Un pedacito del alma de Gijón: el café Dindurra

Las ciudades son como los libros: hay libros queridos y libros repudiados, hay libros que nunca se dejarían de leer y otros que preferirías olvidar. Libros que alimentan el fuego de la pasión y libros que te dejan tiritando de frío. Los hay cómplices, que te permiten pasear por sus páginas con la calma de quien no tiene prisa, y los hay groseros, que te impelen a deambular por sus páginas con la urgencia del prófugo. Con todo, los libros, como todas las ciudades, siempre tienen algo que enseñar, siempre hay una metáfora, un adjetivo, una plaza, una arquitectura, un espacio que por su singularidad o por ese valor sentimental que mana del aprecio ciudadano, redime al conjunto. En la ciudad de Gijón, el conjunto formado por el teatro Jovellanos, su ambigú el café Dindurra y los edificios entre medianeras entre los que se acomodan, son como esas páginas cuya lectura dan valor al libro de la ciudad. A los gijoneses de arraigo (si es que hay alguno que no lo sea) se les hace difícil pensar en el paseo de Begoña sin visualizar mentalmente el conjunto proyectado por el arquitecto Mariano Marín Magallón en 1899, hermoso como un templo griego y dispuesto como un viejo buque sobre el varadero de las calles Casimiro Velasco y Covadonga, con su quilla de arenisca reluciente al sol del mediodía como la piel canela de la playa de San Lorenzo.

La imagen de este reducto de la memoria de Gijón se ha enturbiado de repente, como se emborrona el cielo de la ciudad cuando el viento del oeste extiende su sucio y grisáceo abrigo sobre Gijón. Hace unos días, los gijoneses nos despertábamos con la degradable noticia del cierre del café Dindurra, el último de los viejos cafés de la ciudad, que desde su privilegiado asiento, ha sido testigo preferente de la historia de la Gijón desde que abriera sus puertas en 1901. Hay quién puede pensar que se trata de la desaparición de un establecimiento hostelero más, que su cierre es otra cuenta de ese rosario, negro como la desesperanza e infinito el agua del mar, que es el cese de cualquier actividad empresarial. Sin embargo, el café Dindurra era algo más que un establecimiento hostelero, era parte de la memoria colectiva de una ciudad, además de un bien patrimonial destacado. En efecto, como señaló el investigador Héctor Blanco, el café que había sido diseñado y amueblado al gusto modernista en boga a comienzos del siglo XX, fue profundamente renovado en 1930 de la mano del arquitecto Juan Manuel del Busto, que convirtió su interior en un bosque de columnas de fantasía casi expresionista que lo vinculaba a la obra berlinesa del artista Hans Poelzig.café Dindurra (Jorge Peteiro)

Quizás por ser el café del teatro, el Dindurra siempre tuvo un toque de distinción y esnobismo que lo diferenciaba del resto de los establecimientos de su género existentes en la ciudad. Reducto de tertulianos, ajedrecistas, estudiantes, gentes del mundo de la cultura, y de un sinfín de personajes variopintos que alimentaron la leyenda del Gijón del alma, en el Dindu cada cual tenía su sitio y su hora. Los amantes del café tempranero acompañado de una ojeada rápida de la prensa del día, los habituales del vermut del mediodía, los ajedrecistas de primera hora de la tarde, las empolvadas feligresas de la capilla del chocolate con churros a media tarde, los noctámbulos solitarios. Para mí el Dindurra siempre estará asociado a tardes invernales cargadas de lluvia y de futuro, a noches veraniegas llenas de luz que dejaron el recuerdo del amargor del café cargado y del dulce aroma de la tertulia con los amigos. Ese torrente de luz otoñal que se colaba por los ventanales de la calle Covadonga, y que, como un cliente más, reclinaba la cabeza sobre los viejos asientos de cuero o se miraba en el espejo de mármol de las mesas dibujando figuras imposibles sobre las baldosas  del suelo, forma parte de mi educación sentimental.  La música de fondo, las lámparas de anuncio de Coca-Cola y la televisión fueron elementos indiciarios de un declive que se presentía pero cuyo desenlace no parecía tan inminente. En el libro de Gijón hay un capítulo al que se le ha puesto un final inesperado y trágico. El maestro Luis Fernández Roces escribió que vivir era volver; el cierre del viejo café del paseo de Begoña nos deja sin un hermoso lugar al que poder volver para vivir.

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  1. #1 por h barrero el diciembre 2, 2013 - 3:32 am

    Tambien a mi se me ha ido, de pronto, un lugar donde me sentia seguro y sé que cuando vuelva a Gijón me sentiré un poco perdido y desamparado. Gracias por tan preciosa evocacion.

  2. #2 por Alvaro el enero 15, 2014 - 10:35 pm

    Gran homenaje a uno de los cafės más elegantes que he tenido la suerte de conocer. Quedarán los recuerdos del descanso del teatro, con un ojo mirando al camarero, tráeme rápido el café y con el otro a que no te cierren la puerta para volver a la función.

  3. #3 por Fernando Castaño el marzo 14, 2014 - 4:13 am

    Hola Javier, como imagino sabrás mi empresa es la adjudicataria del Gran Café Dindurra. Han sido cuatro meses de duro trabajo y de presión mediática no muy deseada pero inevitable. En estos meses eh leído mucho del Dindurra y buceado en una parte de su historia y tu blog ha sido uno de los de mas agradable lectura.
    Ahora que ya obran en mi poder las llaves del café y que he escrito muchas líneas sobre lo que hubo, lo que hay y lo que queremos que haya en un futuro cercano, quería pedirte permiso para copiar alguna las líneas de tu blog citándote como autor en alguno de los documentos que manejamos como memoria y anteproyecto de lo que será nuestro buque insignia y en el que aún queda mucho trabajo.
    He investigado sobre los cafés parisinos, los lisboetas y los cafés literarios españoles y tu descripción del Dindurra ha sido una lectura de las más agradables que he encontrado y puedo decirte con sinceridad que sino todas he leído …. Casi todas.

    Espero nos conozcamos personalmente algún día y que sea en el Dindurra

    Un cordial saludo
    Fernando Castaño

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