Domingo de rastro

Resulta curioso comprobar la fidelidad con que algunas personas cumplen con los ritos, con los esos gestos atávicos que nos unen al pasado con la insistencia con la que el mar retorna a la playa y moja las arenas bronceadas por el sol. En Gijón, uno de esos ritos que nos reconfortan con la nostalgia del pasado es la visita dominical al rastro, ese territorio de límites imprecisos y asiento móvil, en el que los objetos de compraventa se muestran a ras de suelo, como queriendo mostrar con su disposición rastrera su bajo coste, o en tenderetes de rápido y fácil desmontaje. No resulta extraño el apego del gijonés a esta fiesta multicolor donde todo está en almoneda, a esta cartografía de colores, olores y formas dispares, si se tiene en cuenta el carácter comercial que desde siempre tuvo la villa, con un ojo puesto en el mar, puerta de Gijón al mundo, y el otro en la trastienda, en las verdes afueras de donde provenían la mayoría de los productos con los que alimentar el comercio que se giraba desde la localidad. Los arqueólogos han documentado el alma comercial de los primeros pobladores de Gijón, los cilúrnigos, que desde la atalaya de Torres trajinaron con sus piezas de orfebrería con pueblos muy alejados de las costas cantábricas. Una vocación que se ha mantenido a lo largo del tiempo, transmitida como se transmiten las cosas que importan, lenta pero insistentemente, como la lluvia mansa de abril que parece que no moja y termina por hacer rebosar las albercas.

El mercado dominical, del que aparecen referencias en los libros de Actas del municipio ya en 1658, forma parte de esa esencia feriante del gijonés. Como también lo forman las populares tiendas al aire, tenderetes de madera que se instalaron en la década de 1870 en el entorno de la plazuela de San Lorenzo, frente al Mercado de la Pescadería, en los que se mercaban telas, quincalla y otras bagatelas. Tras la conversión en parque público de los antiguos terrenos de la fortificación situados a poniente de la Fábrica de Vidrios, el rastro dominical pasó a instalarse en esta zona conocida como paseo del Velódromo. El mercado callejero arraigó en el lugar hasta los años veinte, cuando la presión urbanística obligó su traslado al cercano Humedal. Cuentan quienes tienen recuerdo de su estancia en esta parte de la ciudad, que el rastro del Humedal fue el rastro de la posguerra, del Gijón lastimero y menesteroso que luchaba por sobrevivir tirando con lo justo. El de los charlatanes y traperos, el de las vendedoras de aldea que trataban de colar sus productos sin pasar por el fielato, el de los objetos variopintos y multiuso desparramados sobre mantas tan raídas y renegridas como los rostros de estos tratantes de la miseria. Era el rastro que traída de cabeza al doctor Avelino González, apesadumbrado al ver sus queridos olmos maltratados por animales, merodeadores y feriantes, harto de tanta mugre al pie de su querida Gota de Leche.

Para mí, el rastro no es el que hoy ocupa la trastienda del Palacio de los Deportes de La Guía y al que acudo de vez en cuando en busca de algún pequeño tesoro en forma de libro distraído de alguna biblioteca en saldo, sino el de mi infancia. Aquel que ocupó el tercer puesto en el largo viaje hasta un emplazamiento estable del mercado dominical. Mi rastro es el que extendió sus reales en Pumarín, en la parcela que hoy ocupa el centro de salud de Severo Ochoa y los solares vecinos. Cierro los ojos y me veo esquivando el gentío para ir en busca del tenderte de los encurtidos, que con su avinagrada fragancia, dibujaba en el aire un camino fácil de rastrear o atento a la voz cascada que, envuelta en una bata blanca de algodón, pregonaba caramelos de menta y almendras garrapiñadas, delicias que alguna vez mi padre se avenía a comprar por haberme portado como un santo en misa. También recuerdo los charcos, profundos como simas, provocados por el trasiego de los camiones que usaban estos solares como aparcamiento. Aquellos domingos del rastro de mi infancia tenían un aire que recordaba a las películas de Fellini. Una puesta en escena a medio camino entre la ensoñación y el realismo más descarnado, una tramoya que juntaba actores tan dispares como el vendedor improvisado que mostraba sus cortas existencias de objetos inservibles en cajas de fruta y los jóvenes militantes de Contrueces que ofrecían, a veinte duros, la fraternidad proletaria del Mundo Obrero. Quizás sea esta atmósfera la que hace imborrables esos recuerdos. Quizás este domingo vuelva al rastro.

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