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Pontevedra en el recuerdo

La tarde comenzaba a declinar cuando abandonamos la agreste playa de Melide, un suspiro de arenas blancas de grano grueso contenido entre los faros de punta Robaleira y de punta Subrido, en el hermoso paraje del cabo de Home. Llegamos a Pontevedra con una luz crepuscular que alargaba las sombras de los edificios y teñía la ciudad con visos de oro, como el más fragante y exquisito vino del país. Es una pena que la rápida llegada desde la autopista impida al viajero advertir lo destacado de su emplazamiento, en un altozano sobre el estuario del Lérez, río que abraza la ciudad con la delicadeza de un amante maduro para luego entregar sus aguas al mar y dar forma a la ría que toma por nombre el de la ciudad. El río, la ría, y el conjunto de caminos que confluyen a las puertas de la villa son los fundamentos que dieron vida a Pontevedra, la ciudad de las pontes (Pontis Veteri). Precisamente por uno de esos puentes, el de la Barca, ingresamos en la luminosa y alegre Pontevedra, tal y como la definió el admirado Álvaro Cunqueiro. El nombre de esta destacada infraestructura hace referencia a los tiempos medievales en los que el río se cruzaba por esta zona en barca, siendo los beneficiarios del tráfago barquero los monjes benedictinos del monasterio de Poio. El puente actual, reformado en diversas ocasiones desde la década de 1950, todavía conserva parte de los cimientos del segundo puente (el primero de mediados del siglo XIX era de fábrica de madera) levantado a finales del Ochocientos conforme a los preceptos de la arquitectura del hierro en boga en el momento. Tras un breve recorrido que nos sitúa ante la centenaria plaza de toros, obra del arquitecto Siro Borrajo, dejamos el coche estacionado en la avenida de Buenos Aires, a pocos metros del mercado municipal, no sin antes echar un vistazo fugaz al barrio de Moureira, que todavía conserva algún vestigio de su primigenia condición de arrabal marinero, y al peirao o muelle de Corvaceiras, en cuyos astilleros dicen que se construyó la nao Santa María de Colón.

Penetramos en el corazón de la ciudad histórica por la rúa de Barón, que nos sitúa ante el parador de turismo alojado en un soberbio caserón custodiado por dos corpulentos cedros. La calle, estrecha y empinada,  se acomoda a un caserío modesto, de piedra granítica, pero sugerente, en el que resaltan algunas puertas y contraventanas pintadas de verde marinero al estilo tradicional. La monotonía de la calle, que a estas horas de la tarde está desierta, la rompe algún balcón de antigua y trabajada rejería que obliga al viajero a levantar la vista. Nuestros pasos resuenan sobre el solado de esta vía muerta como los latidos de un corazón desbocado por la fatiga. Nos invade cierta inquietud al no cruzarnos con nadie, pero ésta se disipa como la niebla que empañó el cielo de la mañana al embocar en la concurrida plaza de las Cinco Calles, una de las muchas plazuelas que sirven de desahogo al apretado callejero de la ciudad histórica y que dan felicidad al paseante. En un costado de la plaza se levanta un hermoso y antiguo crucero, a cuyo pie hacemos un pequeño descanso que nos sirve para descubrir que la casa que está a nuestras espaldas fue morada de don Ramón del Valle Inclán. Decía Rafael Chirbes que los topónimos nos permiten pasear por la geografía de la memoria, puesto que desconocemos las claves de la memoria local, dejamos que sea el azar y el vago recuerdo de otras visitas el que guíe nuestros pasos hacia la plaza de la Ferrería, que es el lugar en el que hemos quedado con amigo residente en la ciudad. Nuestro errático callejeo por esta ciudad hecha para el peatón nos lleva por la calle Sarmiento hasta toparnos con la broncínea estatua de un caminante Valle Inclán, que parece dirigir sus pasos hacia la vecina plaza de la Verdura, otra de las sorpresas que Pontevedra guarda al visitante. De traza rectangular, acomodada entre dos calles asoportaladas y hermoseada por una doble alineación de liquidámbares que de le dan frescor y entidad, es uno de los rincones más populares y hermosos de la ciudad antigua, tal y como ratifica la enorme cantidad de establecimientos hosteleros que la jalonan. Volvemos sobre nuestros pasos y nos dejamos llevar por la entidad de la encostada rúa Real, vía noble y antigua que atraviesa como una lanza la vieja Pontevedra. Desde la misma contemplamos la belleza serena de la plaza que lleva el nombre del héroe mítico a quien los antiguos cronicones atribuyen la fundación de la ciudad, Teucro, hijo de Talemón. Con todo, nos parece más hermoso y sugerente la tradicional denominación de plaza de la Hierba. A escasos metros de esta plaza se yergue orgulloso el teatro Principal, con su imponente aire decimonónico, que a estas horas en las que la tarde agoniza, parece arañado por los últimos rayos de sol del día.DSC_0120

