. Un abril de manos húmedas, que envolvía el cuerpo de la ciudad en una fina capa de lluvia iluminada por una luz áspera y sucia, más propia del invierno que de la recién estrenada primavera. Tras deshacer el equipaje, tomar un café cargado y ataviarse con una gabardina y un paraguas, el viajero salió a la calle y comenzó a caminar en dirección a la bahía. Anhelaba ver la playa, la cálida sonrisa de la ciudad desplegada entre dos promontorios rocosos que parecían dos pómulos exageradamente pronunciados. Al embocar el tramo final de la calle Jovellanos, el nordeste lo tomó del brazo y el mar le besó en la boca con un beso fresco y salado. Al llegar a La Escalerona, las lágrimas se deslizaban ingrávidas por sus mejillas como las olas sobre los pétreos pies de este prodigio arquitectónico, que el viajero siempre identificó con aquellos trasatlánticos que de niño había visto en las viejas postales que coleccionada su madre. Sintió ganas de descalzarse y ollar el rubio solado del arenal como cuando era niño e iba a bañarse con su padre, pero la frialdad que notaba en la cara le arredró, y buscó el consuelo de los cuellos alzados de su gabardina. A medida que caminaba por el paseo del muro, recobraba su perdida identidad gijonesa, como si la visión del arenal, como una diligente cuadrilla de zapadores, hubiese tendido un puente a los recuerdos de su infancia, a un Gijón que ya no existía. De un plumazo se habían borrado de su mente las décadas de ausencia. Caminaba despacio, tratando de recuperar en cada paso, en cada mirada, el tiempo perdido. Antes de llegar a la desembocadura del río Piles divisó los verdes penachos de los viejos árboles del parque de Isabel la Católica, restos de aquella mesnada a la que a mediados de los años cuarenta del siglo pasado se le confió la ímproba tarea de defender al resto de las plantaciones de los embates del viento y del mar.

parque Isabel la Católica 1

Al acercarse al parque, cuyo verdor esmeralda se veía acentuado por la tenue cortina de agua que lo velaba, su corazón de niño viejo se aceleró. El parque de Isabel la Católica era para él mucho más que un espacio de recreo público, era una parte de su vida, porque los espacios que se viven intensamente, aquellos en los que uno ha sido feliz, pasan a formar parte de nosotros. Cerró los ojos y dejó que los pájaros de la memoria levantasen el vuelo mientras caminaba a paso lento, escuchando el crujir de la gravilla bajo sus pies. Recordó las excursiones con sus amigos del colegio atravesando las huertas y descampados de lo que hoy es el barrio de La Arena para ir a pescar anguilas en una charca insondable y maloliente, que después fue convertida en el lago de los patos. También la expectación que se creó en aquel Gijón modesto y provinciano, cuando en el año 1953 llegaron las primeras parejas de cisnes para el estanque, y cómo las familias acudían los fines de semana a disfrutar de la nueva atracción, en un parque a medio hacer, en el que el lago grande, la rosaleda y una pajarera-palomar de trazado circular se alternaban sin solución de continuidad con espacios todavía sin sanear. Recordaba con la viveza de lo acontecido ayer cómo muchas familias llegaban al parque en uno de los primeros autobuses municipales, un reluciente Leyland decorado con los colores de villa, al que se accedía por la puerta trasera, según creía recordar. También cuando acudió con todo el colegio a la inauguración del monumento al doctor Alexander Fleming, el descubridor de la penicilina, en una soleada mañana de septiembre de 1955. Recuerda la honda emoción que le causaron los policías municipales ataviados con el uniforme de gala  dispuestos en formación como una colección de soldaditos de plomo.Parque 8

Al recorrer el paseo que comunica la entrada principal con el estanque grande, vio la alargada mano del tracista prolongándose firme hasta dibujar una perspectiva casi arquitectónica, que más tarde fue hermoseada por una doble alineación de álamos. Reparó en el magnífico porte de los corpulentos pies, y pensó, con pena, que parecían gigantes con pies de barro, reos a la espera de que un fuerte vendaval de poniente los enviase al cadalso. En su mente estaban las imágenes de los camiones y carros del país trasladando al parque, por mandato de la autoridad municipal, escombros de obra y toda clase de detritos que sirviesen para rellenar las ciénagas sobre las que más tarde se trazaron los paseos y los otros elementos del parque. En la sustitución de los viejos álamos y eucaliptos por jóvenes tilos, quiso ver la insultante arrogancia del espíritu juvenil que siempre pugna por arrinconar a lo que considera viejo, trasnochado o inútil. Las risas de un grupo de niño56-04s que disfrutaban en la zona de juegos le devolvieron a la realidad. Pensó en lo cambiada que estaba esta zona del parque, con toda esa pléyade de sofisticados aparatos de juego que en nada semejaban a la rueda giratoria, al columpio con forma de cocodrilo, a los balancines, a los columpios metálicos, de los que tanto disfrutó.

