Inventario de derrotas

Aquella mañana se miró en el espejo y, por un momento, no se reconoció. Pensó que aquel tipo que le miraba fijamente era un desconocido, un sujeto de cara alargada y macilenta, manchada por una barba de varios días, en la que unas pronunciadas ojeras escondían, como en un pozo insondable, unos ojos muertos, sin brillo. Aquel rostro inexpresivo, que tanto le incomodaba no era fruto de noches de insomnio, a las cuales estaba más que acostumbrado, sino del resultado de una guerra perdida, de un conflicto en el que apenas si había podido firmar un breve y poco productivo armisticio. La vida le había zurrado bien, y él se acostumbró a encajar los golpes con la resignación con la que el yunque recibe la ira del martillo del herrero. No recordaba la última vez que había tenido un golpe de suerte, como tampoco recordaba la última vez que se había reído de verdad, la última vez que había amado. Su vida, falta de ilusiones, se había convertido desde hace tiempo en una sucesión de renuncias, en una suerte otoño permanente en el que todo languidecía.

Frente al espejo, contemplando aquel desconocido, recordó al joven ilusionado que fue, aquel que soñaba con ser escritor cuando se encerraba en su cuarto embriagándose con las canciones de Van Morrison y los poemas de Machado y Baudelaire, versos que se esforzaba en aprender de memoria y que reciG_creativo 026taba a la oscura bóveda de su cuarto. Aquel que se olvidaba de cenar porque encontraba el alimento en las palabras que rebosaban de las libretas de pastas de cartón que emborronaba con las historias que tejía y destejía en su cabeza. Aquel que apenas dormía porque la novela que tenía entre manos le mantenía en vigilia hasta franquear el umbral de la última página. ¿Pero cuándo había empezado a estar muerto?. Pensó en la primera vez que le devolvieron sin abrir un manuscrito, aquella novela largamente trabajada que durante meses llevó bajo el brazo como un penitente esperando en vano a que alguien le prestase un poco de atención. Al recordarlo sintió de nuevo el dolor que causa la indiferencia ajena, ese cuchillo de hielo que desgarra las ilusiones y la fe en el prójimo. Su misantropía se convirtió en un traje de diario cuando le despidieron, sin explicación ni reconocimiento, de la editorial en la que trabajaba como corrector desde hacía años. Al principio, la pérdida del empleo no le preocupó mucho pensando en que así se podría dedicar por completo a escribir para si, en vez de reescribir las historias que otros ponían torpemente sobre el papel. Además, la posibilidad de cobrar durante dos años el subsidio de desempleo, desterraba de su mente la sombra del agobio económico, después de todo, él siempre había sido una persona austera que se conformaba con poco. No tenía coche, vivía de alquiler en un viejo piso del casco histórico que compartía con Juan, y no tenía vicios onerosos, pues apenas bebía unas cervezas los fines de semana, y los libros, que eran su única pasión, había dejado de comprarlos por falta de espacio para alojarlos. El paso del tiempo y la falta de expectativas laborales fue socavando su ánimo, y sin siquiera pretenderlo, un muro de incomprensión comenzó a levantarse entre él y Juan.

Nunca había sido una persona muy sociable, y la marcha de Juan, agobiado por la creciente oscuridad que le embargaba, le recluyó aún más en su claustro interior. Sumido en un lago de indolencia, herido por el desamor, una niebla permanente le impedía escribir. No era capaz de concentrase, apenas leía, y las historias que siempre caminaban a su lado, un día le dejaron solo. Solo, como se sentía cuando paseaba con su primera novela por los parques de la ciudad; muerto, como el tipo que le mira desde el otro lado del espejo.

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