Extraviados nuestros pasos intentado llegar al punto de reunión convenido con Marcos, el zar nos llevó ante una de las joyas de la arquitectura religiosa de Pontevedra, la basílica de Santa María la Mayor, cuyo enorme cuerpo plateresco parece un gigantesco buque varado sobre el río Lérez. La trabajada y rica fachada se atribuye a Cornelis de Holanda, maestro que también intervino en la capilla del Hospital Real de Santiago y en el retablo mayor de la catedral de Orense. Junto a la puerta lateral que da a la avenida de Santa María se adosa la hornacina que alberga el Cristo del Buen Viaje, que a estas horas de luz menguada, resulta impresionante.

Dejamos atrás el edificio basilical y retornamos al callejero de la vieja Pontevedra que se ve muy animado, no sabemos si por ser un martes del vacacional mes de julio o porque los pontevedreses gustan de echarse a la calle a vivir su ciudad como si fueran turistas. Llegados a la plaza de Curros Enríquez, en cuyo frente se levanta el único Burguer King de Pontevedra, hacemos una llamada telefónica y convenimos en tomar este lugar como punto de encuentro. El libro de la tarde se va cerrando y me entretengo contemplando a un grupo de chiquillos que juegan despreocupados al balón entre una multitud de paseantes, mientras mi mujer y mi hijo se adentran en el burguer a comprar un helado para hacer más llevadera la espera. Las voces y el acento son distintas a las acostumbradas, pero pienso que debe ser cierto que el fútbol es un lenguaje común. Uno de los niños, el que jugaba de portero defendiendo la boca de un portal que hace las veces de arco, protesta airadamente por el último gol encajado, que según parece fue de “chupagol” y no en limpia jugada. Parece que entre los niños de Pontevedra tampoco están bien vistos los aprovechados.

En unos minutos llega nuestro amigo y nos sumergimos de su mano en el corazón de la Pontevedra tradicional; recorremos las rúas y decidimos tomar unos vinos de la tierra en la plaza de la Leña, otro de esos espacios mágicos de la ciudad que la hostelería local ha sabido aprovechar con gusto. Enfrascado en la amena conversación, apenas percibo la llegada de la noche, y de no ser por nuestro amigo, no hubiese reparado en el Museo de Pontevedra, equipamiento público alojado en dos edificios señoriales del siglo XVIII de muy bella factura: la casa de Castro Monteagudo y la de García Flórez, unidas al crearse el museo por un arco levantado por el arquitecto Fernández Cochón. Tapeamos cumplidamente en una taberna típica, y adentrada la noche, nos despedimos con pena de nuestro amigo, que al día siguiente tiene que trabajar, y de esta hermosa ciudad, que como decía Cunquerio, siempre tiene aire de primavera, y que despierta en el viajero, a poco de recorrer sus calles, el deseo inmediato de avecindarse en ella.

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