El camino sin retorno: de La Visitación a El Suco.

Vivimos en un mundo en constante cambio, en el que las transformaciones que suceden a nuestro alrededor se producen con tanta rapidez que, a veces, ni nos percatamos de ellas. Estamos tan acostumbrados a abrir el grifo de casa y ver salir el agua, a que se recoja la basura de nuestras calles, a disponer de una completa red de saneamiento o a acudir al centro de salud o al hospital cuando estamos enfermos, que no reparamos en que hasta hace apenas un siglo estas mejoras higiénico-sanitarias, no dejaban de ser un desiderátum. Algo similar ocurre con los enterramientos, que fue una de las primeras políticas reformistas que reflejaron las transformaciones en las que estaban inmersas las ciudades españolas del Ochocientos. El peligro real de la propagación de epidemias obligó a cambiar las prácticas tradicionales de enterramiento, que eran francamente insalubres, y, por tanto, un peligro para el conjunto de la población. En un momento como el de hoy, en el que muchos finados (o sus deudos) optan por acelerar el proceso de conversión del cuerpo insepulto en polvo del olvido tras el paso por el crematorio, la importancia que tuvieron los cementerios parece haberse quedado en un recodo invisible del camino. Pero además de la cuestión sanitaria, los camposantos cumplían una función social, o por decirlo de otro modo, eran un reflejo de la sociedad que los construyó, en cuanto que las reglas que determinaban el funcionamiento de la ciudad de los vivos (por ejemplo la segregación social del espacio), fueron de uso común en la ciudad de los muertos.

Cementerio La Visitación (1874)

Como señaló el profesor Quirós Linares, en España la práctica de enterrar en cementerios parroquiales situados en torno a las iglesias fue sustituida, en el siglo XVI, por las inhumaciones en el suelo o en la cripta de las iglesias, dejando para los pobres los enterramientos en cementerios al aire libre. El grave problema para la salud pública que de estas prácticas se derivaba, comenzó a tratar de corregirse en el último tercio del siglo XVIII, a partir de una grave epidemia acontecida en Pasajes en 1781, atribuida a los miasmas que se desprendían de las sepulturas de su iglesia. Así, en 1787 quedaron prohibidos por real cédula los enterramientos en los templos (aunque en muchos casos la orden no fue efectiva hasta bien entrado el siglo XIX), obligando a la paulatina construcción de cementerios rurales, es decir, fuera del casco urbano. Esta disposición no siempre se cumplió, ya que fueron muchos los camposantos que se situaron en las inmediaciones de los templos, entre otras razones, para evitar al clero largos (y numerosos dadas las altas tasas de mortalidad en las poblaciones con mayor número de habitantes) desplazamientos a las afueras. Este es el caso del gijonés cementerio de La Visitación, emplazado entre la iglesia de San Pedro y la subida a la Atalaya. Según documentó Héctor Blanco, el terreno fue donado por Jovellanos, así como una suma de mil quinientos reales de velón para su acondicionamiento y la intención de que sus restos reposasen en él, quizás pensando en no alejarse mucho de su querido arenal de San Lorenzo y así gozar eternamente del arrullo del mar.

Con la construcción del nuevo cementerio, las inhumaciones en San Pedro debieron cesar casi por completo, hecho que parece confirmar la ampliación del camposanto en 1843. Pocos años después, en 1852, la pequeña Cimavilla de los muertos fue dotada de una capilla, que funcionaba igualmente como depósito de cadáveres, y dos años después, se construyó una batería de nichos. La propagación de mortíferas epidemias como la fiebre amarilla y sobre todo él cólera, que comenzó a propagarse en España en 1834, estimuló la construcción de nuevos cementerios rurales, y las disposiciones para clausurar los camposantos situados en el interior de las poblaciones se sucedieron periódicamente, hasta la Real Orden del 16 de julio de 1857, que prohibió las inhumaciones en el interior de poblado. El acatamiento de esta normativa llevó a la clausura del cementerio de La Visitación (si bien no debió ser efectiva hasta 1880, retrasándose su secularización hasta 1893), y los finados de la villa comenzaron su camino sin retorno hasta la nueva morada en la conocida como la Llosa de los Valientes, en el alto de El Suco, en Ceares.

El Suco El proyecto inicial del nuevo camposanto se redactó en 1866, siendo reformado con posterioridad. En 1873 se acometieron las obras para su cierre y dos años después, en 1875, la nueva ciudad acogió en sus silentes calles a María García, la primera gijonesa inhumada en el moderno e higiénico cementerio de Ceares. En 1883, el arquitecto Lucas María Palacios firmó los planos para la ordenación definitiva de este espacio funerario, que ya disponía de varias parcelas aterrazadas. En esa década se acometieron otras mejoras como la construcción de varias series de nichos organizados en bancales, de un osario, y la ampliación y acondicionamiento del cementerio civil, que no adquirió la dignidad merecida hasta los primeros años del siglo XX, con la construcción de un pórtico, depósito y sala de observaciones (1902) y la sustitución del  muro de cierre por una balaustrada ornamental diseñada por el arquitecto Miguel García de la Cruz, en 1908. La capilla, el depósito de cadáveres y la sala de autopsias, de El Suco es de la década de 1890.

Cierre ornamental C. Civil

Sobre esta estructura básica, que fue ampliada a medida que crecía la población finada, se creó una ciudad para el descanso eterno de carácter dual, que reproducía la que se levantaba a orillas del Cantábrico, con sus calles principales hermoseadas con fragantes árboles (sobre todo aromáticos cipreses y dolientes sauces de Babilonia), a la que se asomaban los edificios funerarios de los gijoneses más notables (los que podían pagar la propiedad del suelo); criptas, mausoleos, panteones, que nada tenían que envidiar a las lustrosas viviendas burguesas de las que los difuntos disfrutaron en vida, y que, en muchos casos, llevaron la firma del mismo arquitecto. Los menesterosos, los proletarios, y en general, los menos pudientes, al igual que ocupaban los espacios marginales de la villa, también encontraron un acomodo apropiado a su condición social dentro de este hermoso jardín melancólico, bien en una fosa común en el cementerio civil, bien en alguna de las discretas galerías de nichos (como recuerda el profesor Quirós son una forma de rentabilizar al máximo la menguada superficie del camposanto) que se levantaron en los bordes o alejadas del espacio central, más representativo y valorado. Al igual que el camino de la vida, el camino sin retorno a El Suco, tras la parada obligada frente a la cruz de Ceares, donde se despedían los duelos, nunca fue igual para todos los gijoneses.

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