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Alzado del suelo. Asturias en un tuit

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El poeta Hilario Barrero dijo de él que era una cárcel para el viento, la Capilla Sixtina del silencio. Lo miro y veo los restos de un naufragio en ese mar del olvido que es Asturias.

 

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La mujer de los ojos de niebla

La pertinaz lluvia que picaba con sus escurridizos nudillos de agua en los cristales de mi ventana, y el viento, que voceaba el frío de la tarde mientras desarmaba a los transeúntes de sus paraguas, me trajeron el recuerdo de su nombre, Manuela. Al pronunciarlo, se entreabrió la cortina del recuerdo y me vinieron a la boca, como en un dulce regurgitar, algunos de los momentos más felices de mi infancia, aquellos que pasé en el pueblo de mi madre. Eran recuerdos de largos veranos de pantalones cortos y zapatillas de camping, de piernas descalabradas por trepar una y mil veces a los chaparros cerezos y ciruelos de la huerta de “bajocasa”, de encaramarse a los viejos muros de piedra caliza que, como burdos pespuntes de una antigua costura, limitaban las fincas y dibujaban el perfil sinuoso de algunos caminos, de trastear por el corredor del hórreo, en el pajar o en la cuadra. Eran tiempos alejados de la vigilancia cotidiana de los padres, y por tanto, de libertad de horarios y de movimiento. También eran tiempos de frecuentar nuevas amistades: Chenchu, Mariano, Pepín, Gelín, Adela…, niños y niñas alejados del patrón de los chicos de ciudad como yo, hijos del pueblo, de aquella pequeña aldea de casas desperdigadas a lo largo de una carretera secundaria cuyo nombre jamás logré encontrar en los mapas escolares de Asturias, y que a veces, cuando por enfermedad me veía en recluido en casa, en Gijón, se me antojaba tan irreal como la propia aldea de Asterix, el galo. Pero aquellos niños no eran personajes de un comic, eran reales, y habían nacido y vivían en aquel pueblo de forma permanente, como vivían los niños de las aldeas asturianas, con un pie en la infancia y el otro en la vida adulta, obligados a ayudar a sus padres en las labores agroganaderas. Los recuerdos infantiles se extendían también a parte de las vacaciones navideñas y de Semana Santa, en las que no era infrecuente ver nevar, un espectáculo mágico a los ojos de un niño, y al que estábamos sustraídos quienes vivíamos en Gijón, por la vecindad de la ciudad con el Cantábrico.

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Como en mi casa no había coche, ir al pueblo se convertía en un viaje, que a mí, que siempre me he mareado al viajar en autobús, se me antojaba muy enojoso, ya que me veía obligado a tomar un autobús interurbano y después un coche de línea, que para mayor engorro, realizaba el trayecto haciendo paradas en todos los pueblos por los que pasaba. La casa familiar estaba al final del pueblo, en un recodo de la carretera. Era una quintana tradicional, modesta, con el hórreo situado frente a la vivienda, al otro lado de la carretera. Como siempre se avisaba con antelación de la llegada, ella siempre estaba allí, aguardando, de pie en la antojana, con una mano apoyada en la frente, como un marino oteando el horizonte. Al verla, dejaba las maletas en el suelo y corría a su vera como corren las olas alborozadas al encuentro de la playa.

DSC_0011 La abuela Manuela era una mujer menuda, delgada, que aparentaba una fragilidad que no se correspondía con su vitalidad ni con su genio, aunque pocas veces la vi realmente enfadada. Era alegre y cariñosa, y acompañaba sus quehaceres entonando canciones y coplillas de la tradición asturiana. Tenía unos ojos claros muy hermosos, que parecían siempre estar humedecidos, como si estuviesen suspendidos en un mar de niebla. Su pelo era blanco azulado, como  iluminado por el humo, siempre recogido en un moño redondo y muy apretado. A pesar de lo bonito que era, casi siempre se cubría la cabeza con un pañuelo negro, que acentuaba la severidad de un rostro, en el que una vida dura y el correr del tiempo había hecho  mella, quizás demasiada, pronunciando los pómulos, hundiendo las cuencas de los ojos y surcando el rostro de arrugas, marcas del cruel arado del tiempo sobre el otrora fértil y sonrosado campo de sus mejillas. Esta severidad aparente, a la que no era ajena la oscuridad perenne del resto de su indumentaria, se desvanecía con el primer abrazo, cálido y reconfortante como el amor de la cocina. La voz de la abuela Manuela estaba envuelta en los olores del campo, era la voz de la tierra, una voz atrayente y seductora, no impostada, que te encandilaba cuando convertía sus recuerdos en relatos. Historias contadas medio en bable, medio en castellano, que hablaban del astuto zorro que al atardecer se intentaba colar en el gallinero para llevarse las gallinas, de los hermanos emigrados a América que enviaron el dinero para la reforma de la vieja casa, de los castaños heredados de su madre en el Bravo, el monte que se divisaba bajo el horizonte, de los hijos fallecidos sin haber podido siquiera ser bautizados, de la guerra civil, del abandono del pueblo para comenzar una nueva vida en una desangelada villa industrial, del retorno a la aldea para continuar con la mísera vida de subsistencia como colonos de un terrateniente. Al hilar sus recuerdos, sentada en una silla frente a la cocina de carbón, la historia de la Asturias rural cobraba vida, y con ella, el rostro de esta mujer sabia, que nunca había ido a la escuela pero que poseía el conocimiento que germina en la tierra fértil, se iluminaba, y la niebla de sus ojos claros se desvanecía como se desvanece la noche al rayar el alba.

