Los caminos de la memoria

Las personas somos realmente artefactos complejos, y, quizás, sea esa complejidad la que nos convierte en seres extraordinarios y hermosamente misteriosos. A veces, ante situaciones cotidianas, la mente responde de manera extraña, convirtiéndonos en autómatas desalmados cuya función se limita al desempeño de una función determinada (respirar, hablar, caminar…), sin atisbo de reflexión. Nos cruzamos en el portal de casa con la cartera y le preguntamos con toda la naturalidad del mundo: ¿hay carta para el 5º A?, que no es el piso en el que vivimos desde hace más de una década, sino el piso de nuestra infancia, el de la casa de nuestros padres. Cuando, azorado, te dispones a disculparte tratando de enhebrar una explicación coherente, la cartera te responde que no hay nada para el 6º C, que sí es el piso en el que vives. ¿Cómo es posible?, ¿qué sinistro timonel gobierna el barco de nuestra mente?. ¿A qué juego perverso juega con nosotros?.

Cuando somos jóvenes, como si nos fuese la vida en ello, nos pasamos mucho tiempo discutiendo con nuestros padres, con esos seres abominables y tiránicos que siempre tratan de imponen su voluntad sin atender a razones. Desde la alcazaba de nuestra egoísta estupidez, incapaces de sentir empatía por nada ni por nadie, lo ponemos todo en almoneda, todo se compra o se vende, todo es objeto de una crítica feroz: la comida, los horarios, la asignación semanal, el canal elegido en la televisión y hasta el lugar que cada miembro de la familia ocupa en el salón de la casa. Un día, tiempo después de abandonar el hogar paterno, nos vemos sentados en nuestro sillón favorito, con la propiedad del mando de la televisiónDSC_0051 en exclusiva, y diciéndole a un niño (que misteriosamente guarda un cierto parecido con nosotros) que nos mira con los ojos encendidos como candelas y las manos prietas como uvas en un racimo, que se ponga inmediatamente las zapatillas, se termine la leche caliente y se vaya a lavar los dientes, si no quiere quedarse mañana castigado sin televisión. De repente, como el frío puñal que la mano amiga clavó en el cuerpo de Julio Cesar, un respigo nos atraviesa el alma, y rescata del trastero de la memoria la imagen de nuestro padre, sentado en su sillón favorito, con su bata guateada y las zapatillas bien calzadas.

Sin recuperarnos del todo, con la letra de la canción de Serrat (les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y con cada canción…) rondándonos por la cabeza como gaviotas al acecho de un pesquero que regresa a los muelles, nos entregamos a la lectura de “El viajero sedentario”, de Rafael Chirbes, un libro al que recurrimos con frecuencia en busca de imágenes con las que llenar nuestra mochila de escritor diletante. Sin previo aviso, las páginas del libro nos trajeron el recuerdo de un amigo muy querido, a quien le habíamos prestado el ejemplar para sobrellevar la preocupación por la enfermedad y la desazón de una larga e inesperada hospitalización. Como si las páginas de Chirbes destilasen alguna poción mágica, sentimos de nuevo cómo el corazón se encogía de preocupación por el amigo enfermo, sufrimos con su dolor, y nos felicitamos de su total restablecimiento. Los caminos de la memoria son como los senderos de un bosque, azarosos, quebrados, que en ocasiones nos conducen raudos a donde queremos llegar, y, otras veces, se pierden entre la espesura. Nos afanamos en recordar nombres, lugares, fechas, sucesos, que nos parecen muy importantes, y sin embrago, se pierden en un rincón del bosque de los recuerdos, mientras que, recordamos con la viveza de lo que acaeció ayer, situaciones intrascendentes y hechos aparentemente anecdóticos que sucedieron mucho tiempo atrás. ¿Cómo es posible que una canción, un aroma, un libro, una caricia, tenga el poder de retrotraernos en el tiempo?. Quizás, estos elementos sean (nada más y nada menos) que las perchas que usa la memoria para colgar nuestros recuerdos.

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