Entradas etiquetadas como libros

Tarde de lluvia y jazz

La tarde del domingo va tocando a su fin. Abanta y perezosa, la luz grisácea del día va dejando su sitio a una noche negra y profunda como boca de lobo. En la calle, un viento áspero y bronco del nordeste desnuda los árboles de su dorado traje otoñal y lanza las manos húmedas de la lluvia contra los cristales de mi ventana, que dibujan en su desesperación formas caprichosas y hermosamente fugaces. La voz rasgada y sensual de Sarah Vaughan se alza como de puntillas sobre una voz infantil que repite metódicamente la fórmula matemática que permite calcular el mínimo común múltiplo de un número: se toman los factores comunes y no comunes con el mayor exponente. Letanía escolar que suena a música conocida. Pienso en un amigo matemático que ve y siente los números con ojos de poeta. Llueve en la calle y llueve en el corazón. Busco cobijo de la lluvia que empapa mi alma bajo el paraguas de un libro, pero la lluvia arrecia y no encuentro el sosiego que necesito. Dejo el libro sobre mi regazo y, sin darme apenas cuenta, acaricio su lomo como si acariciase la espalda de un gato. Acurrucado en mi regazo protesta y reclama mi atención. Mis manos espigan entre sus hojas dejando que el azar me guíe en una búsqueda que no tiene objeto. Encuentro una marquesina y me refugio en el ella durante un rato. ¿Para qué escribimos?, me pregunto allí cobijado. ¿Escribimos para dar consuelo a los otros?. ¿Escribimos para restañar nuestras propias heridas con el hilo sanador de las palabras?. En la calle sigue lloviendo como si nunca lo hubiera hecho. El rumor de las matemáticas ya se ha desvanecido. La voz de Sarah Vaughan se apagó como se apagó la tarde de domingo. Quizás mañana salga el sol…

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Elogio de la lectura

 

¿Leemos para estar vivos o estamos vivos porque leemos?. No sabría qué decir, le respondió su interlocutor, ese otro yo con el que confrontaba sus pensamientos más íntimos. Yo no soy como tú, que crees ciegamente en el poder de las palabras, en el valor de la letra impresa. A mí, ese ejército de letras desfilando por el papel, ni me conmueve ni me encandila. Acudo a los libros por divertimento, sin esperar que me aporten nada, simplemente que me ayuden a pasar el rato. Voy a la biblioteca del salón como quien va al supermercado. Ojeo los productos, y meto en la cesta sólo aquello que me apetece, lo necesario para preparar una cena sin pretensiones. Sé que mis palabras te molestan, pero soy del parecer que las palabras por sí mismas no valen nada, son como las estrellas en el firmamento, un mero trampantojo, una añagaza para los sentidos, un recurso estético. Recuerda lo que siempre decía tu padre: no es lo mismo predicar que dar trigo. Te revuelves incómodo en el asiento. La conversación comienza a tomar un derrotero que no te gusta, sientes que el barco vira como gobernado por la mano de un patrón incapaz o negligente. No soporto tu supuesta practicidad, le replicas. No acabo de tragarme esa pose cínica; eres sólo un impostor, dices eso sólo para molestar, porque sabes que sólo la lectura puede redimirnos. No entiendo qué tiene de liberador querer vivir la vida de los otros, te responde. No se trata de pretender vivir otras vidas, sino de sacar de ellas lo que tienen de lección, aquellos argumentos que pueden arrojar luz a la oscuridad de los pensamientos. ¿Ahora me dirás que pretendes encontrar sentido a la vida a través de las páginas de los libros?, te espetó como una puñalada cruel.

