Incomunicad@s

Vivimos en un mundo raro, un mundo donde todo va demasiado deprisa. La revolución de las redes sociales, de las TIC, le ha dado un revolcón al concepto de tiempo. Hoy todo parece antiguo, pasado, aunque lo hayamos escrito, twitteado, o comentado ayer. El hoy y el ayer parecen islas separadas por un océano temporal en vez de por un fugaz hiato de 24 horas. Esta caducidad anticipada de todo, inherente al modo de vida actual, nos está convirtiendo en seres opacos a los otros, insensibles antes los pesares y las necesidades ajenas, por leves que éstas puedan ser. Paradójicamente, en la era de la comunicación inmediata, las personas viven cada vez más aisladas en sus propios universos unipersonales, como canicas lanzadas al guá que rebotan las unas contra las otras sin llegar nunca a juntarse. Constantemente comunicados, siempre rodeados de multitudes con las que supuestamente interactuamos a diario: la pareja, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo, pero realmente solos. Una soledad no buscada ni querida, que sería un signo de inteligencia y madurez, sino impuesta por el egoísmo personal, por el hábito de escucharnos sólo a nosotros mismos.

 

Esta semana fui testigo privilegiado de una esas escenas aparentemente anodinas de la vida cotidiana pero que, en realidad, podía pasar como un relato perfecto de la sociedad en la que vivimos. Desde mi privilegiada atalaya en la mesa contigua, observé la escena  con el interés de un entomólogo social y con todo el detalle que permitía una mínima discreción. Dos ancianos que parecían conocerse desde hacía tiempo compartían mesa y café y parecían hablar amigablemente de sus cosas. Un poco más allá, en otra mesa, estaban sentados tres jóvenes, dos chicas y un chico. Las tres reían despreocupadamente, sin dejar de escribir obsesivamente en sus flamantes teléfonos inteligentes, y sin despegar de la oreja unos auriculares. Observándolos, no dejaba de preguntarme cómo era posible mantener una mínima conversación a tres bandas, al tiempo que se escribe y se escucha música. Uno, que anda ya preocupado por la salud neuronal, se manifiesta incapaz para tal despliegue, pero es posible que las capacidades intelectuales de aquellos chicos les permitiese simultanear esas acciones sin perder comba, aunque sospecho que las ejecutaban con tal grado de trivialidad  que, en realidad, ni escuchaban al vecino, ni percibían la música que voceaban sus auriculares.

 

A riesgo de parecer cotilla, he de confesar que mi atención navegaba como un velero a la deriva entre aquellas dos mesas. Los ancianos seguían hablando sin apenas tregua. Al rato me percaté de que los dos amigos sentados frente a frente, no hablaban, si no que cada uno recitaba un monólogo sin la mínima intención de hacer partícipe al otro. No había ni interlocución ni empatía hacia lo que narraba aquel rostro maltratado por los años, aquella voz conocida y mil veces escuchada. Cuando hubieron terminado el café, uno de los dos ancianos, el más alto y atildado, recogió su sombrero y su bastón que yacían sobre una silla, acomodó el periódico del día bajo el brazo, y se despidió. Hasta mañana, voy a echar la mañana con mi sobrina que vive al lado de la iglesia de Begoña.

 

Confuso y un poco triste pagué mi café y me fui. Allí quedaban las tres  jóvenes canicas con sus indolentes sonrisas pintadas sobre la cara.

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