Cartografía de la memoria

El viajero extendió el plano sobre la mesa. Sus manos expertas, habituadas en el trato con estos documentos, se desenvolvían con una extraña mezcla de mimo y firmeza. Como los pájaros de la aurora, sus manos se movían ágiles y felices por el documento, tratando de  liberarlo de pliegues inadecuados y otras muescas propias del paso del tiempo. Como quien oficia una ceremonia mística, en esos momentos el viajero estaba fuera del mundo, o mejor dicho, estaba en un mundo aparte en el que solo existía aquel viejo plano rescatado de la sorda soledad de una tienda de almoneda, y él. Aún recuerda la emoción que sintió cuando en aquella sórdida trastienda en la que se apilaban, como en una fosa común, cadáveres de libros, revistas y viejas y desleídas postales, encontró aquello que parecía una vieja cartografía de la ciudad de Gijón. Como el intrépido explorador que soñaba ser cuando de niño leía tebeos de la colección joyas literarias juveniles de la editorial Bruguera, el viajero desbrozó la sombría selva de papeles mutilados hasta acceder a aquel plano que emitía una luz apagada y titilante como la de las estrellas más alejadas, esa luz que solo mana de quien espera ser rescatado de un futuro nefasto. Desconocía su epopeya, los pormenores de una historia, sin duda azarosa y desgraciada, que terminó en aquella cárcel del olvido, pero ahora, aquel plano, que según leyó en el dorso, había sido grabado en una litografía madrileña  en los albores del siglo XX, era suyo.

Desde siempre había sentido fascinación por mapas y planos, por esa extraña relación que se establecía entre la realidad física, la que podía percibir con sus ojos, y aquella otra realidad que se codificaba sobre el papel; el juego de las escalas, la delicadeza con que se iluminaban las viejas cartografías, el poder de evocación de la toponimia que, como un ejército en desbandada, cubría aquellos territorios de papel, para él tan perceptibles y reales como los que se alzaban ante su mirada. Emulando a los monarcas españoles de la Edad Moderna, quienes para tener un DSC_0016conocimiento más preciso del territorio gobernado encargaron las primeras vistas de las ciudades españolas creando con ellas exclusivos y privados gabinetes geográficos, de niño comenzó a coleccionar reproducciones de todo tipo de mapas y planos que se encontraba, documentos que, por aquel tiempo, era incapaz de comprender, pero que le parecían muy bellos. Encerrado en su cuarto, se pasaba horas viajando por países lejanos, descubriendo ríos y montañas de nombres tan impronunciables como los propios países en los que se hallaban. Eran aquellas coloridas ilustraciones ventanas en las que asomarse a otros espacios, a otros mundos, rendijas en la pared de lo cotidiano por las que se colaba una luz nueva y hermosamente reveladora.

Sobre el plano extendido, sobre aquel mar de líneas, sombras y nombres grabados con esmero y sabiduría, el índice de su mano derecha, al igual que la niña del poema de Alberti (la niña sentada/ sobre su falda un atlas/su dedo blanco velero…), deambulaba de El Natahoyo al Coto de San Nicolás, de Cimavilla a los Llanos, del Alto Pumarín a La Arena. Qué hermosa le parecía aquella planimetría que representaba la ciudad como un animal amodorrado que aguarda el momento para desperezarse. Qué insignificantes parecían entonces los barrios más alejados, apenas motas de polvo sobre el viejo cristal de Gijón. Reparaba en los nombres recogidos en el plano con la atención y el cariño con la que el maestro hace recuento de sus alumnos antes de comenzar la clase. Aquel viejo plano le había devuelto la pasión, con él había regresado aquella luz amigable que iluminó muchas de sus tardes de infancia.

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