Triste vejez

Resulta doloroso comprobar como el paso del tiempo va haciendo mella en nosotros, en las personas que nos rodean y a las que amamos y apreciamos. Al igual que el salitre del mar con su húmedo manto carcome la piedra y convierte sólidas arquitecturas en porosos recuerdos de otro tiempo, el correr de los años va desmontando nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro entorno, hasta volverlo irreconocible. Un día caminamos por el barrio que nos vio crecer y lo vemos vestido con las mismas calles, los mismos edificios,  iluminparque Calixto Rato 2013ado con la triste luz de siempre, pero las personas adultas que conocimos cuando éramos niños se han convertido en fantasmas, en cuerpos que se arrastran en la penumbra de sus días. Nos resistimos a creerlo y pensamos que es sólo un mal sueño, el fruto amargo de una noche febril que, una vez despiertos, se habrá disipado como se disipa la bruma al despuntar el día. Pero no es una pesadilla, es tan real como el niño que llevamos cogido de la mano y que nos recuerda que nosotros fuimos un día ese niño.

La dolorosa certidumbre del efecto corrosivo del paso del tiempo se evidencia también al recorrer determiandos espacios urbanos a los que nos sentimos especialmente apegados, como es el caso del parque del Cerillero o de Calixto de Rato, en el barrio gijonés de La Calzada, un espacio que acusó en exceso el tiempo transcurrido desde que en 1996 fuese objeto de un proyecto de reforma integral que le confirió las trazas que presenta en la actualidad. Es este un jardín histórico y el primer parque infantil creado fuera del centro de la ciudad de Gijón. Su historia es muy hermosa, es el relato del compromiso social, de la lucha en defensa de la mejora de las condiciones de vida (higiénicas y culturales) de los barrios obreros, de la fraternidad y el esfuerzo compartido, de la defensa de una utopía que, como todas, parecía inalcanzable. En 1915, en el industrioso barrio de La Calzada, un grupo de trabajadores miembros de la Sociedad Cultura e Higiene, decidieron crear un pequeño parque en el que la numerosa población infantil pudiera desarrollar sus actividades lúdicas al margen del pernicioso e insalubre ambiente de la calle, en un entorno grato en el que el niño pudiera entregarse al juego sin peligro alguno, “aspirar aires puros, cultivar la imaginación y el amor a lo bello”. Los promotores de la idea entendían que el parque debía ser una prolongación de la escuela, una suerte de laboratorio de salud y vida, muy necesario en un momento en el que la temida tuberculosis, la pandemia del proletariado urbano, causaba verdaderos estragos.parque Calixto de Rato_1915Para que los niños tomaran conciencia del valor de aquella iniciativa y se comprometieran en su cuidado, se les hizo partípices del proyecto, formándose cuadrillas infantiles de horticultores que colaboraron en las tareas de creación del parque. Esta iniciativa pedagógica y social también tuvo su correlato en el apartado jardinero, ya que las plantas, árboles y arbustos que le dieron vida fueron donadas altruistamente por el reconocido jardinero donostiarra afincado en Gijón Pedro Múgica, quien las entregó acompañadas de un cartelito que permitía su identificación. Esa solidaridad se hizo extensible a los empresarios Félix Costales y José Menéndez que cedieron los terrenos gratuitamente y a Santiago Nájera Alesón, destacado miembro de la burguesía local, que aportó el capital necesario para su ejecución.

parque Calixto Rato h 1960

A pesar de la enorme ilusión que esta experiencia pedagógico-social despertó en la ciudad, su virtualidad fue limitada en el tiempo, y apenas un lustro después de su concurrida inauguración, el “Primer Parque Infantil de Asturias” se ahogaba en el abandono por falta de recursos para su mantenimiento. parque Calixto de Rato_ 1990

A mediados de los sesenta, ya en manos del municipio, el espacio recobró la fisonomía de una zona verde pública, con la renovación del acompañamiento vegetal (sobre todo plátanos de sombra para el cierre perimetral) y la dotación de una mínina zona de juegos infantiles, conforme al proyecto del arquitecto municipal Enrique Álvarez Sala. Tres décadas después, el parque fue remodelado en profundidad bajo la dirección de los técnicos municipales Javier Uría, Bernardo Calabozo y Juan Carlos Martínez, que le dieron un nuevo aire al parque, en el que el agua cobró un protagonismo destacado como recurso ornamental. Sobre la base del mantenimiento del arbolado histórico, también se introdujeron nuevas especies arbóreas y arbustivas de carácter  ornamental que le dieron mayor calidez. Esta actuación, muy positiva en su momento, ha envejecido mal y el espacio pide una actuación que lo saque del tedio en el que está incurso. Un espacio con una historia tan hermosa a sus espaldas, y que sigue gozando del favor de los usuarios, bien merece otra oportunidad para devolverlo a la vida. El barrio lo agradecerá y sus vecinos más.

p. Calixto Rato 2013

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  1. #1 por maria luisa el noviembre 17, 2013 - 11:43 am

    Muy interesante, la parte històtica y revindicativa del parque Fernando VII más conocido como “Parque del Cerillero”. Con lo que no estoy de acuerdo,es con la parte emocional. Dónde se dice muy poéticamente, que las personas mayores, en otro tiempo llenos de juventud y proyectos, ahora marchitados por la vida; “se han convertido en fantasmas, en cuerpos que arrastran en la penumbra de su vida”.
    Mis padres son unas de esas personas. Los dos están enfermos de Alzheimer, pero jamás les consideraría unos fantasmas.
    La tristeza no reside en la vejez, reside en quién contempla la vejez, como algo caduco que ya no tiene nada que apotar ni capacidad para disfrutar, lo que le quede de vida.

    hitados por la

    vidaparecenfantasmas

    • #2 por elcuadernodelgeografo el noviembre 17, 2013 - 8:32 pm

      Estimada amiga, no pretendía ser ofensivo ni mucho menos, y estoy de acuerdo contigo en que los mayores tienen mucho que aportar. Yo no veo la vejez como algo oprobioso, ni a los ancianos, entre ellos a mi madre, como fantasmas. Lo que pretendía trasmitir es el dolor que produce el paso el tiempo que nos convierte en sombras de lo que fuimos.

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