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Te olvidas de tu otro yo y tratas de concentrarte en el libro que tienes entre las manos. No acaba de gustarte, pero eres incapaz de abandonarlo. Sientes que dejar un libro empezado es una suerte de traición, como un pequeño acto de desamor. Cerca de tu oído escuchas la carcajada sorda de tu otro yo, pero decides no entrar de nuevo en confrontación. Piensas en la razón que te anima a seguir leyendo una historia que, de momento, no termina de interesarte. Continúas el camino de la letra impresa con desgana, como si te pesasen los pies, hasta que en un recodo aparece un adjetivo que reclama tu atención, como quien encuentra un antiguo mojón con los que se marcaban los puntos kilométricos de los itinerarios. Unas páginas adelante, de nuevo aparece aquel hito miliario, esa palabra hermosa que aún paladeabas. De nuevo interrumpes la lectura y comienzas a pensar en el autor del libro, en si el adjetivo inserto, ese que te ha deslumbrado, sería fruto de una decisión consciente, de una acción volitiva, o simplemente un desliz, una repetición involuntaria. Quizás el autor, como el maestro orfebre, marcaba sus joyas con un sello distintivo. Sientes que la historia va acompañada de una música de fondo, como la sombra que proyectan las farolas acompaña los pasos del caminante. Esa música que ahora percibes, y que antes te pasaba inadvertida era la voz de la palabra escrita, la sutileza del lenguaje, ese ropaje que acompañaba a los personajes y hasta ahora, no terminabas de apreciar. Entiendes ahora cuál era el asidero que permitía que te aferrases al libro. Eras presa, sin percatarte, de esa sutil e invisible malla con la que el autor había envuelto su historia, una historia que trasciende de lo narrado, que te ha hecho sentir que, verdaderamente, leemos para estar vivos.

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La fábrica de los sueños

Leo al poeta Hilario Barrero y me estremezco: hay libros que mueren pronto, aunque no mueran, o viven mucho, aunque no vivan. Hay libros que cuando terminas de leerlos son tuyos para siempre aunque los pierdas. Al subrayar estas frases en el libro que tengo entre las manos acudieron a mi mente las palabras de un viejo profesor al que abordé, siendo aún un estudiante, para que me dedicase un libro suyo, una monumental y maravillosa obra sobre las ciudades españolas en el siglo XIX. Con la voz gastada y la ácida ironía de quien está de vuelta de casi todo, el catedrático ensombreció la mueca de felicidad que colgaba de mi cara estudiantil con la misma eficacia con la que el mar borra las huellas que dejamos sobre la arena, al preguntarme: ¿para qué quiere usted que le firme el libro si cuando usted se muera lo primero que harán sus deudos es arrancar la página firmada y malvenderlo en alguna librería de viejo?. La broma, y la firma del querido y respetado profesor, hicieron que siempre tuviera en mucha estima aquel libro, que desde entonces ocupa un lugar de privilegio en mi biblioteca. Las palabras del maestro no se convirtieron en cenizas de una hoguera extinguida, y en muchas ocasiones me da por pensar en qué será de mis libros cuando yo no esté. ¿Alguien se interesará por ellos o serán carne de librería de lance?. Detrás de cada libro hay una historia más allá de la que se narra en sus páginas. Cuando abrimos un libro, nos trae el recuerdo del amigo querido que lo puso en nuestras manos, de aquella voz casi olvidada que nos leyó por primera vez, de la felicidad o el desasosiego que sentimos al leerlo, de aquella oscura librería de la que lo rescatamos, de aquel viaje en el que nos acompañó como el más diligente y experimentado de los guías. ¿Mantendrá alguien el aliento de estas historias, de estos recuerdos, o serán materia muerta de venta al peso?. Me gusta pensar que otras manos cariñosas los acogerán y que las historias que esconden se entrelazarán con otras, como se mezcla la lana en los telares para tejer prendas nuevas.DSC_0052

Me cuesta entender que haya personas que abandonan sus libros, que se desprenden de ellos sin el menor remordimiento. Un libro es como un hijo al que no se puede condenar deliberadamente a la orfandad. A veces me acerco a mis libros por el puro placer de tocarlos, de olerlos, de sentir su latido entre mis dedos. Me reconforta ver la letra impresa desfilando por la página como un ejército disciplinado, silente, pero en continuo movimiento. Algunos han envejecido mal y muestran en sus fachadas de papel el paso inclemente del tiempo que los ha pintado con los colores del otoño. En otros aparece una firma con una letra dubitativa e infantil que me cuesta trabajo reconocer, o una sentida dedicatoria, que le da un plus de afecto. Algunos hay que están a la espera de ser leídos y otros, como flores calcinadas por el sol del estío, están ajados de tanto leerlos. Hay libros repudiados y otros deseados como el cuerpo amado, libros que te queman por dentro y otros que te dejan desnudo para siempre, como escribía el poeta Barrero. Unos y otros son la fábrica que alimenta los sueños, la marquesina en la que nos refugiamos cuando llueve sobre nuestra alma, el espejo en el que se refleja nuestra felicidad y nuestras ilusiones.