Había dejado de lloviznar y el viajero se animó a extender su paseo hasta las inmediaciones del viejo molino harinero, hoy convertido en parador de turismo. Allí se topó con el estanque de Las Dríadas, espacio que tenía casi olvidado. La imagen de las ninfas del bosque reflejadas en el agua del lago le trajo a la boca el recuerdo de María, aquella chica morena de la pandilla a la que recitaba poemas de Neruda y a la que robó algún que otro beso con la complicidad silente de los sauces que bordean este estanque. Con un punto de nostalgia que hizo brillar el mar en sus ojos , el viajero emprendió el camino de regreso al hotel, reconfortado porque su amigo el parque le había entregado la llave de sus recuerdos más felices. Satisfecho porque recordar es volver a vivir.

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Al doblar la esquina

Ha cerrado la pequeña tienda de comestibles de mi barrio. Sus propietarios, llegado el momento de la jubilación, han liquidado las  pocas existencias que les quedaban y han bajado para siempre la persiana metálica que, desde hacía décadas, protegía las lunas del local. Con el llanto metálico de la persiana, se ponía fin a más de cuarenta años de trabajo; toda una vida surtiendo al barrio de lo imprescindible para el día a día. Pienso en el local vacío, cegado, en las estanterías metálicas desnudas como restos de un naufragio,  huérfanas de contenido, despojadas de su aliento vital, de su razón de ser, y me entristezco. La tienda de mi barrio, que respondía al sonoro y hermoso nombre de Ultramarinos Elvira, era más que un colmado de productos variopintos; era parte de la propia historia del barrio, de la biografía sentimental de los vecinos. Un agradable puerto de refugio, un lugar de encuentro en el que, a la vez que comprabas el bote de tomate con el que perfumar el arroz blanco de la comida del mediodía o el salchichón para el bocadillo del niño, o esas cabezas de ajo olvidadas e imprescindibles para el sofrito que tenías a medio hacer, uno se ponía al día de los resultados del fútbol, de los números de la lotería primitiva, de los óbitos inesperados de vecinos o amigos, o descubrías un remedio infalible con el que curar ese catarro que te traía a mal vivir. La tienda de mi barrio, era, en cierto sentido, uno de esos lugares comunes en los que todos teníamos cabida. ¿Tú madre está enferma?, hoy no ha bajado a buscar el pan. Apúntame dos donuts, ya te los pagará mi madre cuando baje a la compra. El trato familiar, la buena disposición, la dedicación al trabajo al margen de horarios (o para ser más precisos, ajustándose al horario que marcaban sus clientes), la calidad de los productos y la contención de los precios, fueron algunas de las razones que explican la permanencia en el tiempo de un negocio humilde como el propio barrio, que pudo, mal que bien, hacer frente a otras tiendas más modernas y a la feroz competencia de los grandes supermercados.Nubes sobre Gijón

Caminamos por la vida con los bolsillos agujereados y no somos conscientes del valor de las perdidas que sufrimos. La desaparición de la tienda de ultramarinos de mi barrio es una pequeña tragedia, no para sus dueños, que con su trabajo se han ganado un feliz retiro (aunque ello suponga asumir otra renuncia más en el camino de la vida pues la jubilación de deja de ser el comienzo de la muerte civil), sino para el propio barrio. No quiero decir que los vecinos no encuentren otros establecimientos (comercio de proximidad que dicen los modernos) en los que abastecerse, pero ya nunca será lo mismo. Doblar la esquina y ver bajada la persiana de Ultramarinos Elvira es un mal indicio, como lo es la fiebre alta en el enfermo. Decía el escritor Ernesto Sábato que nada de lo que fue vuelve a ser, y tiene razón. El barrio en el que me crié se marchita, se agosta al tiempo que envejecen sus vecinos, como las flores del jardín cuando aprieta el calor del verano. Cuando se abrió la tienda, cuando era niño, la vida era un proyecto de futuro, era una multitud de chiquillos felices que corrían despreocupados por un dédalo de calles a medio urbanizar y que jugaban al fútbol en descampados abiertos entre edificios en construcción. Ahora mi barrio, cada vez más gris y triste, camina hacia el olvido con el paso torpe del anciano. Doblar la esquina de la calle en la que me crié y ver echada la persiana de Ultramarinos Elvira duele, como duele el desamor, como duele el vacío que deja un amigo que se va para siempre y del que sólo nos quedará el recuerdo.

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