Elogio de la lectura

 

¿Leemos para estar vivos o estamos vivos porque leemos?. No sabría qué decir, le respondió su interlocutor, ese otro yo con el que confrontaba sus pensamientos más íntimos. Yo no soy como tú, que crees ciegamente en el poder de las palabras, en el valor de la letra impresa. A mí, ese ejército de letras desfilando por el papel, ni me conmueve ni me encandila. Acudo a los libros por divertimento, sin esperar que me aporten nada, simplemente que me ayuden a pasar el rato. Voy a la biblioteca del salón como quien va al supermercado. Ojeo los productos, y meto en la cesta sólo aquello que me apetece, lo necesario para preparar una cena sin pretensiones. Sé que mis palabras te molestan, pero soy del parecer que las palabras por sí mismas no valen nada, son como las estrellas en el firmamento, un mero trampantojo, una añagaza para los sentidos, un recurso estético. Recuerda lo que siempre decía tu padre: no es lo mismo predicar que dar trigo. Te revuelves incómodo en el asiento. La conversación comienza a tomar un derrotero que no te gusta, sientes que el barco vira como gobernado por la mano de un patrón incapaz o negligente. No soporto tu supuesta practicidad, le replicas. No acabo de tragarme esa pose cínica; eres sólo un impostor, dices eso sólo para molestar, porque sabes que sólo la lectura puede redimirnos. No entiendo qué tiene de liberador querer vivir la vida de los otros, te responde. No se trata de pretender vivir otras vidas, sino de sacar de ellas lo que tienen de lección, aquellos argumentos que pueden arrojar luz a la oscuridad de los pensamientos. ¿Ahora me dirás que pretendes encontrar sentido a la vida a través de las páginas de los libros?, te espetó como una puñalada cruel.

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Te olvidas de tu otro yo y tratas de concentrarte en el libro que tienes entre las manos. No acaba de gustarte, pero eres incapaz de abandonarlo. Sientes que dejar un libro empezado es una suerte de traición, como un pequeño acto de desamor. Cerca de tu oído escuchas la carcajada sorda de tu otro yo, pero decides no entrar de nuevo en confrontación. Piensas en la razón que te anima a seguir leyendo una historia que, de momento, no termina de interesarte. Continúas el camino de la letra impresa con desgana, como si te pesasen los pies, hasta que en un recodo aparece un adjetivo que reclama tu atención, como quien encuentra un antiguo mojón con los que se marcaban los puntos kilométricos de los itinerarios. Unas páginas adelante, de nuevo aparece aquel hito miliario, esa palabra hermosa que aún paladeabas. De nuevo interrumpes la lectura y comienzas a pensar en el autor del libro, en si el adjetivo inserto, ese que te ha deslumbrado, sería fruto de una decisión consciente, de una acción volitiva, o simplemente un desliz, una repetición involuntaria. Quizás el autor, como el maestro orfebre, marcaba sus joyas con un sello distintivo. Sientes que la historia va acompañada de una música de fondo, como la sombra que proyectan las farolas acompaña los pasos del caminante. Esa música que ahora percibes, y que antes te pasaba inadvertida era la voz de la palabra escrita, la sutileza del lenguaje, ese ropaje que acompañaba a los personajes y hasta ahora, no terminabas de apreciar. Entiendes ahora cuál era el asidero que permitía que te aferrases al libro. Eras presa, sin percatarte, de esa sutil e invisible malla con la que el autor había envuelto su historia, una historia que trasciende de lo narrado, que te ha hecho sentir que, verdaderamente, leemos para estar vivos.

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