El ladrón de palabras

En el interior de la tapa de su libreta de notas aparecía escrito, con letra decidida y clara, la conocida invitación a disfrutar de los libros: la lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren, frase que  había leído siendo estudiante en una revista especializada en literatura infantil y juvenil, y que no se había resistido a copiar. Como los carteles de saldo que cuelgan de los escaparates de las tiendas  cuya misión es reclamar la atención del paseante, la frase que colgaba de la contraportada de su blog pretendía ser una invitación, un ofrecimiento a sumergirse en un mar insondable, el dulce y sonoro mar de las palabras. Siempre se había sentido atraído por la musicalidad de determinadas palabras de las que desconocía su significado. Recuerda como siendo todavía un niño iletrado, cuando su madre le leía cuentos antes de acostarse, él se concentraba en memorizar aquellas palabras que le sonaban mejor, perdiendo interés por el resto del relato, lo que desesperaba a su madre, que hacía verdaderos esfuerzos por impostar la voz, acomodándola a la aparición de los sucesivos personajes para tratar de captar su atención. Las dotes teatrales de su madre nada podían contra la naturaleza de su persona. Como si de un encantamiento se tratase, repetía una y otra vez aquellas palabras inteligibles pero envueltas en un agradable sabor a caramelo que las hacía irresistibles. En su cabeza infantil, las palabras nuevas rebotaban como en un frontón impulsadas  por una sonora música de viento. Uno de los regalos que recuerda con mayor ilusión, fue su primer diccionario, una inesperada maroma que le permitió adentrase en el mar de las palabras sin temor. Aquel grueso libro contenía todas las palabras del mundo, o eso creía él en aquellas largas tardes de infancia cuando se entretenía leyendo aquella retahíla de significados dispares de palabras que se parecían tanto.

Con el tiempo comprendió que las palabras por si solas no valían nada, eran como hojas que el otoño arranca de los árboles, un simple y pasajero entretenimiento para el viento. Las palabras sólo son verdaderamente hermosas cuando permiten verbalizar o llevar al papel aquello que se piensa, cuando se convierten en piñones de un engranaje sin los cuales el movimiento es imposible, una quimera. Cuando se persuadió de ello, se dio cuenta de lo corto de su equipaje y decidió ponerle remedio llevándose a los ojos todos los libros que pudo leer, sin importarle la temática o el autor. Hay personas que se acercan a los libros buscando consuelo, otras que buscan simplemente ocupar la mente en un entretenimiento que consideran placentero, los hay que viajan a través de sus páginas ante la imposibilidad de hacerlo físicamente, y hay personas que se introducen en el poblado bosque de títulos y autores a la caza de argumentos con los que ratificar su modo de pensar y obrar. Él buscaba imágenes, metáforas, palabras dulces con las que alumbrar su pensamiento. A medida que leía, sentía una irrefrenable necesidad de anotar aquellas expresiones que le parecían más sugerentes, la misma necesidad que de niño le empujaba a repetir para sus adentros vocablos de los que desconocía su significado. La tarde resbalaba pegajosa, luz habitable, amanecía el día vestido con camisa de lluvia, cuerpos derrumbados, traspaís, amistoso desaliño…, y otras expresiones similares poblaban su cuaderno de tapas negras, componiendo una singular partitura que sólo tenía sentido para él. Así, sin pretenderlo y sin poder evitarlo, se convirtió en un cazador furtivo, en un ladrón de palabras ajenas.

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