Voluntad de permanencia

Callejeaba el viajero atento tan sólo al claustro de sus pensamientos cuando embocó el tramo final de la calle Capua, una vía de corto recorrido y nombre rotundo, que como una flecha incrusta el viento del norte en la tranquilidad decimonónica de la plaza de San Miguel. La tarde agonizaba ya, y los últimos rayos de sol deslizaban con rapidez sus dedos áureos por la parte culminante de los edificios, mientras los pisos más bajos se ensombrecían como preludio de la noche que ya picaba a las puertas del día. Atraído por ese juego de luces y sombras que parecían perseguirse por las fachadas como niños jugando al pilla-pilla, el viajero reparó en el viejo caserón que remataba el encuentro de las calles de Capua y Ezcurdia. Advirtiendo la mezquindad de los edificios colindantes, el viajero pensó que aquel inmueble, mitad edificio de vecindad, mitad palacete urbano, parecía un pecio emergido del mar tras una de las muchas galernas del Cantábrico; restos de un naufragio, el de la arquitectura burguesa de finales del siglo XIX, que por lo que ha leído en la guía de la arquitectura gijonesa que siempre le acompaña en sus vagabundeos por la villa de Jovellanos, fue dominante en la zona de contacto entre el ensanche del Arenal y la ciudad histórica. Reparó en el color almagre de sus fachadas, color, que junto con el verde botella y el ocre, desplazaron al tradicional encalado que lucieron las casas gijonesas durante buena parte del siglo XIX. Pensó el viajero que ese color estaba en sintonía con el carácter distinguido del edificio, y agradece que sus propietarios no sucumbieran a la tentación de maquillarlo, empleando esos colores pastel que ahora está a la moda.

Postales 1202 (martillo Capua)

AMG (75_1899)

 

 

 

 

 

Al detenerse ante la fachada que se asoma a la calle Capua, el viajero sintió la fatiga del edificio, advirtió que su pulso era débil, como el de un animal viejo y cansado, vencido ya por el paso de los años. Como el discípulo de Jesús, metió la mano en su costado y sintió el desgarro de su carne de arenisca, una y mil veces lacerada por la brisa salobre del mar, que como una batería infalible ha desarbolado miradores, balaustradas y otros elementos salientes. Al acercarse a la espectacular rotonda que vincula la dos fachadas del edificio, en la que sobresale un majestuoso atlante que parece sustentar sobre sus hombros todo el peso del mundo, el viajero entendió las palabras del escritor Rafael Chirbes cuando se refería a la arquitectura como un arte que conjugaba como ningún otro el espíritu y la materia, la utilidad y la belleza. Pensó en la audacia y el talento del arquitecto Mariano Marín MDSC_0013agallón al proyectar la parte más noble del edificio, la que se abre, como si de una habitación veneciana se tratase, al arenal de San Lorenzo. ¿Cómo explicaría el tracista su idea de crear un edificio dual, bifronte, mitad hotel particular mitad casa de vecinos?. ¿Con qué argumentos convencería al propietario, Alejandro Alvargonzález, de que su propuesta satisfaría todas las necesidades de uso cuando éste le habló de reformar la modesta vivienda primigenia que ocupaba apenas el chaflán del solar?. El viajero se entretiene pensando que, quizás, Mariano Marín le explicase que la arquitectura no sólo debía responder a la utilidad, sino que debía tener la capacidad de emocionar, de sorprender, de evocar, de transmitir la personalidad de su propietario y mostrar su condición social. Piensa el viajero que la vivienda de los Alvargonzález, edificada en 1899, debió causar una honda admiración entre los gijoneses del cambio de siglo.

DSC_0003

Una sensación agridulce le embarga cuando la noche opaca definitivamente el brillo cárdeno del viejo inmueble; siente pena por su imparable deterioro, (aunque entiende que su mantenimiento debe ser muy oneroso), y a la vez se alegra de su inquebrantable voluntad de permanencia, silente, orgulloso, como un centinela frente al mar de todos los días.

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