Al doblar la esquina

Ha cerrado la pequeña tienda de comestibles de mi barrio. Sus propietarios, llegado el momento de la jubilación, han liquidado las  pocas existencias que les quedaban y han bajado para siempre la persiana metálica que, desde hacía décadas, protegía las lunas del local. Con el llanto metálico de la persiana, se ponía fin a más de cuarenta años de trabajo; toda una vida surtiendo al barrio de lo imprescindible para el día a día. Pienso en el local vacío, cegado, en las estanterías metálicas desnudas como restos de un naufragio,  huérfanas de contenido, despojadas de su aliento vital, de su razón de ser, y me entristezco. La tienda de mi barrio, que respondía al sonoro y hermoso nombre de Ultramarinos Elvira, era más que un colmado de productos variopintos; era parte de la propia historia del barrio, de la biografía sentimental de los vecinos. Un agradable puerto de refugio, un lugar de encuentro en el que, a la vez que comprabas el bote de tomate con el que perfumar el arroz blanco de la comida del mediodía o el salchichón para el bocadillo del niño, o esas cabezas de ajo olvidadas e imprescindibles para el sofrito que tenías a medio hacer, uno se ponía al día de los resultados del fútbol, de los números de la lotería primitiva, de los óbitos inesperados de vecinos o amigos, o descubrías un remedio infalible con el que curar ese catarro que te traía a mal vivir. La tienda de mi barrio, era, en cierto sentido, uno de esos lugares comunes en los que todos teníamos cabida. ¿Tú madre está enferma?, hoy no ha bajado a buscar el pan. Apúntame dos donuts, ya te los pagará mi madre cuando baje a la compra. El trato familiar, la buena disposición, la dedicación al trabajo al margen de horarios (o para ser más precisos, ajustándose al horario que marcaban sus clientes), la calidad de los productos y la contención de los precios, fueron algunas de las razones que explican la permanencia en el tiempo de un negocio humilde como el propio barrio, que pudo, mal que bien, hacer frente a otras tiendas más modernas y a la feroz competencia de los grandes supermercados.Nubes sobre Gijón

Caminamos por la vida con los bolsillos agujereados y no somos conscientes del valor de las perdidas que sufrimos. La desaparición de la tienda de ultramarinos de mi barrio es una pequeña tragedia, no para sus dueños, que con su trabajo se han ganado un feliz retiro (aunque ello suponga asumir otra renuncia más en el camino de la vida pues la jubilación de deja de ser el comienzo de la muerte civil), sino para el propio barrio. No quiero decir que los vecinos no encuentren otros establecimientos (comercio de proximidad que dicen los modernos) en los que abastecerse, pero ya nunca será lo mismo. Doblar la esquina y ver bajada la persiana de Ultramarinos Elvira es un mal indicio, como lo es la fiebre alta en el enfermo. Decía el escritor Ernesto Sábato que nada de lo que fue vuelve a ser, y tiene razón. El barrio en el que me crié se marchita, se agosta al tiempo que envejecen sus vecinos, como las flores del jardín cuando aprieta el calor del verano. Cuando se abrió la tienda, cuando era niño, la vida era un proyecto de futuro, era una multitud de chiquillos felices que corrían despreocupados por un dédalo de calles a medio urbanizar y que jugaban al fútbol en descampados abiertos entre edificios en construcción. Ahora mi barrio, cada vez más gris y triste, camina hacia el olvido con el paso torpe del anciano. Doblar la esquina de la calle en la que me crié y ver echada la persiana de Ultramarinos Elvira duele, como duele el desamor, como duele el vacío que deja un amigo que se va para siempre y del que sólo nos quedará el recuerdo.

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