El parque del Cerillero: un jardín histórico que agoniza

En más de una ocasión he escrito acerca del parque de Calixto de Rato o del Cerillero, en el barrio gijonés de La Calzada. En más de una ocasión he manifestado mi afecto y simpatía hacia esta zona verde, que en junio de 2015 ha cumplido los cien años de existencia. Mi relación con este rincón verde de la ciudad comenzó a finales de la década de 1990, cuando siendo aún un joven estudiante de geografía, descubrí por azar la hermosa historia que se escondía tras la fronda de sus viejos árboles. Una historia que hablaba de compromiso social, de fraternidad, de esfuerzo compartido para transformar una realidad cruel y oprobiosa propia de parque Calixto de Rato_1915un arrabal fabril en plena ebullición. La historia del parque del Cerillero es la historia de un grupo de hombres y mujeres, miembros de la Sociedad Cultura e Higiene de La Calzada, quienes en 1915 convirtieron uno pequeño terreno baldío, un lodazal estéril que les fue cedido por dos empresarios del lugar, en el primer jardín proletario de Asturias y en la primera zona de esparcimiento infantil creada fuera del recinto histórico de Gijón. También es la historia de las cuadrillas de niños que trabajaron en la construcción del parque como parte de un ideario social y pedagógico que pregonaba el amor y respeto a la naturaleza, el valor del trabajo cooperativo y de la solidaridad obrera. Los promotores del parque no encontraron otra forma mejor para fomentar el aprecio de los niños hacia el lugar que haciéndoles sentirse partícipes del mismo, colaborando en su creación.

El sol de la tarde estaba en retirada y las sombras de los árboles y de los edificios cercanos se abaten sobre el pavimento dibujando extrañas siluetas, hermosas formas que parecen salidas de un sueño. Pese a estar en marzo, el viento todavía es frío, y sólo las zonas de solana invitan a permanecer en el lugar. Recorro los rincones del parque despacio, tratando de leer en el paisaje que me rodea la caligrafía de su historia pasada. Tan sólo las viejas palmeras canarias y la washingtonia parecen comprenderme. En los bancos bañados por los últimos rayos de sol de la tarde, un grupo de ancianos se arraciman buscando entre si el calor que les niega la tarde. Apenas se escucha nada, su conversación es silenciosa, probablemente hablen como yo para sus adentros. Escudriño sus caras buscando entre ellos alguno de aquellos jóvenes floricultores que participaron en la construcción de este jardín histórico; no los encuentro. Parecen tristes, resignados, como los plátanos de sombra que están a sus espaldas esperando a que la primavera reponga su colorido ropaje. Tristes como yo,P Calixto Rato que ven el parque languidecer, abocado a consumirse en su propia existencia, enturbiado por el humo tórrido y dulzón de los porros que un grupo de jóvenes vociferantes se pasa de mano en mano en una de las zonas de estancia. El parque parece inerme, enmudecido desde que el agua, que se desplegaba de lado a lado como una sonrisa, fue suprimida para ampliar la zona de juegos infantiles. Es ésta la única nota de color que le queda al parque, su última esperanza, aunque hoy está poco concurrida; tan solo un grupo de rumanas con sus indumentarias imposibles, parecen divertirse entretenidas  en encaramar a sus retoños a los artilugios de juego. Por un momento tengo la sensación de que en el parque se han levantado barreras, tabiques invisibles que separan a los usuarios…

Me voy con el alma encogida, deshojado como los liquidámbares del paseo central. Pienso  que casi nadie recuerda la historia de este espacio, que casi nadie se preocupa por recuperar su calidez y esplendor, y me duele. Tengo la impresión que el parque del Cerillero hace tiempo que dejó de ser el parque de los vecinos del barrio, que es un espacio que tiene más pasado (aunque pocos lo recuerden y lo hagan valer) que futuro. Creo que su luz se consume como se consume la tarde para dejar paso a la noche.

