El otoño del geógrafo

Siempre había pensado que la estación del año que más me gustaba era el verano. No por aquello de ser el periodo de las vacaciones, sino por el estímulo del buen tiempo, del calor, de la promesa de baños a la orilla del Cantábrico, de los días largos, y por lo común, luminosos. Sin embargo, a medida que uno se va encaminando hacia ese estadio de la vida que algunos ingenuos denominan madurez, y que en realidad no es más que un acumulo de años y de renuncias continuadas (aquello de ¿a qué derrota has llegado muchacho?) que nos empujan irremisiblemente por una vereda que cada vez se hace más angosta y cuesta arriba, muda de parecer, y el otoño, pasa a ocupar un lugar destacado en las preferencias estacionales. Salvadas las prevenciones que todo hipocondríaco lleva siempre prendidas de su alma como ese mandilón de nuestros infantiles días escolares que de tanto uso se convierte en una suerte de segunda piel (la gripe, los catarros y el asedio de otros virus que, como la marea, siempre termina por regresar a la playa), el otoño, lejos de provocar decaimiento y mal del alma, se convierte en un potente estimulante que aviva la imaginación y espabila los sentidos.

La sucesión de tiempos anticiclónicos, que nos hacen pensar que el verano, con su fogoso manto, se eterniza como el abrazo del amigo querido al que hace tiempo que no vemos, y de tiempos borrascosos, animados por el descuelgue de masas de aire frío asociadas al majestuoso Frente Polar, que, como buen jugador de mus, amaga en su pugna con el anticiclón de las Azores por ocupar un lugar de privilegio frente al teatro ibérico, no es sino una metáfora perfecta de la condición humana, con su sucesión de euforias y depresiones, de excentricidades y de rutinas cotidianas. Entre tanto, la luz en los días bonancibles se torna anaranjada y hace que el paisaje cotidiano parezca vestido de fiesta; una luz, que como escribió el poeta Juan Carlos Gea, se hace habitable. Es el momento de salir a la calle y beberse la ciudad con los ojos. De disfrutar del espectáculo multicolor que los árboles, tanto los de alineación como los recluidos en parques y jardines, nos brindan gratuitamente, antes de que el invierno con su gélida mano los desnude hasta la primavera siguiente. Es el momento de entretenerse a jugar con las primeras hojas caídas, deshojándonos de prejuicios y recuperando al niño que llevamos dentro. En Gijón, lo tenemos fácil, cientos y cientos pies moran en los alcorques de la ciudad. Tilos de hoja pequeña, (presentes en la trama de las calles de los barrios de Montevil, Pumarín, Tremañes), liquidámbares, con sus amplias hojas estrelladas que en esta época se tornan anaranjadas y rojizas, carpes (abundantes en el barrio de La Arena),  tulíperos de Virginia, latoneros, plátanos de sombra, arces, ciruelos rojos, fresnos, perales de flor, son algunas de las especies que compiten a la hora de vestir la red arterial con el ocre ropaje otoñal.

También es el momento de ataviarse convenientemente y, paraguas en mano, asomarse a la bahía de San Lorenzo a disfrutar de la soledad del paseo una vez que las masas de turistas han desaparecidoy los primeros chaparrones hacen su aparición tras un largo periodo de sequía. Sentir como las sedientas aceras del paseo reciben la lluvia con el mismo gozo con el que el sediento apura la última gota del vaso. Disfrutar del recio viento del oeste que empuja panzudas nubes grisáceas, nos moja la cara, y juega con nuestro paraguas como las olas juegan con los barcos que, a lo lejos, parecen colgados del horizonte.

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