Inventario de ausencias

Para quienes tenemos ya cierta edad, comienza a ser una necesidad recurrente volver la vista atrás y hacer recuento de ausencias. Hacemos recuentos sentimentales, de seres queridos que ya no están, aunque sus palabras sigan acompañándonos cuan largo sea nuestro caminar. Hacemos recuento de ideas y de pensamientos, que un día fueron nuestros, y que hoy forman parte de alguien que ya no somos. Hacemos recuento de objetos y de materiales que un día estuvieron presentes en nuestro pequeño mundo y que desgraciadamente, ya no están.

Cuando nos referimos al patrimonio, el catálogo de ausencias puede ser tan largo y exhaustivo como diligentes y aplicados seamos en el inventario. Aquella placa de calle de loza vidriada que anunciaba el nombre del ilustre titular de la vía en la que nos criamos, aquel número de portal, grabado en azul cobalto en un azulejo que lució en el pórtico de la casa desde mediados del siglo XIX; aquella muria de piedra en la que nos encaramábamos para alcanzar las manzanas prohibidas; aquel viejo hórreo que durante doscientos años se sintió dueño de la quintana, presumiendo de la solvencia de sus pétreas piernas; la popular ciudadela con su algarabía de usos comunitarios.

En este inventario personal de ausencias, ocupa un lugar destacado el viejo polvorín de Pumarín, no por su valor arquitectónico o militar, sino por ser un elemento extraño incrustado en el cuerpo de un barrio como una esquirla de metal en la pierna herida del soldado. El almacén de pólvora y su cuerpo de guardia fueron levantados en 1853, en unos predios rurales de la parroquia de Tremañes, que el ramo de Guerra había adquirido a los marqueses del mismo nombre en 1.157 reales de vellón, en lo que hoy serían terrenos del barrio de El Nuevo Gijón. El polvorín, de planta rectangular, estaba cercado por un muro protector distante del edificio 200 metros, y en el que se adosaban las dos garitas de vigilancia dispuestas en los extremos del mismo. Por evidentes motivos de seguridad, el conjunto se hallaba retirado de todo núcleo habitado, teniendo como acceso un camino de servicio que partía de la carretera de Gijón a Oviedo. La dotación militar que lo custodiaba estaba integrada por 4 soldados y un cabo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 1903, el Ejército trató de enajenar este modesto arsenal, proponiendo el traslado de la pólvora a las baterías emplazadas en la población (en el cerro de Santa Catalina) o a la fábrica de Trubia. La venta quedó frustrada, pues en 1923, por Real Orden, se dispuso de nuevo su enajenación, al considerarse que ya no cumplía con las necesidades del servicio. Propiedad del Ejército o de titularidad particular, el viejo y arruinado depósito de pólvora se mantuvo en pie hasta la década de los noventa, sirviendo de improvisado parque de recreo para la aventurera tropa infantil del barrio, y de refugio de enamorados que buscaban, en la soledad de las ruinas, el calor de los cuerpos. Del polvorín de Pumarín no ha quedado rastro; el nombre del camino que le daba acceso fue apeado de la cartografía oficial con la misma impiedad con la que el crecimiento superficial del barrio del Nuevo Gijón fagocitó sus restos materiales. El polvorín de Pumarín es hoy, tan sólo, material de inventario en la memoria de los más viejos y polvo en los papeles del archivo.

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  1. #1 por Siddid Srivastava el enero 31, 2013 - 6:06 am

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