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Un espacio entre dos mundos: el campo de la iglesia de Somió

En una entrevista reciente, el escritor asturiano Ignacio del Valle, relataba que para documentar su última novela había recorrido parte de los paisajes de la costa asturiana con los ojos de un viajero que los hollara por primera. A mí a veces también me gusta jugar a este juego de imaginar que visito por primera lugares que me resultan familiares. Como quien se sacude el polvo del camino tras una larga marcha, me gusta sacudir la mirada y limpiarla de los prejuicios que siempre llevan consigo la cotidianidad, la prisa y la frecuentación de los lugares. Me gusta dejarme arrastrar por las sensaciones, entretenerme en leer el paisaje que cambia con la luz haciendo que los objetos y los espacios parezcan nuevos, como recién creados. Paisajes que se presentan envueltos en papel de oro o escondidos tras un sutil velo de plata; vestidos con un atractivo traje de lluvia o desnudados por la fría y desgarradora luz de la creación.

Es finales del mes de febrero y el campo de la iglesia de Somió está desierto. La mañana se despertó soleada pero el aire es frío, cortante  como el filo de un cuchillo. El suelo parece un cielo cuajado de estrellas cristalinas, lágrimas petrificadas de la noche pasada que se quiebran bajo mis pies. En este lugar del viejo Gijón, uno de los rincones más hermosos, y quizás olvidados de la ciudad, el tiempo parece haberse detenido. Aquí siguen los vetustos plátanos de sombra luciendo espléndidos su traje de camuflaje. A estas alturas del año, enhiestos y desarmados, parecen haber desistido de su cometido de vigilar el templo parroquial, ese alarde neoprerrománico que el arquitecto Juan Manuel del Busto alumbró para mayor gloria de la burguesía local a comienzos de los años treinta del pasado siglo XX. Los rayos del sol, aves de paso que alzan el vuelo con el discurrir de la mañana, resbalan sobre la cara del templo realzando su pétrea belleza. Frente al cabildo, como si aguardase a que los fieles entrasen a misa, don Pío, el que fuera párroco de Somió durante cinco décadas, descansa en el asiento de piedra que el escultor Miguel Álvarez, Ponticu, labró para él. Su mirada parece descansar sobre las tres cruces de piedra que recuerdan el carácter sagrado del campo de la iglesia. Silente, tan discreto que suele pasar inadvertido, el viejo humilladero, inclinado por la presión que las raíces de los árboles ejercen sobre él, invita a sentarse a su pie y ausentarse de este mundo por un rato. El silencio lo inunda todo y una paz conventual envuelve esta discreta zona verde del corazón de Somió.DSC_0016

El motor del autobús municipal que se acerca me sitúa en la realidad. Descienden varias señoras que hablan despreocupadas entre ellas, rompiendo con su elevado tono de voz la liturgia del momento. Pienso que las estruendosas viajeras, vecinas de alguna barriada de la periferia, serán empleadas del hogar que se encaminan a sus quehaceres en alguna de las llamativas residencias que se enseñorean por los alrededores. La algarabía que traen consigo me recuerdan que éste campo de iglesia también es y fue un lugar de solaz y recreo popular, un espacio público en el que, desde tiempo inmemorial, se celebraban algunas de las fiestas más populares de la parroquia, como El Carmen. Por la acera de enfrente pasa una mujer que empuja una silla de ruedas.  En ella está sentada una anciana que se empeña en arrastrar uno de sus pies. La cuidadora, una mujer oronda y bañada por la luz de Caribe, parece desesperada. Por un momento pienso que ambas van a rodar por el suelo. Las voces han puesto en guardia a los perros de una casa vecina, que añaden confusión y un punto de dramatismo a la escena.  No cabe duda, Somió es un universo particular. Un lugar donde todo es posible, un cruce de caminos entre la tradición y la modernidad, entre lo democrático y popular y lo elitista y reservado, entre la realidad y la ficción. Un terreno de nadie, o de todos, como este secular campo de la iglesia que me acoge en esta fría mañana de febrero.