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Historias de la Asturias rural

Se sentía reconfortado, allí, en un rincón de la cocina, al calor de la lumbre, sentado en un viejo taburete frente a su abuelo. Desde que era muy niño, la figura de su abuelo Manuel le provocaba sensaciones contradictorias, a medio camino entre la admiración y el temor, como esos fríos súbitos que a veces se sienten en el verano tras una prolongada exposición al sol. Su apariencia física le infundía un poco de miedo. La perenne oscuridad de sus ropas, la boina siempre calada hasta el entrecejo que parecía una extensión natural de su propio cuerpo. La cara, expresiva y breve como un suspiro, estaba tan erosionada que parecía un edificio cuyas grieteas aventurasen una ruina inminente. La dulzura de sus ojos límpidos, empequeñecidos de tanto mirar al terruño y siempre humedecidos como los bordes de una alberca a punto de rebosar, contradecían la severidad de su mirada, tan penetrante y turbadora que enseguida obligaba a su interlocutor a echar los ojos al suelo. Sus manos, temblorosas como el cuerpo de un niño febril, y repletas de venas gruesas y azuladas como ríos, parecían la concreción material de su carácter, recio en extremo. A los ojos del niño, la leve cojera del anciano que le obligaba a apoyar sus pasos en una vara de avellano le confería un cinematográfico que él, aficionado a las películas del oeste, asociaba al bueno de Walter Brennan en Río Bravo. Por el contrario, su voz era cálida y atrayente como el fuego que alimentaba la cocina. No recordaba los besos que su abuelo Manuel, poco entrenado en exteriorizar sus sentimientos, le dio a lo largo de su vida, pero si recordaba perfectamente todas y cada una de las historias que le había contado.

¿Ves las tierras que están junto al camino de la fuente de Fuexo, las  que ahora están plantadas de escanda?, le indicaba apuntando con la vara de avellano. Son las suertes, antiguos terrenos ganados al monte que fueron divididos en parcelas o suertes y cuya utilización se sorteaba entre los vecinos de la aldea. Con el paso del tiempo la costumbre de rotar o sortear el uso de las mismas cayó en desuso y los llevadores de las mismas terminaron por hacerse con su propiedad. Mi padre Manuel, tu bisabuelo, las llevaba en foro, un tipo de contrato de arrendamiento muy antiguo por el cual pagaba al propietario una parte de la cosecha  que obtenía en ellas. Hace ya algunos años, cuando nuestra casería fue creciendo, pude comprárselas al Marqués de la Vega a través de su apoderado, pues el titular hacía muchos años que residía en Madrid. Es curioso, del gran poder que tuvo el marqués en el concejo, de cuyas tierras y caserías era casi el único propietario, sólo queda un viejo caserón medio abandonado y algunas tierras que nadie quiso comprar cuando puso en almoneda la mayor parte de su patrimonio. El poderoso marqués no es más que un recuerdo, una sombra del pasado, rumió el anciano para sus adentros sin poder evitar que su pensamiento fuese verbalizado y escuchado por el niño.

Abuelo, ¿el viejo castañeo que rodea ese prado tan empinado que llamas el Bravo del Monte, tan bien es nuestro?. Si y no, dijo el abuelo preparando una explicación para tan ambigua respuesta que tardó unos segundos en llegar. El castañeo formaba parte de la dote que recibió tu abuela cuando nos casamos. El terreno donde están plantados esos viejos castaños era comunal, es decir, de uso público, pero los árboles pertenecían a la familia de la abuela que fue quien los plantó en virtud de un antiguo derecho transmitido de generación en generación denominado derecho de poznera, que distinguía entre la propiedad del suelo y del vuelo. Conforme a este uso ancestral, el que plantaba los castaños, que eran marcados con un símbolo que permitía identificar al propietario, tenía derecho a disponer de los árboles y de su fruto en el espacio albergado bajo la sombra del mismo. Por cierto abuelo, ¿cómo se llamaban aquellos agujeros que había en el castañeo en los que se almacenaban los erizos de las castañas tapados con hojas y helechos para que se conservasen más tiempo los frutos?. Sin poder evitar una mueca de complicidad y satisfacción por el interés del niño, el anciano respondió: la corra.

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