Héroes silenciosos

Llegó a la ciudad una primavera lluviosa y fría. Puede que fuera el mes de abril, pero ya no lo recuerda muy bien. Lo que si recuerda son la lluvia y el frío, esa heladora humedad tan propia de las ciudades cantábricas que se mete por los huesos con la eficacia de una puñalada que se sabe mortal. No es que en el pueblo no lloviese, pero la soledad y desamparo que producía verse en una ciudad extraña, hacía más intensa la sensación de frío y humedad. Era como si la desgracia familiar se hubiese convertido en una masa gélida y húmeda que alguien arrojase del cielo. Llegó cargada de hijos y de ilusiones rotas, pero con la esperanza de encontrar un futuro para sus hijos y para si misma. Al bajarse del tren en la estación del Norte, tras hacer recuento de pertrechos y de vástagos, se encaminó hacia la pensión que le había recomendado una voz amiga en el pueblo. Casi al final de calle de los arcos, que según pensó sobre la marcha, tenía un cierto parecido a las que se veían en las postales que su marido le había girado desde París, encontró las señas que traía anotadas en un trozo de papel, tan arrugado y romo, que parecía haber sido arrancado violentamente de la libreta pautada a la que pertenecía. La casa, de dos alturas y buhardilla, lucía en su fachada principal unos llamativos miradores de hierro fundido repartidos a ambos lados de varios balcones de antepecho. Los adornos de la renegrida fachada insinuaban un esplendor que hacía mucho tiempo que se había marchitado. Era como si el pasado burgués de la vivienda hubiese quedado sepultado por el presente industrial, tiznado por la carbonilla y el hollín procedente de los humos de las fábricas.

 

Pensó en todas estas cosas en otra primavera más cercana, también lluviosa y fría, cuando su hijo Luis, el pequeño de la familia que ya rondaba los cincuenta, se presentó en casa anunciando que se había quedado sin trabajo, y que, si no tenía inconveniente, él, su mujer y el niño, se vendrían a vivir a su casa para intentar minimizar los gastos mientras durase el infortunio laboral. Al explicarle la idea de cerrar la casa durante una temporada para capear el temporal, Luis esbozó una sonrisa un tanto forzada que a ella le recordó la mueca delatadora que siempre colgaba de su cara infantil cuando, de niño, trataba de librarse de una reprimenda por alguna de sus habituales trastadas. ¿Te acuerdas mamá?. Será como en los viejos tiempos, cuando nos instalamos en Gijón, en aquella vieja casa de los miradores en la que compartíamos cocina con aquella familia. ¿Cómo se llamaban?, ¿los González?. Yo era tan pequeño que apenas me acuerdo de sus caras, pero sí recuerdo las voces que había en aquella casa con habitaciones convertidas en verdaderas viviendas unifamiliares. Ella mueve la cabeza y le contradice una vez más: no puedes acordarte, te apropias de los recuerdos de tus hermanos; cuando vivíamos en Marqués de San Esteban aún no habías nacido. Era una especie de juego materno filial que solían practicar a menudo cuando Luis vivía en casa. Él enunciaba recuerdos que no eran suyos y su madre le corregía con cariño, como al niño que empieza a leer y se le repiten las palabras mal leídas.

Lejos quedan ya los tiempos de la escasez, esquinados por el trabajo que ella encontró en una de las fábricas conserveras del barrio alto. Para asegurar el sustento de los suyos, durante años cosió por las noches para compañeras y vecinas, porque el salario de la fábrica no alcanzaba para hacer frente a todos los gastos. Por aquel entonces, la  economía doméstica era como una manta tan corta que, por más que se estirara, nunca alcanzaba para tapar los pies. Nunca se sintió una persona especial, sólo una mujer resuelta que trataba sacar adelante a su familia. A ella le tocó también cuidar de la abuela, que se había venido del pueblo para echar una mano con los chiquillos; criar a sus hijos, y cuando se jubiló, hacer nuevamente de madre para los nietos. Ahora, en el agosto de su vida, una exigencia más que asume con la resignación de quien sabe, porque la vida se lo ha enseñado, que no se puede esquivar lo inevitable. Sin saberlo, forma parte de un ejército invencible, el las madres que nunca abdican de su razón, integrantes de una generación perdida de héroes silenciosos.

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  1. #1 por Modesto Fernández el mayo 9, 2012 - 12:21 pm

    Te sigo desde hace tiempo desde tus libros,punto de referencia y consulta para alimentar las entradas de mi blog, desde tus articulos en la Nueva España y ahora desde este blog que me parece una joya; tan sencillo y lleno de sensibilidad hacia los paisajes que nos rodean o los que ya desaparecieron y solo están en la memoria. Un saludo Javier (perdona el tuteo). Mou.

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