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Días de fútbol

A menudo añoro mis días de fútbol. Nunca fui una estrella, pero desde siempre el fútbol ha sido mi deporte preferido. Como todo aquello que tiene un marcado componente irracional, pasional, me resulta difícil explicar el por qué de este sentimiento. Lo cierto es que veo a mi hijo jugando al balón en el pasillo de casa y, aunque le regaño adoptando la impostura de padre responsable y le recuerdo que en casa no se juega al balón, en realidad, la mayoría de las veces lo que me pide el cuerpo es sumarme al imaginario partido, y llegado el caso, celebrar como si se fuese a acabar el mundo los supuestos goles. Como decía, el fútbol es una pasión, un sentimiento, pero también una escuela, un escenario ideal para la socialización de los niños que, lo queramos o no, siempre deja huella en el carácter. La primera vez que me sentí futbolista debía tener 7 u 8 años. Recuerdo que me presenté a una prueba que hacían en el colegio para seleccionar jugadores con los que conformar los equipos escolares. Ataviado con una vieja y descolorida indumentaria del Sporting de Gijón y unas botas negras con franjas rojas de tacos de goma (para subrayar mi inocencia infantil debo señalar que la prueba era para el equipo de fútbol sala, con lo cual, lo pertinente era ir con playeros), tan vetustas como la camiseta y propiedad de mi hermano, lo mismo que el resto del atuendo, me presenté en la pista del colegio. No sé si fue por lo estrambótico de la vestimenta, más propia de una vieja gloria del futbol playero que de un niño de 8 años, o por mi falta de pericia con el balón en los pies, el caso es que, incomprensiblemente, no fui seleccionado. Tuvieron que pasar varios años, y muchas tardes de fútbol en el barrio para que pudiera lucir con orgullo la elástica azul celeste combinada con pantalón blanco y medias azules de mi colegio, el Julián Gómez Elisburu de Pumarín. Como todos los niños de mi barrio, y a diferencia de los de ahora que pueden empezar a jugar a fútbol reglado antes de los seis años en instalaciones estupendas, los rudimentos de este deporte lo aprendimos jugando en la calle.

En mi barrio, que a finales de los setenta era un paisaje incierto, una suerte de fábrica de sueños en la que confluían viviendas en construcción, calles sin asfaltar y solares baldíos a la espera de constructor, había, por así decirlo, dos terrenos de juego: el de La Paca, que en realidad era un lugar de tránsito, de traza irregular y en pendiente, y situado a la espalda de varios bloques de viviendas que se alineaban al viario principal, y el de El Llocu, un rectángulo hormigonado de reducidas dimensiones, situado también en la trasera de dos edificios alejados del prestigio de las calles principales. Ambos terrenos de juego, aparte de socavones, aceras interrumpidas, altos bordillos y coches aparcados, tenían en común que su titular, la persona que les daba DSC_0013nombre (El Llocu y La Paca), tenía por costumbre interrumpir los partidos lanzando amenazas, profiriendo toda clase de improperios (mi barrio, como todos los de aluvión, era por entonces muy cosmopolita) y en ocasiones calderos y vasos de agua, incluido el recipiente. Se ve que a estos egregios convecinos, de los que en más de una ocasión tuvimos que huir por piernas, no les gustaba mucho el deporte o tenían la absurda idea de que el descanso vespertino de un individuo era más importante que el recreo de muchos. Con todo, en mi barrio se forjaron buenos futbolistas que más tarde lucieron en las filas de destacados equipos gijoneses, aunque ninguno alcanzase la gloria de la profesionalidad. Jugadores que pulieron su técnica individual sorteando charcos, coches de vecinos  y señoras con las bolsas de la compra que no encontraban otro lugar mejor para pegar la hebra que en mitad del campo de juego. Allí, debajo de casa, haciendo fintas imaginarias a la luz triste y mortecina de las viejas luminarias, inmune al cansancio y al desánimo, golpeando infames pelotas de goma contra aquellas porterías pintadas con tiza en la pared de los edificios, pasé algunos de los momentos más felices de mi infancia. Allí, en aquellos partidos tumultuosos y multitudinarios en los que niños mayores y más pequeños compartíamos la pasión por el fútbol, me contagié de este virus que todavía se reactiva cuando veo un balón rodar y siento un deseo irrefrenable de patearlo.

