Las esquinas del tiempo

La tarde veraniega se demoraba envuelta en una cálida pesadez impropia de una ciudad norteña. Como un susurro húmedo procedente del mar, la niebla se había instalado en el oído de la ciudad desde hace unos días y contribuía a humedecer los cuerpos y a desfigurar la realidad, cuyos bordes se desvanecían como se desvanecen las sombras que enturbian nuestros sueños cuando despertamos. El paseo de Begoña era, en aquellas horas de la tarde, un río de vida que apenas se contenía en sus propios márgenes; niños jugando ruidosamente en el parque, gente que atravesaba el paseo apretando el paso como si llegasen tarde a una cita importante, turistas que se comían con la mirada el entorno mientras preparaban su cámara para sacar esa instantánea con la que dejar constancia de su paso por la ciudad, viejos sentados en los bancos más protegidos de las corrientes de aire poniéndose al día de la marcha de sus enfermedades, siempre más lastimosas y preocupantes que las de sus compañeros de asiento, niños pequeños correteando de la mano de sus orgullosos padres, jóvenes ebrios de amor que a duras penas podían contener unas bocas sedientas e insultantemente juveniles. En el tramo central del paseo, un músico callejero se afanaba en ambientar la escena, haciendo sonar una vieja gaita, sin que su esfuerzo se viese recompensado ni por la atención de los transeúntes ni por la calderilla de sus bolsillos. Tan sólo los árboles que alinean paseo, jóvenes tilos de hoja pequeña, parecían disfrutar de la voz ronca y un tanto lastimera de la gaita, dejando caer sobre los hombros del músico alguna hoja dorada por el sol, en señal de gratitud. músico callejero

Detrás los sudorosos cristales del café Dindurra, observaba aquel carrusel de vida con la curiosidad del entomólogo social y con la tranquilidad de quien se siente espectador privilegiado y no actor principal. Desde mi discreta atalaya, la realidad parecía otra. Me embargaba una extraña y placentera sensación, como si fuese el titiritero que tiene en sus manos los hilos del teatro del mundo. Todo lo que tenía ante los ojos se me aparecía como reflejado en un espejo deformante que lo volvía más sutil y hermoso. Los árboles del parque, envueltos en la delicada camisa de la calima, parecían gigantes sudorosos que levantaban los brazos al cielo, huestes de un ejército en retirada capitaneadas por la herrumbrosa figura de Francisco Carantoña, el gran guerrero del periodismo gijonés de feliz recuerdo. Entre los brazos enhiestos de los árboles, me pareció que me sonreía complacido desde su privilegiado asiento en la calle San Bernardo, el edificio que el arquitecto Juan Corominas vistió con el discreto y sensual ropaje del déco, a comienzos de los años cuarenta. Cuando lucía el resplandor de lo recién creado, muchos de los árboles que ahora lo ocultan de la vista de los paseantes, ya mostraban orgullosos sus robustos fustes, entre farolas de gusto modernista y parterres recortados con formas geométricas propios de otra época.

 Entregado a la contemplación, y aguardando a que llegase el café, reparé en una pareja de ancianos que caminaban cogidos de la mano. En realidad, más bien parecía que la mujer tiraba del hombre, que caminaba con dificultad arrastrando los pies, como si los llevase prendidos con pesados grilletes. Me impresionó la cara del anciano, que no reflejaba ningún rastro de emotividad, como la de un niño que hubiese envejecido de pronto. Su mujer, a la que miraba como a una desconocida, le trataba con una dulzura conmovedora. La mente del hombre parecía enredada en la niebla que jugaba con los árboles y con los edificios del paseo; ella era su bastón, su voz, sus ojos, su luz, su entendimiento. Sentí lástima de aquella mujer que, a pesar de los años, lucía con la coquetería de quien se supo en otro tiempo atractiva, un vestido azul marino, con zapatos y bolso a juego, y una chaqueta de punto sobre los hombros. Una mujer, que a pesar de todo, parecía feliz arrastrando por el último paseo de la vida a aquel niño de cara arrugada y mirada perdida en la niebla del tiempo.

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