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La isla Paradiso

El viejo y discreto librero, propietario de una librería de lance, me lo había comentado pero no podía darle crédito, no era posible que hubiese personas que comprasen los libros por metros con el único objeto de amueblar las estanterías. Al advertir en mi cara la mueca de incredulidad, apuntilló con el estoque de descabellar como un diestro mozo de cuadrilla, también hay personas que los compran sólo por el color del lomo, como si fuesen objetos de exposición que debieran cumplir con un canon estético prefijado. Para alguien que considera los libros como una extensión natural del propio cuerpo, que se deleita no sólo con su lectura, sino que los huele y los palpa para intentar aventurar su grado de madurez como si de una fruta de temporada se tratase antes de darle el primer bocado con suma rijosidad, la afirmación era no sólo un desatino, sino una auténtica herejía.

Dándole vueltas al asunto recalé en la variedad de establecimientos donde se venden estos alimentos del espíritu, que por mucho que el marketing presione, nunca serán relegados por artefactos postindustriales con conexión wifi: superficies comerciales, grandes librerías totalmente impersonales donde el público deambula entre los libros como por los pasillos de un supermercado, kioscos, colmados con un pequeño estante dedicado a los más vendidos. Pensando en ello recordé las palabras del escritor asturiano Xuan Bello, quien decía que no es lo mismo comprar un libro en un sitio que en otro, pues hay un valor sentimental, un valor que trasciende de la propia transacción económica para añadir un plus a un libro. Cuando un amigo, de viaje por el mundo, te regala un libro, adquirido, por ejemplo, en la librería Lagún de San Sebastián, o en Lello en Oporto, ese ejemplar adquiere un valor especial, no sólo por la mano amiga que te lo entrega, sino por su lugar de procedencia, por la estancia maternal en la que tomó cuerpo. En Gijón, lleva abierta desde 1976 una de las librerías más hermosas que conozco, y sin duda, la más recomendable de las existentes en la ciudad, Paradiso, situada en la calle La Merced. Su irreverente inaccesibilidad, su no buscado aire vintage, la limitación de su espacio, su crepitante suelo de madera, la persistente melodía de jazz que deambula entre los libros con tanta familiaridad como el polvo y los propios clientes, y la posibilidad de pasarse horas ojeando los libros sin que nadie te asedie para venderte un ejemplar no deseado, hacen de esta librería una auténtica isla del tesoro.

Chema Castañón y José Luis Álvarez, como Jim Hawkins, son los albaceas del plano del tesoro. Ellos tienen las claves secretas, esas que te llevan siempre a encontrar aquello que buscas, o que te dan las pistas necesarias para un nuevo descubrimiento. A pesar de su limitación física, la isla tiene sus rincones, esos salientes rocosos que se adentran sin pudor en el mar para desafiar al oleaje; el mío está en el altillo, al final de la pindía escalera (en la que no es infrecuente encontrar sentado a algún parroquiano enfrascado en la lectura de un volumen de Nietzsche u hojeando el último ejemplar de temática local), debajo de un pequeño cartelito en el que escuetamente pone Geografía. En cada incursión en la isla, siempre hay un momento para trepar al altillo y comprobar si hay alguna novedad.

Cuentan los que conocen la historia de la isla que los viejos suelos de madera guardan el recuerdo de los ilustres visitantes (escritores, pintores, músicos…) pero yo sospecho que, en realidad, lo que guardan celosamente es el recuerdo de todos aquellos que acuden a sus estantes para buscar alimento para el alma.

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