Recuerdos escolares

Dicen que el otoño es una estación propensa para la melancolía. En esos días despejados en que los atardeces, cada vez más cortos, se convierten en incendiados pájaros efímeros que surcan el cielo pregonando la llegada de la noche y que los árboles van colgando en sus escaparates los macilentos carteles de saldo de sus hojas, uno no puede por menos que dejarse tentar por la nostalgia del pasado, aunque ésta, ni cura la desazón del presente ni nos redime de los males del alma, reabriendo heridas que el paso de los años no ha podido cicatrizar. Pero como uno no pude sustraerse de lo que es, al salir a la calle, un viento cálido y alegre que olía a verano y que se entretenía jugando al corro con las primeras hojas caídas, me tomó de la mano y me llevó a otro tiempo. Me vi caminando hacia la escuela con una enorme cartera de color rojo que llevaba la imagen de los payasos de la televisión en el lomo. Nunca fui un estudiante brillante pero siempre me gustó ir al colegio y creo que muchos de los recuerdos más felices de mi infancia están relacionados con la escuela. No tengo el recuerdo de que mi madre me acompañara o me fuera a recoger a la salida. Creo no equivocarme al afirmar que desde que cursaba segundo de Enseñanza General Básica en el colegio público Julián Gómez Elisburu, en el barrio de Pumarín de Gijón, siempre fui a la escuela en compañía de mis amigos del barrio, algo impensable hoy día, pero que en aquellos años era normal, al menos entre gran parte de los niños de mi barrio, a pesar de que para acudir al colegio había que atravesar la actual avenida de Gaspar García Laviana, vial al que mi anciana madre se empeña en seguir mentando con el predemocrático nombre de Federico Mayo o Ronda camiones. No se lo reprocho, cuando llegue a su edad mi ánimo será también predemocrático. Lo cierto es que en el enjambre de chiquillos que íbamos juntos a la escuela siempre había algún hermano mayor que hacía las veces de madre, aunque yo siempre rehusaba la compañía del mío, que me obligaba a cargar con sus libros. Ser el pequeño de la familia siempre ha tenido más desventajas de las que la gente se suele pensar.Urgisa (1976)

Mi colegio hacia honor a la hosquedad de su titular, un maestro de la vieja guardia, con fama de autoritario, que había hecho méritos como jefe local de la Falange y posteriormente como inspector de enseñanza. Lo recuerdo enorme, como un castillo rodeado por un foso protector en forma de muro de fábrica de ladrillo de un metro de alto, que poco tiempo después fue coronado por una valla metálica con la que limitar la incursión de vándalos en el recinto. Conviene aclarar que Pumarín, mi barrio, era en mi infancia, un espacio en plena efervescencia urbanística y social, un terreno aluvial anegado por riadas humanas procedentes de muy diversos lugares de España, que hicieron de él un territorio fronterizo, a medio camino entre el mundo rural y la ciudad consolidada,  en el que imperaba la ley de la frontera. Ese aire de gran buque varado entre un mar de edificios en construcción y solares baldíos, se acrecentó el primer día de curso, cuando mi amigo José María, a quien apodábamos cariñosamente el cabezón, y no precisamente por su tozudez, y yo, nos metimos en la clase equivocada y nos pasamos un buen rato deambulando por los pasillos en busca de nuestra nueva aula y de nuestro profesor. Don Manuel, que así se llamaba, además de ser natural de un pueblo remoto del concejo de Candamo, se hizo célebre en el colegio por reprender a sus alumnos con el apoyabrazos de madera de su asiento, además de tener una habilidad sobrenatural para patear el trasero de sus alumnos con su pierna mala, el pobre arrastraba una ostensible cojera, mientras nos tiraba de la oreja. No se puede decir que don Manuel fuera un sádico, pues, que yo recuerde, nunca nadie tuvo que acudir al médico después de un repaso con el habilidoso pateador, solo que el hombre no estacaba tocado con el don de la sensibilidad. De todas formas, yo le estoy muy agradecido porque fue quien me enseñó La gozoniega, canción tradicional asturiana que todavía recuerdo. De esos primeros años estudiantiles en el Elisburu, que así lo hemos nombrado siempre los que fuimos sus alumnos, recuerdo con mucho afecto a doña María Jesús, la profesora de quinto curso, que a mi se me parecía a Tippi Hedren, la protagonista de la película Los pájaros, de Alfred Hitchcok. Doña María Jesús era una mujer elegante, o eso me parecía a mí en aquel momento, a la que le sentaban muy bien las faldas de tubo a la rodilla, que solía combinar con finas chaquetas de lana o suéteres a juego. Su manera de cruzar las piernas era de una sensualidad que todavía me ruboriza. Además de por sus piernas, largas como la noche en el solsticio de invierno, la recordaré siempre porque fue la primera persona que me habló de Jovellanos.

En general, los maestros son gente rara. No creo que sea por un problema de carácter, sino más bien, un efecto colateral de ser el único adulto en un mundo de niños. Hay maestros de los que es imposible aprender nada (en el Elisburu fueron legión), los hay de los se aprende más con lo que callan que con lo que enseñan, y también hay maestros que enseñan todo lo que saben sin ni siquiera proponérselo. Don Miguel era uno de éstos. Le recuerdo como una persona extraña, taciturna, con ademanes un tanto afeminados que distorsionaban la sobriedad y seriedad de su discurso. Su peinado, casi escultórico, le grajeó el mote del peluquín, aunque nunca nadie pudo comprobar la naturalidad o no de su cabellera. Hombre culto y gran lector, en ocasiones dejaba al margen el programa del día para comentar algún titular llamativo del diario El País, que siempre llevaba consigo. Por el trato que tenía con los alumnos, casi me atrevería a decir que no le gustaba la enseñanza, sin embargo era un excelente profesor de lengua y literatura, asignatura a la que consiguió que se aficionasen algunos de sus alumnos. A veces sospecho que fue don Miguel quien, sin proponérselo, me abrió la puerta hacia las ciencias sociales facilitándome el acceso a los míticos Cuadernos de Historia 16. Fue mi tutor durante tres cursos y con el tiempo llegué a apreciarle mucho. Al realizar mis prácticas de Magisterio me acogió en su clase, y nunca le agradeceré lo suficiente que haya puesto en mis manos El evangelio según Jesucristo, de José Saramago

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  1. #1 por Ramon Fernández Orviz el noviembre 8, 2013 - 11:20 pm

    ¡Qué grande eres, Quico! Muy bonito el texto. Emotivo y evocador. Te leeré por estos andurriales. Un abrazo.

  2. #2 por elcuadernodelgeografo el noviembre 9, 2013 - 10:20 am

    Gracias Ramón, un abrazo.

  3. #3 por no el noviembre 12, 2013 - 8:43 pm

    si yo me acuerdo de la huelga Que le hicimos losnde octavo , de todas formas ese libro no lo lei pero siendo escrito por un comunista con palacio en canarias con criada y todo no lo recomendaría
    mas Que al enemigo

    • #4 por elcuadernodelgeografo el noviembre 13, 2013 - 12:12 pm

      Compañero, no es el libro que más me ha gustado de Saramago, prefiero El año de la muerte de Ricardo Reis. En todo caso, lo que me interesa de un escritor son sus libros y no su ideología.Saludos

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