Un pedacito de mi infancia

Como muchos otros días, el pasado miércoles fui a visitar a mi madre, que desde el fallecimiento de mi padre hace ya algunos años, vive sola en la casa familiar. Es un piso sin grandes pretensiones, de tres habitaciones pequeñas, cocina, cuarto de baño y salón, que mis padres habían comprado, a comienzos de la década de 1970, a UNINSA, la empresa siderúrgica en la que trabajaba mi padre. Esta compañía, resultado de la unión de varias empresas siderúrgicas privadas, había levantado varias promociones de viviendas repartidas por los barrios obreros del sur de la ciudad para hacer frente al alojamiento de una parte importante de su plantilla que había sido trasladada de la factoría de Mieres. No sabría decir por qué, pero según me adentraba en mi barrio de siempre, comencé a verlo con otros ojos, con los ojos de un desconocido que inspecciona por primera vez un territorio ignoto, una geografía de la cual no tiene referencias. Llovía ligeramente y los edificios estaban envueltos en un sucio velo de plata que apagaba sus rostros. Las calles, humedecidas por la lluvia, hacían sonar mis pasos, que parecían rebotar contra los edificios, reproduciendo un sonido metálico, como de instrumento mal afinado. Las calles, vacías de gente, parecían desalmadas y tristes, más tristes que de costumbre. Detalles en los que nunca había reparado se hicieron evidentes como montañas: la estrechez y  sinuosidad del viario, que parecía trazado por un delineante negligente que a la hora de perfilar las alineaciones hubiese olvidado usar sus instrumentos de medida, la ausencia de árboles en las calles, las gastadas y bailarinas baldosas de loseta hidráulica que sufrían súbitos espasmos a mi paso rebosando agua, la luz mortecina del alumbrado público que apenas daba vida a mi sombra, la monotonía de unos edificios vestidos con ladrillos rojos, que para protegerse de las miradas indiscretas, vivían de espaldas al viario principal…Nuevo Gijón

Cuando llegué frente al portal de mi niñez, advertí que el pequeño jardín que le servía de pórtico yacía abandonado, como un solar en vísperas de ser urbanizado. Y recordé a mi padre, y a nuestro vecino de puerta, y les vi en una tarde pegajosa de verano cargando con pesados cubos para darle de beber, y les vi quitando las malas hierbas, y mimando los macizos de flores y reprendiendo a los chiquillos que se adentraban en el ajardinado claustro para recoger el balón, llevándose por delante los incipientes rosales. Al ingresar en el portal, un olor dulce y conocido, como de colonia de bebé, se apoderó de mí, y me arrastró a la infancia, y me sentí como quien se adentra en el trastero a buscar la ropa de la temporada, e, inesperadamente, encuentra su juguete favorito, ese que abandonó con desdén cuando se sintió adulto. De nuevo sentí la fría oscuridad del portal, y volví la vista desconfiado por si alguien se escondía en el cuarto de contadores, y subí rápido los cinco peldaños que conducen al rellano en el que está el ascensor y pulsé el botón impaciente, mirando de reojo hacia la escalera. Mientras esperaba, sentí voces de niños corriendo escaleras abajo y oí un balón botando con fuerza por los escalones, como un cuerpo inerme que golpe contra el suelo, y me hice a un lado para dejarles pasar, pero no pasó nadie. En el edificio en el que me crié ya no hay niños, ya nadie se entretiene cambiando los felpudos de piso, ya nadie usa la frialdad del descansillo para jugar al monolopy o para disputar la vuelta ciclista a España con chapas decoradas con las caras de los ciclistas de moda. El edificio está poblado de recuerdos, de sombras de lo que fueron, sombras como la de mi madre, que arrastra su soledad por el mismo descansillo por el que antes jugaban sus hijos.

Tras la charla y el café, dejé a mi madre con sus achaques y con su tristeza perenne dibujada en la cara, como una princesa de cuento de hadas que, encerrada en su viejo castillo, espera que se consuman sus días. Y vi el castillo viejo, y triste, como a mi madre, con las arrugas surcándole la cara, como un campo labrantío abierto por el arado, con chorretones de humedad que parecían brochazos de colorete mal aplicados. Y recordé que el edificio tenía mi misma edad, que según contaba mi madre, cuando nos fuimos a vivir a él, yo apenas tenía 3 meses de vida. Y me sentí mal, y un poco viejo, y hasta me pareció que mis pies se arrastraban como se arrastran las sombras…

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  1. #1 por dalila_as el marzo 15, 2013 - 10:03 am

    Esa foto me suena, y creo que tu barrio es el mismo que el mío. Yo tampoco vivo allí, pero cuando voy no tengo esa sencación triste que describes. Es cierto que los recuerdos están… y que ahora nada es como antes. Los niños llevan chips… y es imposible lo de “jugar en la acera”. Pero sí que hay gente. Me encantan los sábados por la mañana cuando el movimiento por la calle principal me recuerda que sigue vivo, que eso no cambia. Me gustan los vermús viendo pasar a la gente de siempre (los que van quedando…). Te lo recomiendo. De todas formas, un bonito relato. Felicidades.

  2. #2 por elcuadernodelgeografo el marzo 15, 2013 - 10:16 am

    La foto tiene trampa, es un ejemplo del tipo de edificios al que me refiero, pero no exactamente en el que viví. Mi barrio es Pumarín, el Pumarín apretado y oculto de la calle La Mancha…

  3. #3 por xunelxunel el marzo 15, 2013 - 1:34 pm

    yo vivo en la calle la mancha , y siento todo lo que cuentes en mi mismo….me hiciste soltar una lágrima, de las que salen a la gente con tus mismos recuerdos y sensaciones…..gracias

  4. #4 por libreoyente el marzo 18, 2013 - 11:31 am

    Me emocionaron los sentimientos de nostalgia. Los mapas cerebrales también se nutren de recuerdos, y los de este geógrafo están impregnados de bondad. Gracias.

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