El jardín del pintor

El viajero tomó el autobús en una parada del centro de la ciudad. A su paso por el barrio de La Arena tuvo la sensación de atravesar un territorio hostil, desconocido, que en nada se parecía a los arenales salpicados de huertas que conoció en su infancia. Le pareció que los altos edificios ahogaban las calles, que parecían condenadas a una sombra perpetua, por más que el día fuese brillante y luminoso como era el caso. Las idas y venidas del autobús, el sol esquinado y tibio que a ratos se colaba por la ventanilla y el murmullo constante de los pasajeros que subían y bajaban, le sumieron en un estado de letargo muy próximo al sueño. Por momentos pensó que estaba envuelto en un sudario de delicada seda que le impedía abrir los ojos y situarse a este lado de la realidad. Entreabrió los ojos y se ubicó en las proximidades de La Guía, en esa suerte de pueblo itinerario que nació en el gozne entre las carreteras que conducían a Somió y a Villaviciosa. No recordaba el arbolado que se apostaba a los lados de la avenida Profesor Pérez Pimentel, pero sí los viejos caserones del tramo final de la calle, que mostraban, como él, los signos evidentes del paso del tiempo. Se apeó del autobús en la plaza de Villamanín y se detuvo un rato atraído por la voz silente de los viejos robles que hermosean este recoleto rincón de Somió, que parece envuelto en un halo de mística belleza. Bajo la sombra fresca de uno de aquellos corpulentos árboles, que abría sus enormes brazos al cielo como elE Valle_1 reo que reclama justicia, se sintió reconfortado. Aquel gigante vegetal que había sido testigo de la historia de Somió en los dos últimos siglos, parecía sostener sobre sus brazos todo el peso del universo.

Abandonó la plaza en dirección a La Redonda, en busca del recuerdo del pintor. A pocos metros reconoció la vieja entrada de carruajes, con su delicada fábrica de rejería, tan al gusto decimonónico que, en su coquetería, parecía querer separarse del grosero lienzo de mampostería que la abrazaba y que le daba sentido. A ambos lados del acceso, una majestuosa cohorte de espigados cipreses de Monterrey daban con su fragante presencia la bienvenida a los visitantes. El viajero, como el furtivo que busca la complicidad de las sombras, empujó la puerta entreabierta y accedió al jardín. Caminó despacio bordeando el cierre meridional de la quinta sintiendo bajo sus pies el canto ahogado de la gravilla que tapizada los senderos. Recostados sobre la tapia de cierre se alternaban, como en un carrusel multicolor, sonrojadas camelias que ya amenazaban con perder su sonrisa invernal, coriáceos laureles, fresnos, avellanos, algunos de los cuales asomaban sus cabezas por encima del lienzo de piedra como niños puestos de puntillas. El viajero se sobrecogió al admirar el porte y la belleza de varios pies que parecían los contrafuertes sobre los que se sustentaba la bóveda del cielo de Somió.

E Valle

El viajero abandonó los sombríos paseos del sur de la quinta y buscó el sol de la tarde contemplando los jardines que visten de fiesta el entorno de la vivienda principal, esa suerte de castillo hecho de sueños de otras épocas, en el que el que Valle encontraba el sosiego y la paz que no hallaba en su residencia gijonesa. Las apreturas de la ciudad le agobiaban, el trajín de las calles le impedía trabajar, y su mente y sus manos escapaban del lienzo y buscaban refugio en el recuerdo de otros tiempos, de otras ciudades, quizás de los años bendecidos por la gloriosa luz de París. En su estudio gijonés, como en un mal sueño, los temores le acechaban, su alma parecía crepitar como los cimientos un edificio que amenazase ruina. En la luz de Somió y en la cercanía de su querida sobrina María, encontraba el placebo para los males que oprimían su espíritu. El viajero sintió su presencia al recorrer el jardín francés, ese recuerdo versallesco que ocupó el lugar de la olvidada pista de tenis y que, en su delicado trazo, parecía dibujado por la mano del maestro. Le vio pasear junto a la alineación de castaños de indias que bordean el cierre oriental de la propiedad y que ya empezaban a vestirse con el verde traje de la primavera. Le observó sentado en uno de los antiguos bancos de madera sin respaldo del jardín despidiendo la última luz de aquella hermosa tarde primaveral. Las manos entrelazadas sujetando el bastón, los pies estirados que dejaban ver unos botines un poco pasados de moda, su larga y plateada cabellera despuntado bajo su inconfundible sombrero con el ala ligeramente doblada hacia el cielo. Reconfortado por el calor de los cuellos del abrigo, su cara, que siempre reflejaba un punto de severidad determinado por una nariz prominente y unas cejas negras y pobladas, era la de un hombre feliz y en paz consigo mismo.

Anuncios

  1. Deja un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: