Mercaderes de las golosinas del alma

Leo en la prensa que un profesor de geografía con quien tuve escasa relación cuando estudiaba había pronunciado su lección jubilar. Reconozco que me interesó más el rito universitario, aquello de que el catedrático se despidiese simbólicamente de sus alumnos con una última lección magistral, que el hecho del retiro de la docencia de un profesor al que nunca estuve en mucha estima, ni por sus métodos didácticos, ni por su forma particular de entender y abordar la disciplina, ni por el trato, un tanto displicente, con que despachaba a sus alumnos. Este profesor, que se parapetaba detrás de una máscara de excentricidad un tanto rebuscada, era, sin duda, un profundo conocedor de la materia que impartía, y en cada clase derrochaba entusiasmo, pero nunca llegó a empatizar con sus alumnos, y nunca llegó a crear escuela, al menos, yo no conozco a nadie que se sintiera atraído por la geografía por su intermediación.

Margarite Yourcenar, en su famosa novela Las memorias de Adriano, escribió que el más grande seductor no era el hermoso general Alcibiades sino Sócrates. No le faltaba razón; no hay en este mundo mayor encantamiento que el producido por la voz del maestro que nos enseña algo que desconocíamos, de aquel que nos ayuda a pensar, a ver el mundo que nos rodea con otra mirada, con la mirada inquieta de quien busca sin todavía tener la certeza de adónde mirar. El verdadero maestro es aquel que, sin proponérselo, hace de nosotros alguien que no éramos, y aquí radica ese poder de seducción al que aludía Yourcenar, ese que nos mueve a compartir un camino, un itinerario que haremos también nuestro. A convertirnos en epígonos de una causa de la que más adelante enarbolaremos sus estandartes.

Creo que hay muchos profesores, algunos muy buenos, pero muy pocos maestros. Es más, uno puede pasarse toda la vida estudiando y no toparse con ninguno. A lo largo de mi periplo estudiantil, yo tuve la suerte de conocer a tres, de los que siempre guardaré recuerdo. En la Escuela de Magisterio tuve la fortuna de asistir a las clases de geografía de Mari Carmen Fernández, una mujer rocosa, exigente y entregada a la enseñanza de la geografía. La pasión que ponía en sus clases y su arrebatadora personalidad fueron la añagaza perfecta para despertar mi interés por la disciplina y plantearme ser geógrafo. Sobre esos cimientos,  y también en la Normal, la catedrática Charo Piñeiro comenzó a levantar los muros de un edificio que se apuntalará tiempo después. Charo era una maestra de las de la antigua escuela; culta, exigente, trabajadora incansable, y muy preocupada porque sus alumnos asimilaran los conceptos básicos, algo que solía conseguir a través del entusiasmo que ponía en todo aquello que abordaba. Pertrechada con unas gafas oscuras que ocultaban unos ojos dulces e inquietos, la recuerdo feliz, con la cara iluminada  como una niña que estrena vestido nuevo, repasando la sucesión de las rías gallegas, mientras se veía a sí misma caminando sobre las graníticas arenas de la playa de La Lanzada. Cierro los ojos y la veo encaramada a la tarima, braceando como un náufrago en trance de ahogarse, explicando el desplome del frente polar y su incidencia en el clima asturiano o recitando, con voz cadenciosa y un poco atropellada, poemas de Machado vestidos con la dulce melodía del geógrafo: grises alcores, cárdenos roquedos…Sin saberlo, y supongo que sin pretenderlo, con su magisterio, Charo Piñeiro me abrió de par en par las puertas de la geografía.

Citar a Francisco Quirós Linares, el tercer gran maestro con el que tuve la fortuna de toparme ya en la Facultad de Geografía e Historia, da cierto pudor. El profesor Quirós Linares, es una figura esencial en el devenir de la geografía española contemporánea. Maestro directo de renombrados geógrafos, con su labor paciente y abnegada, no sólo renovó la metodología en el quehacer geográfico, sino que ensanchó considerablemente los horizontes de la propia disciplina. Su irónico sentido del humor, que en ocasiones le llevaba a lancear a sus alumnos como si fuesen muñecos de trapo para espolear su ingenio, su voz desgastada y carrasposa, la hondura de sus pensamientos y la claridad de sus palabras, hacían de sus clases algo mágico, especialmente cuando se apartaba del guión establecido para adentrase en los avatares del siglo XIX, periodo que conocía tan bien como su extensa y variada biblioteca. Lamento no haber podido disfrutar más de su magisterio  (compartir salidas al campo, trabajar bajo su dirección), aunque siempre me quedará el refugio de sus escritos, que no dejan de ser una prolongación de su pensamiento y de su buen hacer científico.

Desde siempre, los maestros, esos mercaderes de las golosinas del alma, consciente o inconscientemente, han marcado el rumbo de muchos destinos, han sido candelas con las que se alumbraron caminos que se hallaban envueltos en esa extraña luz que precede al amanecer…

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