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Elogio de la sencillez

Hace unos días un amigo me encargó que le recogiese en una librería del barrio el último libro de Julio Llamazares, Distintas formas de mirar el agua. Siendo el escritor leonés uno de mis narradores preferidos, no pude resistir la tentación y comencé a picotear entre sus páginas como pájaro en campo de sembradío. Sin apenas darme cuenta, estaba acomodado en uno de los sillones del salón y había devorado los dos primeros capítulos del libro, seducido por el planteamiento argumental y por la brillantez de la prosa, casi poética, de Llamazares. ¡Cómo me gustaría escribir como Julio Llamazares!, con esa aparente sencillez que hace fácil lo difícil y que sólo los grandes narradores llegan a conseguir. Ser capaz de dar forma a unos personajes totalmente creíbles, que cobran vida en un espacio físico, en un entorno geográfico (en este caso el de la montaña leonesa y el páramo castellano), que deja de ser el telón de fondo de la acción para hacerse real y adquirir un protagonismo creciente que lo convierte en un personaje más de la novela. Resulta fascinante la capacidad de evocación de los textos de Llamazares, la delicadeza y concisión con la que describe y trata el paisaje, ya sea sobre la base de un territorio real o inventado; un paisaje que no es neutro sino el trasunto de una cultura, la del mundo rural ya casi desaparecido. El profesor Martínez de Pisón señalaba que en Baroja, el paisaje no era un ambiente pasivo, sino que intervenía, creaba sensaciones, emociones y se hacía partícipe de la acción. Esto mismo sucede, a mi modo de ver, en la obra de Llamazares.

En Distintas formas de mirar el agua, Llamazares recrea la vida de una familia que sufrió el desarraigo al verse forzada a abandonar su aldea, la arcadia rural que sirvió de soporte vital a la familia durante generaciones, por la construcción de un pantano. Como una diestra costurera, el autor pespunta los personajes, que, en la despedida de Domingo, el anciano patriarca cuyas cenizas van a ser esparcidas sobre las aguas del pantano que anegó su vida, reflexionan sobre su trayectoria vital, la relación que mantenían con él y con el resto de los miembros de la familia, siempre sobre el trasfondo del mundo rural perdido, del cual Domingo nunca más había vuelto a hablar pero al que quería regresar una vez muerto.

Como todos las buenas lecturas, la última obra de Julio Llamazares permite al lector tender puentes a la experiencia propia, a ese territorio a medio explorar que siempre constituye los recuerdos familiares. A medida que avanzaba en la lectura, no deAnia 2jaba de identificar al protagonista con mi propio abuelo, al tiempo que pensaba en las distintas formas que hay de desarraigo y en la huella indeleble que éste puede dejar en una familia. A mi mente acudía la imagen de mis abuelos maternos, también humildes campesinos, y también forzados a dejar los verdes de su aldea para ganarse el futuro en la grisura de una villa industrial de la cuenca minera asturiana. A diferencia de Domingo, el protagonista del libro, mi abuelo regresó en vida a su pueblo (que no había sido tragado por ningún mar artificial sólo ligeramente transformado por la marea de la modernidad que llevó la luz eléctrica y puso carreteras donde antes había caminos) y pudo establecerse en mejores condiciones de cuando partió, pero el paso por aquel desangelado y turbio arrabal industrial marcó su vida y su carácter para siempre.

 

