El último ferreru de Fano

Caminaba a paso tranquilo, como quien se siente conocedor de todos los caminos de la vida por haber tenido tiempo, a sus rayanos noventa años, de haberlos recorrido casi todos. Con ese paso seguro que siempre acompaña a quien ya no tiene prisa, pausaba las palabras apoyándose en una firme vara de avellano, una suerte de extensión artificial de su propio cuerpo que denunciaba una avanzada edad que no se correspondía con su aspecto exterior. Como hacía su padre, y antes que su padre su abuelo, calzaba madreñas, unas madreñas tan gastadas por el uso diario en la antojana, en la huerta de detrás de casa y en la cuadra, como sus manos, ajadas ya de tanto trajinar.

 

 

 

 

 

 

Su voz era firme pero agradable, y como ocurre con todos aquellos que tienen mucho que contar, en seguida presta a entablar conversación. Mirando al viejo potro, que como una pieza de museo presidía un bonito rincón de la quintana, pensó para sus adentros con nostalgia: el oficio de ferreru lo aprendí de mi padre. Al pronunciar esta sentencia, cual si fuera un reo sentenciado a muerte, sus viejos ojos, humedecidos por el cansancio de mirar siempre lo mismo, se encendieron como luceros y una mueca de juventud cubrió por completo su cara bonachona. Aunque ya no lo parezca, Fano era, hasta no hace mucho tiempo, una parroquia rural; hasta que los chalets y las viviendas unifamiliares de moderno diseño ensombrecieron a las sencillas pero robustas casas mariñanas de siempre y los hórreos dejaron de ser fecundos graneros, símbolos de la riqueza de una casería, para convertirse en improvisados garajes o en trasteros alzados del suelo sobre cuatro pies en una suerte de acrobacia arquitectónica que todavía asombra por su eficacia. Así era, recalca; antes en todas las casas había ganado que era preciso ferrar: vacas, burros, caballos. Era un oficio el de ferreru muy valorado en la comunidad, pues el ganado, como las personas, no podía andar descalzo o mal calzado, dice orgulloso mientras sonríe ante la ingeniosa comparación. Cuenta que de su padre, que también construyó el imponente tejaroz de madera que cubre la parte delantera de la tenada y que le confiere un aire singular a la construcción, aprendió a sanar a las vacas, tratándolas con hierbas escogidas, que él mismo recogía en el monte cercano, un monte en el que todavía no había eucaliptos como ahora.

El último ferreru de Fano, el amable conversador que solícito entrega su libro de memorias para quien quiera leerlo, también fue aprendiz de sanador animal. Quizás aquellas madreñas que vi tendidas en la solera de la casa, no fuesen sino unos zapatos mágicos de noble madera, tan noble como la que sustenta el armazón de este venerable anciano vecino de la parroquia gijonesa de Fano.

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