Lugares comunes

Una de las cualidades principales de los zonas verdes públicas, ya sean plazas ajardinadas, parques, jardines o paseos arbolados, además de su papel en la mejora del ornato y la calidad de los espacios urbanos y de su contribución a la regulación medioambiental (mitigando la polución y el ruido), es su condición de espacios para la vida. Son lugares en los que las personas hablan, juegan, sueñan, lloran o ríen, según el momento. En el frío reservado de los bancos, al abrigo de las primeras sombras de la tarde, ¿quién no sintió el fuego de aquel beso adolescente, fresco y furtivo?. ¿Quién no recuerda  el sudor de aquellas manos que se apretaban contra las nuestras cuando creíamos, ingenuamente, que nadie reparaba en nosotros?. Entramos en los parques con el paso corto e inseguro, llevados de la mano por nuestros padres, y cuando nos damos cuenta, estamos empujando un columpio en el que se mece un pequeño que nos recuerda aquel que por primera vez franqueaba el umbral del paraíso del barrio. Al ver cómo crecen los árboles, como cambia el mobiliario e incluso el diseño del propio parque, que periódicamente se viste a la moda, nos damos cuenta de que el tiempo no se detiene, que somos nosotros los que necesitamos una mano para abandonar el parque, porque ahora nuestro paso es lento y torpe, y porque este abandono del paraíso cercano no es sino el preludio de otro abandono que ya será definitivo. Los parques y jardines públicos, al ser espacios vividos con tanta intensidad, forman parte de nuestra propia identidad, de nuestra educación social, cultural e incluso afectiva. Es por esto que nos resistimos a los cambios que afectan a la esencia, al fundamento de los mismos. No se trata de ser pacatos o inmovilitas (acaso sólo un poco egoístas), sino de pretender preservar una pequeña fracción de nuestra memoria, de las emociones contenidas en una porción de espacio que la propia vida ha ido acotando.Plaza S Miguel. AMG c Patac

Decía el poeta Hilario Barrero que volver adonde se ha sido feliz y adonde se ha regresado con frecuencia es como volver a la casa donde uno nació: por un lado un lugar seguro por otro un lugar donde nada es igual. Esta sensación contradictoria es la que produce la última intervención en la plaza de San Miguel, donde el delicioso kiosco de prensa y golosinas proyectado en 1946 por Manuel García Rodríguez (autor junto con Joaquín Ortiz de ese maravilloso y espigado cuerpo racionalista que se levanta entre las calles Capua y Menéndez Valdés) ha devenido en establecimiento hostelero y cuya terraza ocupa parte del paseo que comunica la plaza con la calle Cura Sama.

La plaza de Evaristo San Miguel (cuya efigie en bronce vigila desde 1922 el paso de los viandantes desde su marmóreo asiento), o La Plazuela como la conocen los gijoneses, es uno de los espacios más hermosos y emblemáticos de la ciudad histórica. Como es sabido, fue trazada en 1868 sobre la punta de estrella más oriental de la muralla que limitó la ciudad tradicional desde la guerra carlista, aunque las primeras edificaciones que ciñeron su hermoso perfil elíptico (entre ellas las dos que promovió el acaudalado indiano Celestino Junquera, notable especulador que consiguió menguar la extensión de la plaza para preservar sus solares en una benemérita acción que fue correspondida por la ciudad poniendo su nombre a una de las calles Plaza S Miguel (h 1946)AMGque desembocan en la plazuela) fueron algo posteriores. No así su acompañamiento vegetal, pues en 1869 la Comisión de Arbolado señalaba la conveniencia de dotarla de arbolado (y de jardines), que fue reforzado en 1885 con la plantación de olmos campestres en las márgenes de la calle central, por aquel entonces, abierto al tránsito de vehículos y personas. Desde que en 1909 se trasladó la circulación rodada al exterior de la plaza y hasta 1946, año en el que se acometió una reforma completa, el espacio apenas si varió su morfología. Con las obras de urbanización se renovaron los pavimentos, se sustituyó el viejo arbolado, del que se conservó solo la doble alineación de castaños de indias del eje menor de la elipse y dos palmeras canarias (hoy desaparecidas), se introdujeron la doble hilera de tilos que hoy señalan el eje principal y se diseñaron vistosos jardines de trazado geométrico. La reforma se completó con la instalación de nuevo mobiliario, el kiosco aludido, y un reloj ornamental cuyPlaza S Miguel (2007)a vistosa columna (fechada en 1899) está hoy en el parque de Isabel la Católica. Lo limitado de las intervenciones desde entonces y el destacado patrimonio arquitectónico que la arropa, hacen de la plaza de San Miguel un lugar privilegiado, que por desgracia, ya no volverá a ser el mismo. El encanto de sentarse en los bancos de La Plazuela a degustar la agonía de una tarde de verano tras un largo paseo por la playa o por el centro mientras el pensamiento resbala por las fachadas que Manuel del Busto proyectó para ponerle una sonrisa déco a la plaza, se ha desvanecido; el uso hostelero (con su sola presencia) impide cualquier ensoñación que tome como morada la plaza.Plaza S Miguel (2013) Es sabido que los hosteleros atraviesan un mal momento por la prolongación sine die de la crisis (en realidad lo mismo que el resto de los ciudadanos), pero uno considera que hay ciertos espacios que por su singularidad, por su historia, por su carácter simbólico, en definitiva, por lo que significan para la ciudad deberían ser objeto de una protección integral que asegurase la salvaguarda de los valores (arquitectónicos, paisajísticos, sociales) que los hacen diferentes del resto. Lugares como la plaza de San Miguel trascienden de su condición de espacios públicos para convertirse en lugares de la memoria, y, por tanto, deberían quedar exentos del ánimo de lucro de unos pocos.

 

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  1. #1 por alvaro el abril 13, 2013 - 8:44 am

    Creo que la mercantilización del espacio público es un signo común en las ciudades españolas. Más aún ahora, cuando los ayuntamientos no cuentan ya con los ingresos de los desarrollos urbanísticos, y fomentan estas prácticas. Y no siempre es perjudicial… hay lugares que mejoran con la utilización hostelera… aunque creo que La Plazuela ya tenía suficiente vida (y memoria) por sí sola…

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