Un espacio entre dos mundos: el campo de la iglesia de Somió

En una entrevista reciente, el escritor asturiano Ignacio del Valle, relataba que para documentar su última novela había recorrido parte de los paisajes de la costa asturiana con los ojos de un viajero que los hollara por primera. A mí a veces también me gusta jugar a este juego de imaginar que visito por primera lugares que me resultan familiares. Como quien se sacude el polvo del camino tras una larga marcha, me gusta sacudir la mirada y limpiarla de los prejuicios que siempre llevan consigo la cotidianidad, la prisa y la frecuentación de los lugares. Me gusta dejarme arrastrar por las sensaciones, entretenerme en leer el paisaje que cambia con la luz haciendo que los objetos y los espacios parezcan nuevos, como recién creados. Paisajes que se presentan envueltos en papel de oro o escondidos tras un sutil velo de plata; vestidos con un atractivo traje de lluvia o desnudados por la fría y desgarradora luz de la creación.

Es finales del mes de febrero y el campo de la iglesia de Somió está desierto. La mañana se despertó soleada pero el aire es frío, cortante  como el filo de un cuchillo. El suelo parece un cielo cuajado de estrellas cristalinas, lágrimas petrificadas de la noche pasada que se quiebran bajo mis pies. En este lugar del viejo Gijón, uno de los rincones más hermosos, y quizás olvidados de la ciudad, el tiempo parece haberse detenido. Aquí siguen los vetustos plátanos de sombra luciendo espléndidos su traje de camuflaje. A estas alturas del año, enhiestos y desarmados, parecen haber desistido de su cometido de vigilar el templo parroquial, ese alarde neoprerrománico que el arquitecto Juan Manuel del Busto alumbró para mayor gloria de la burguesía local a comienzos de los años treinta del pasado siglo XX. Los rayos del sol, aves de paso que alzan el vuelo con el discurrir de la mañana, resbalan sobre la cara del templo realzando su pétrea belleza. Frente al cabildo, como si aguardase a que los fieles entrasen a misa, don Pío, el que fuera párroco de Somió durante cinco décadas, descansa en el asiento de piedra que el escultor Miguel Álvarez, Ponticu, labró para él. Su mirada parece descansar sobre las tres cruces de piedra que recuerdan el carácter sagrado del campo de la iglesia. Silente, tan discreto que suele pasar inadvertido, el viejo humilladero, inclinado por la presión que las raíces de los árboles ejercen sobre él, invita a sentarse a su pie y ausentarse de este mundo por un rato. El silencio lo inunda todo y una paz conventual envuelve esta discreta zona verde del corazón de Somió.DSC_0016

El motor del autobús municipal que se acerca me sitúa en la realidad. Descienden varias señoras que hablan despreocupadas entre ellas, rompiendo con su elevado tono de voz la liturgia del momento. Pienso que las estruendosas viajeras, vecinas de alguna barriada de la periferia, serán empleadas del hogar que se encaminan a sus quehaceres en alguna de las llamativas residencias que se enseñorean por los alrededores. La algarabía que traen consigo me recuerdan que éste campo de iglesia también es y fue un lugar de solaz y recreo popular, un espacio público en el que, desde tiempo inmemorial, se celebraban algunas de las fiestas más populares de la parroquia, como El Carmen. Por la acera de enfrente pasa una mujer que empuja una silla de ruedas.  En ella está sentada una anciana que se empeña en arrastrar uno de sus pies. La cuidadora, una mujer oronda y bañada por la luz de Caribe, parece desesperada. Por un momento pienso que ambas van a rodar por el suelo. Las voces han puesto en guardia a los perros de una casa vecina, que añaden confusión y un punto de dramatismo a la escena.  No cabe duda, Somió es un universo particular. Un lugar donde todo es posible, un cruce de caminos entre la tradición y la modernidad, entre lo democrático y popular y lo elitista y reservado, entre la realidad y la ficción. Un terreno de nadie, o de todos, como este secular campo de la iglesia que me acoge en esta fría mañana de febrero.

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