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Agua de un mismo río

Caminábamos despacio, sin prisa, disfrutando de una mañana radiante y cálida de otoño, en la que los rayos de sol incendiaban las últimas hojas de los árboles que marcaban la alineación de la calle. Atraído por el llamativo colorido de las hojas, mi hijo me preguntó qué árboles eran, mientras pateaba lo que parecía un pelota deforme de color rojizo y ocre formada por un montón de hojas yacentes, restos de ese naufragio estacional que siempre es el otoño. Aquellos cerezos japoneses de jardín, de tronco escamoso, engruesado y copa recortada en forma de bola, que alegraban el aspecto de la calle, aletargados y casi desnudos, parecían preparados para que diciembre, el mes de las manos frías, se posase sobre ellos. Al reanudar la marcha, el niño me cogió de la mano en un gesto natural, casi orgánico, como la silente y discreta caída de las hojas sobre el pavimento. Su tibia y menuda mano se entrelazó con la mía con firmeza, como queriendo sellar un pacto no escrito, un tratado de amor y confianza entre dos huestes enfrentadas. Sin apenas hablar, caminamos un rato sintiendo que los dos formábamos parte de una misma comunidad, como los árboles de la calle que, a pesar de la prudente distancia que separa los alcorques, terminan por abrazarse entrelazando sus copas. Me sentí reconfortado con el mundo, y recordé los paseos que de niño daba con mi padre. También a mí me gustaba tomarle de la mano, sentir la cálida aspereza de aquellas manos inmensas, unas manos hechas para el trabajo pero también para la ternura, unas manos que no eran sino el reflejo de una vida dura, y que, a los ojos del niño que fui, parecían ser capaces albergar en su cuenca el mundo entero. Aferrado a aquellas manos como el náufrago a los restos del navío comencé a explorar la ciudad y sus contornos cuando estos eran todavía un territorio sugerente para la imaginación, un paisaje indeciso, a medio camino entre la ciudad consolidada y el campo. Ahora pienso que mi padre, sin pretenderlo siquiera (estoy persuadido de que sólo lo que se aprende de forma natural, sin imposición, es aquello que realmente se interioriza y perdura para siempre), llevándome consigo en aquellas tardes de infancia que recuerdo siempre como iluminadas con luz de oro viejo, haciéndome partícipe de sus vivencias, recuerdos e historias (a medio camino entre lo sucedido y lo imaginado), sembró en mi la semilla de mi vocación geográfica.

Pienso que padres e hijos somos agua de un mismo río, agua en continuo movimiento cuyo fin no es otro que el de ahogarse en la inmensidad del mar. Nuestro ciclo, como el ciclo del agua, parece condenado a repetirse y perpetuarse. Cuando somos niños, vemos por los ojos de nuestros padres, sentimos como ellos, pretendemos ser como ellos. Al ir creciendo su sombra nos incomoda, nos parece demasiado alargada. Buscando nuestra reafirmación personal nos volvemos déspotas, egoístas y críticos con ellos hasta rayar en la injusticia. Cuando nos convertimos en padres, oteamos el horizonte de otra manera, comenzamos a sufrir por nuestros hijos, a verlos no como al árbol que comparte calle con nosotros sino como a una rama de nuestro propio tronco. Por ello, intentamos domeñar su copa, moldearla conforme a nuestros intereses e ideales, sin advertir que nuestra sombra comienza a impedirles crecer. Sin darnos cuenta, asumimos el mismo rol que en su día desempeñaron nuestros padres, ese que nos parecía inapropiado e injusto y contra el que era lícito rebelarse. Miro la expresión de felicidad de mi hijo cuando pasea a mi lado y comprendo que sólo el amor podrá redimirnos, sólo el amor le permitirá encontrar su propio cauce para llegar al mar.

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Otoñada en el parque de Isabel la Católica

El día había despuntado abanto, como con desgana. El cielo de la mañana parecía haber sido dinamitado y enormes rayos de luz se abrían paso sobre un empedrado de losas sucias, nubes panzudas que el viento del sur empujaba hacia el levante en lo que parecía un esfuerzo vano por despejar de impurezas la bóveda celeste. Caminaba despacio, entretenido tan solo en desatar el nudo de mis preocupaciones, cuando los árboles de la avenida de Torcuato Fernández Miranda reclamaron mi atención. Mecidos por la cálida brisa, aquellos espigados liquidámbares movían gráciles sus cabellos, teñidos de colores ocres y rojizos, que los haces de sol volvía intensos y brillantes como finas piezas de orfebrería. Animadas por aquel viento juguetón y dulce que olía a estío, las estrelladas hojas desprendidas de los árboles parecían danzar al son de una música ancestral. Los árboles, con una voz queda y suave, me susurraban lo que mis ojos percibían, que el otoño había entrado en el jardín y no se marcharía hasta que el invierno posase su fría mano sobre él.

