La voz apagada

Con el final del verano, al recoger los trebejos playeros y hacer recuento de todas las cosas buenas que han acaecido, uno se da cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, de lo fugaz que siempre nos parece la felicidad, ese estado de ánimo tan pasajero y caprichoso como los avatares de la meteorología. A comienzos del mes de junio, el verano parece un mar insondable, un baúl repleto de planes y proyectos por realizar. Cuando llega septiembre, al tiempo que nos instalamos en la comodidad de lo cotidiano y los días bonancibles van tocando a su fin, la promesa de felicidad se va desliendo como la letra manuscrita sobre papel mojado. En esa suerte de catarsis estacional que provoca pasar la página del calendario y comprobar que todas las ilusiones se han quedado prendidas a la página anterior (que hermoso sería que las hojas del calendario fueran marcescentes como las del quejigo o roble carrasqueño), me he acordado de mi padre y de mi abuelo y me han venido a la boca las palabras del poeta León Felipe, “qué lástima que yo no tenga un abuelo que ganara una batalla, retratado con una mano en el pecho y la otra en el puño de la espada”.

Qué lástima que yo no tenga un abuelo, un abuelo que me regalase no un retrato antiguo o una casa solariega y blasonada, sino su tiempo, su compañía, su cariño, sus palabras…El tiempo pasa rápido, demasiado rápido. Para los más viejos, el tiempo no tiene medida, o por decirlo mejor, no tiene demasiado sentido; ya no hay prisa, se saben en la prórroga del partido, no importa su duración, es tiempo añadido. Para los jóvenes el partido aún no ha empezado, el camino siempre parece muy largo y, en cambio, el tiempo parece no pasar nunca. Entre ambas percepciones media un abismo, un hiato que lleva a la incomunicación, a la soledad. Qué estúpidos somos, preocupados en la cuadratura de nuestro pequeño mundo, guiados por el egoísmo, nos enrocamos en nuestra alcazaba y nos volvemos opacos para nuestros mayores sin entender que cuando la voz de un abuelo se apaga no sólo nos quedamos huérfanos de cariño, sino en una penumbra similar a la que produce la ignorancia. Ellos son la experiencia, la sabiduría paciente que da haber vivido muchas vidas en una sola. Nuestros mayores son el hontanar del que brotan todas las historias, una suerte de patrimonio inmaterial que debemos cuidar, cultivar y transmitir.

Si yo tuviese un abuelo me sentaría frente a él en un rincón de la cocina, y, al amor de la lumbre, me dejaría llevar por los vericuetos de su memoria. Le miraría a sus ojillos color de miel, cansados y siempre húmedos como la arena bañada por la marea, y le preguntaría por los paisajes de su infancia, por las mujeres que amó, por las casas que habitó, por los trabajos que desempeñó. Le preguntaría por los nombres de los árboles, por el significado de la vieja toponimia rural, por su viaje a Santiago de Cuba en busca de fortuna y su retorno a la patria chica, pobre, enfermo y cansado. Le preguntaría por el hórreo que se yergue en la quintana, por su vida en la pequeña villa industrial de la cuenca del Caudal tan distinta de su aldea. Qué lástima que yo no tenga un abuelo…

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