Historias de la Asturias rural

Se sentía reconfortado, allí, en un rincón de la cocina, al calor de la lumbre, sentado en un viejo taburete frente a su abuelo. Desde que era muy niño, la figura de su abuelo Manuel le provocaba sensaciones contradictorias, a medio camino entre la admiración y el temor, como esos fríos súbitos que a veces se sienten en el verano tras una prolongada exposición al sol. Su apariencia física le infundía un poco de miedo. La perenne oscuridad de sus ropas, la boina siempre calada hasta el entrecejo que parecía una extensión natural de su propio cuerpo. La cara, expresiva y breve como un suspiro, estaba tan erosionada que parecía un edificio cuyas grieteas aventurasen una ruina inminente. La dulzura de sus ojos límpidos, empequeñecidos de tanto mirar al terruño y siempre humedecidos como los bordes de una alberca a punto de rebosar, contradecían la severidad de su mirada, tan penetrante y turbadora que enseguida obligaba a su interlocutor a echar los ojos al suelo. Sus manos, temblorosas como el cuerpo de un niño febril, y repletas de venas gruesas y azuladas como ríos, parecían la concreción material de su carácter, recio en extremo. A los ojos del niño, la leve cojera del anciano que le obligaba a apoyar sus pasos en una vara de avellano le confería un cinematográfico que él, aficionado a las películas del oeste, asociaba al bueno de Walter Brennan en Río Bravo. Por el contrario, su voz era cálida y atrayente como el fuego que alimentaba la cocina. No recordaba los besos que su abuelo Manuel, poco entrenado en exteriorizar sus sentimientos, le dio a lo largo de su vida, pero si recordaba perfectamente todas y cada una de las historias que le había contado.

¿Ves las tierras que están junto al camino de la fuente de Fuexo, las  que ahora están plantadas de escanda?, le indicaba apuntando con la vara de avellano. Son las suertes, antiguos terrenos ganados al monte que fueron divididos en parcelas o suertes y cuya utilización se sorteaba entre los vecinos de la aldea. Con el paso del tiempo la costumbre de rotar o sortear el uso de las mismas cayó en desuso y los llevadores de las mismas terminaron por hacerse con su propiedad. Mi padre Manuel, tu bisabuelo, las llevaba en foro, un tipo de contrato de arrendamiento muy antiguo por el cual pagaba al propietario una parte de la cosecha  que obtenía en ellas. Hace ya algunos años, cuando nuestra casería fue creciendo, pude comprárselas al Marqués de la Vega a través de su apoderado, pues el titular hacía muchos años que residía en Madrid. Es curioso, del gran poder que tuvo el marqués en el concejo, de cuyas tierras y caserías era casi el único propietario, sólo queda un viejo caserón medio abandonado y algunas tierras que nadie quiso comprar cuando puso en almoneda la mayor parte de su patrimonio. El poderoso marqués no es más que un recuerdo, una sombra del pasado, rumió el anciano para sus adentros sin poder evitar que su pensamiento fuese verbalizado y escuchado por el niño.

Abuelo, ¿el viejo castañeo que rodea ese prado tan empinado que llamas el Bravo del Monte, tan bien es nuestro?. Si y no, dijo el abuelo preparando una explicación para tan ambigua respuesta que tardó unos segundos en llegar. El castañeo formaba parte de la dote que recibió tu abuela cuando nos casamos. El terreno donde están plantados esos viejos castaños era comunal, es decir, de uso público, pero los árboles pertenecían a la familia de la abuela que fue quien los plantó en virtud de un antiguo derecho transmitido de generación en generación denominado derecho de poznera, que distinguía entre la propiedad del suelo y del vuelo. Conforme a este uso ancestral, el que plantaba los castaños, que eran marcados con un símbolo que permitía identificar al propietario, tenía derecho a disponer de los árboles y de su fruto en el espacio albergado bajo la sombra del mismo. Por cierto abuelo, ¿cómo se llamaban aquellos agujeros que había en el castañeo en los que se almacenaban los erizos de las castañas tapados con hojas y helechos para que se conservasen más tiempo los frutos?. Sin poder evitar una mueca de complicidad y satisfacción por el interés del niño, el anciano respondió: la corra.

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