Heraldos de la miseria

A la salida del supermercado, hieráticas como las columnas de piedra que sustentan los pórticos de las iglesias románicas, estaban aquellas dos mujeres que extendían sus manos con la esperanza de que alguien les allegase algunas monedas. Una parecía de edad avanzada, pero incierta, y la otra muy joven, apenas una niña. La anciana cubría la cabeza con un pañuelo de colores apagados por el uso. Su cara era hosca, ennegrecida como la tierra calcinada por el sol. Sus ojos, oscuros y profundos, escondían una mirada severa, escrutadora, pero que parecía inteligente. A pesar del frío calzaba unas chanclas similares a las que utilizan los chiquillos para ir a las piscinas, protegiéndose los pies con unos gruesos calcetines de lana que trepaban por unos calzones de algodón que se escondían bajo una falda amplia y floreada. En su cara, incluso más que los carbones encendidos de sus ojos, brillaban una retahíla de dientes de oro que hacían muy desagradable la visión de esa costa rocosa que era su boca. La niña, de ojos tan claros y radiantes como el despuntar del día, gastaba una larga trenza que alcanzaba la parte baja de su espalda. Su mirada era dulce, cautivadora, como ese reclamo comercial del escaparate del cual no se pueden apartar los ojos. Sus ropas, salvo por las evidentes manchas de suciedad, apenas diferían de las que pudiera llevar cualquier chica de su edad. Ambas mujeres eran tan distintas como lo son el día y la noche, y aquel hombre que las miraba en la distancia con la curiosidad con la que el entomólogo observa aquellos insectos que le son desconocidos, no pudo por menos que preguntarse si habría algún parentesco entre ambas o simplemente se trataba de una relación de conveniencia vinculada al oficio que parecía ocuparlas, la mendicidad profesional. A esa certidumbre llegó días más tarde al comprobar que aquellas mujeres acudían a la puerta del supermercado con la misma fidelidad que las cajeras, y se retiraban, al igual que aquellas, al echarse la persiana metálica tras cumplir con su jornada laboral. La única diferencia es que las dos mujeres eran recogidas por una furgoneta que parecía alojar a todo un siniestro clan, una suerte de compañía proveedora de servicios de mendicidad, que no dudaba en poner a trabajar a jóvenes en edad escolar.

En más de una ocasión aquel hombre, asediado por algo similar a la mala conciencia, pensaba en aquellas mujeres como sufridoras de algún infortunio que las impeliese a echarse a la calle a pedir. Las veía como actrices maltratadas por las exigencias de un guión perverso y cruel. Entonces recordaba que la ciudad tenía unos servicios sociales eficaces, que auxiliaban, en mayor o menor medida, a todos aquellos que lo necesitaban, lo que relegaba la mendicidad a una forma de explotación laboral basada en el engaño, que sólo conducía a la marginación social. A veces, aquel hombre, que cargaba con el peso de una educación dogmática recibida en un colegio religioso, se reía de su propia ingenuidad. Era consciente de que corrían malos tiempos, que había personas que sufrían necesidad, que se veían sobrepasadas por la marea de los acontecimientos, pero también sabía que estas personas no fingían su desgracia, y mucho menos, la utilizaban como medio para ganarse la vida.DSC_0013

Aquel hombre, cada vez que se cruzaba por las calles de la ciudad con esas sombras que arrastran carros de supermercado surtidos de fósiles que un día fueron objetos de utilidad, no podía dejar de recordar las palabras del poeta Dámaso Alonso: “era una ciudad de un millón de muertos”. A veces, veía su ciudad como un cementerio, como un paraíso de chatarreros ambulantes, y eso le entristecía enormemente porque quería la ciudad como algo propio. Pensando en estos heraldos de la marginación, recordaba las páginas de la historia local, cuando a mediados del siglo XIX , los regidores, alarmados por la abundancia de pedigüeños y pordioseros foráneos, decidieron sostener sólo a los pobres de casa, exigiéndoles  previamente acreditar su condición de naturales de la villa y de pobres de solemnidad. A los menesterosos forasteros se les conminó a regresar a sus pueblos a disfrutar de la vida tranquila y reposada que proporcionaba la mendicidad. Pero claro, su ciudad no estaba encallada entre las brumas del siglo XIX.

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