Tras un rato absorto contemplado aquel hermoso espectáculo, dirigí mis pasos hacia el vecino parque de Isabel la Católica con la intención de disfrutarlo con calma, como se disfruta del encuentro con un amigo al que hace tiempo que no ve. El parque me recibió con una sonrisa sincera, y a poco de adentrarme entre sus paseos y parterres, sentí la calidez de su abrazo otoñal. ¡Qué hermoso estaba el parque con su abrigo de otoño!. Lo temprano de la hora hacía que fuesen pocos los concurrentes, y sólo el ronco y metálico quejido de las máquinas del personal de mantenimiento enturbiaba el silencio y la paz conventual del lugar, que parecía recién creado. Al pasear por la alameda central, inapropiadamente nombrada paseo de 20151118_111509las Acacias, me sentí empequeñecido, como si recorriese el claustro de un antiguo cenobio que estuviese soportado por columnas de orden gigante. Sentí pena por estos viejos y fatigados álamos que levantan sus enormes brazos al cielo como reos en el cadalso implorando perdón, sabedores que su fin está próximo. Uno es consciente de que su ciclo ya pasó, como pasó el verano y pronto pasará el otoño, pero no deja de producir desazón comprobar cómo se desahucia a los primeros inquilinos de este espacio porque ancianos y enfermos no puedan aportar la renta para el mantenimiento del parque. Los nuevos vecinos, tilos y tulíperos de Virginia principalmente, fanfarronean con descaro su juventud, apuntando con su dedo acusador a sus predecesores, a los que señalan como gigantes con pies de barro. Todavía no saben que tarde o temprano correrán la misma suerte, porque unos y otros asientan sus pies sobre un sustrato pobre y engañoso, como engañosa es también la percepción de la realidad que tiene la juventud. Cerca del monumento a Manuel Orueta, la magnífica obra modernista de Emiliano Barral, un pequeño rodal de corpulentos pinos renegaba del otoño, luciendo en sus acículas un verde intenso y desafiante. Como salidas del pequeño hontanar que da vida al monumento, me vinieron a la mente las palabras del maestro Álvaro Cunqueiro, cuando señalaba que era “cosa triste y antinatura ejercicio que un árbol sustraiga sus hojas a la caducidad del otoño”.

Dejé la silente umbría de los pinos y me senté un rato en uno de los bancos que amueblan el entorno de la rosaleda, otro de los rincones del parque que luce espléndido tras su última reforma. Sus renovados arcos metálicos, iluminados por el sol, refulgían sobre las cabezas de las rosas con un brillo ácido, como diademas de plata. Desde mi asiento, frontero a una alineación de viejos y desencantados tamarindos trasplantados al lugar a finales de los años cuarenta, se veía la zona de recreo infantil, despejada de los copudos pies que en otro tiempo la sombreaban, huérfana de niños a causa de la temprana hora, enmudecida como un camposanto. La quietud y el silencio del lugar resultaba hermosa y a la vez incómoda. Pensé en que pronto llegaría el invierno con sus fauces de perro fiero para terminar de desnudar a los árboles más reticentes, para convertirlos en pétreos fustes carentes de vida, en mudos mástiles que esperarán, como yo, que la primavera hinche de nuevo sus velas y los devuelva a la vida.

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Polvo del recuerdo: los fielatos de Gijón

