El viejo que amaba el fútbol

Llevaba tantos años acudiendo al estadio, que ya no recordaba cuando fue la primera vez, aunque estaba seguro que había sido acompañando a su padre, que era un incondicional del equipo de la ciudad, en cuyas categorías inferiores había militado en su juventud. De su padre había adquirido la pasión por unos colores y el respeto por un deporte que desde siempre había sido de caballeros. Así lo entendió ya de muy niño, cuando vio por primera vez sobre la espalda mojada de la playa, la dignidad con la que un grupo de jóvenes pateaba un pesado balón de cuero enfundados en unos uniformes que a él, en aquel momento, le parecieron confeccionados con polvo de estrellas: camisola blanca atravesada por gruesas fr1153 (AMG c Suárez)anjas rojas verticales y largo calzón azul que precedía a una medias del mismo color. En los pies, unos rudos botines que cubrían los tobillos, rematados con una áspera suela de tacos. Y también años después en el patio del colegio, donde el moderno padre López, con la sotana remangada, reclamaba fair-play al tiempo que tomaba partido por uno de los equipos en liza. Nunca fue muy dotado para la práctica del balompié, pero desde aquellos días colegiales, el virus del fútbol se había inoculado en su cuerpo con la misma eficacia  con la que las fiebres infantiles le hacían crecer. El fútbol era su pasión, más incluso que la lectura, a la que se entregaba a escondidas por las noches en su cuarto, en un improvisado colmado bajo las sábanas que iluminaba con una pequeña linterna, una vez que su madre le había apagado la luz. Se sabía de memoria las alineaciones de los principales equipos de la liga, y el periódico y la radio le tenían al tanto de los resultados y de la clasificación, que anotaba minuciosamente en la parte trasera de una vieja libreta de tapas de cartón duro. Se sentía seducido por la plasticidad, por la elegancia de este deporte, en el que era tan importante el juego individual como el colectivo. El paso del tiempo había atemperado su fervor infantil, pero la ilusión y el placer de contemplar los partidos de su equipo no había decaído un ápice. El fútbol tenía para él una capacidad paliativa que atenuaba las amarguras y los sinsabores de la rutina diaria. Acudir al estadio cada quince días se había convertido, desde que acompañaba a su padre, en un hábito liberador y tan reconfortante como el primer café de la mañana.

De su progenitor había heredado la costumbre de apearse del tranvía unas paradas antes a la inmediata al campo para dar un largo paseo por la alameda que moría a los pies de la vieja tribuna de preferencia. Le gustaba caminar con paso demorado bajo el verde paraguas de los longevos álamos, arropado por la ruidosa multitud de aficionados que llevaban su misma dirección. Raramente se detenía a hablar con alguien o se dejaba acompañar por algún conocido que también se dirigía al estadio, y no es que fuera una persona huraña, sino que el paseo formaba parte de una liturgia personal que cobraba todo su sentido una vez instalado en el graderío del fondo norte, que era donde siempre había visto los partidos. A menudo, mientras caminaba por la alameda recordaba lo mucho que habían cambiado las cosas desde que había comenzado a asistir al estadio, por aquel entonces, un descampado desabrido al que se accedía por improvisados caminos sin asfaltar, los mismos que hoy lucen un lustroso solado y a los que se asoman modernos y lujosos edificios. También recordaba las incómodas gradas de madera, la primera tribuna cubierta, y la gran reforma de los años cincuenta, que coincidió con el retorno del equipo a primera división, y que transformó el recinto en un estadio moderno, con graderíos de fábrica de hormigón y capacidad para más de 30.000 espectadores. Después se sucederían otras reformas con las que acomodar las trazas del estadio a los nuevos requerimientos, ropas nuevas para un viejo tan enamorado del fútbol como él. Tribuna preferencia años 40 (MOPA)

En el estadio, solo en mitad de la multitud, pensaba también a menudo en lo mucho que había cambiado el deporte del balompié desde que él era joven. No sólo en el aspecto táctico y técnico (antes era un deporte más físico, quizás menos exquisito en el trato del balón, pero también menos sujeto a la tiranía de las tácticas dibujadas sobre una pizarra), sino también en el aspecto emocional. Se mantenía la pasión, el deseo ferviente de que su equipo saliese victorioso, pero la forma de animar ya no era igual, ahora primaba el griMolinón 1981 (R. Tolín)terío sin criterio, los insultos proferidos contra todo en una exaltación estúpida de la grosería juvenil. Hasta él, un hombre tranquilo y discreto, había veces que se entregaba con tal pasión a los lances del juego, que por momentos dejaba de ser él mismo para formar parte de la masa vociferante que increpaba al árbitro o a determinados jugadores del equipo contrario. Ese aspecto gregario, que convertía al aficionado en un hincha, se había acentuado cuando comenzaron a vallarse los campos para evitar los desplazamientos por los aficionados por los graderíos y sobre todo, las invasiones del terreno de juego. No le gustaba sentirse enjaulado como una fiera cuando el fútbol había sido siempre para él un horizonte de libertad, un claro en un cielo gris asediado por las nubes. Con todo, seguía acudiendo al fútbol (por más que éste hábito se hubiese convertido en un recuento periódico de ausencias), con el paso cada vez más inseguro y añorando no tener un niño al que acompañar y al que abrir su corazón y sus recuerdos, viejos y apasionados como el propio estadio.

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