Hay arquitecturas que, aunque de fábrica modesta, su recuerdo se mantiene vivo para quienes las conocieron en uso, bien sea por la singularidad de su diseño, porque su emplazamiento las convertía en elementos en los cuales era obligado fijar la mirada, o bien porque su propia función hacía imposible que pasasen inadvertidas. Una de estas arquitecturas que moran en el recuerdo de muchos gijoneses de cierta edad eran las estaciones sanitarias, más conocidas como fielatos. El destino de estas instalaciones, que se
emplazaban en puntos estratégicos en las principales vías de ingreso a la ciudad, era el de controlar e inspeccionar determinadas mercancías para gravarlas con los correspondientes derechos de consumos. La habitual presencia en estas construcciones de un fiel o balanza con la que llevar a cabo el pesaje de las mercancías a gravar, les granjeó el apelativo popular de fielatos, que era el nombre con el que estas edificaciones eran conocidas entre los gijoneses de a pie. En determinadas zonas de la población (como por ejemplo en las parroquias de Cabueñes y Somió hasta comienzos de la década de 1930) la inspección de consumos se hacía a modo de ronda itinerante.
Como documentó el investigador Héctor Blanco, en Gijón, el primer fielato conocido data de 1871, siendo proyectado por el destacado tracista Cándido González, a la sazón maestro de obras municipales, y localizado en las inmediaciones de la Puerta de la Villa. En general, se trataba de construcciones de escasa entidad, de fábrica de madera o de obra, y limitadas dimensiones, en las que apenas había espacio para la oficina del empleado municipal encargado de la inspección (el consumero) y para el fiel. El hecho de que algunas de las estaciones sanitarias se emplazasen en terrenos de propiedad privada, condicionó la calidad de la edificación, lo mismo que la perenne precariedad de los fondos municipales. En la década de 1920 se levantaron las estaciones sanitarias de El Humedal, puente del Piles (situada en lo que hoy sería el entronque de la avenida de El Molinón con la avenida de Castilla), El Llano y Veriña, todas ellas diseñadas conforme al diseño del arquitecto municipal Miguel García de la Cruz. Con la materialización de éstas últimas, el Ayuntamiento de Gijón buscaba, en palabras de los miembros de la Comisión de Arbitrios, extender la fiscalidad a las populosas barriadas de El Llano y La Calzada. Para la construcción de estos fielatos, el arquitecto municipal proyectó unos edificios de mayor entidad pero de costes limitados, levantados a partir de una solera de cemento, el mismo material que se utiliza en bloques para la fábrica de los muros, siendo la cubierta de teja plana sin solera de rasilla y armadura de madera. Estas construcciones disponían ya de una dependencia para almacén y de un amplio pórtico para el resguardo de quienes esperaban el control de las mercancías.

Fielato de Veriña

Fielato de Veriña

De 1930, y con proyecto de García de la Cruz, son los fielatos de Ceares y Granda, y de 1932, los que se levantaron en Valdornón, en el límite con el concejo de Siero, y en Pumarín, estos diseñados por el recién nombrado arquitecto municipal José Avelino Díaz y Fernández Omaña. La traza de estas estaciones sanitarias era muy similar a las propuestas por García de la Cruz, si bien, Díaz y Fernández Omaña utilizaba la fábrica de ladrillo para los muros. A finales de la década de 1930, este mismo técnico proyectó una nueva estación sanitaria en Veriña, en la que la traza semicircular y el voladizo de resguardo de la oficina del oficial de arbitrios, le confieren un aire típicamente racionalista. Mayor notoriedad tuvo el fielato de La Guía, emplazado en la plazoleta de igual nombre, construido en 1946, que además de las dependencias habituales incorporaba aseos. En la fachada posterior, la construcción presentaba dos espectaculares ventanas en forma de ojo de buey, enmarcadas en un paramento de ladrillo, igualmente de clara influencia racionalista. Estas reminiscencias de la arquitectura moderna, de la que Díaz y Fernández Omaña fue un referente en Asturias, también se advierten en el proyecto del fielato de Somió, en uso desde 1955, edificio que fue convertido en quiosco en 1965, al ser despojado de la función que le dio vida.

Fielato Somió

En la década de 1960, con la modernización general del país, los fielatos perdieron su razón de ser y comenzó su paulatina desaparición. Aún así, en 1959 los arquitectos municipales José Antonio Muñiz y Antonio Roibás, firmaron un interesante proyecto para el barrio de El Llano (incluía además del porche cubierto para la báscula, una amplia zona de recepción, ropero, almacén, servicios higiénicos, y aprovechando una entrada independiente, un quisco de prensa) que no llegó a materializarse. La última estación sanitaria levantada en Gijón, hoy sólo polvo del recuerdo, fue la de Viñao, obra del entonces arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala, fechada en 1961.

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