Viajero en Gijón

Desde siempre las ciudades han sido objeto de interés y fascinación. Escritores, historiadores, geógrafos, pintores, sociólogos, arquitectos, se han afanado en entender y explicar (cada cual a su modo y condicionado por la visión desde su particular atalaya y por el peso de sus maletas) el ser de la ciudad; ese misterio que alimenta el fuego de la fascinación por ese artificio, en el que la historia y el espacio se funden para adquirir corporeidad.

De las ciudades asturianas, una de las más beneficiadas por el acumulo bibliográfico, en expresión del escritor José Antonio Mases, es, sin duda, Gijón. Mucho y bien se ha escrito sobre la muy paseada y querida villa de Jovellanos, pero, quizás, la obra más hermosa de cuantas tienen por protagonista a la capital marítima del Principado de Asturias, sea Viajero en Gijón, del poeta  y periodista Juan Carlos Gea. Este autodefinido foriatu, gijonés natural de Albacete, que ha arraigado en la ciudad con tanta fidelidad y determinación como las seculares palmeras de los Jardines de la Reina, desnuda la ciudad con la sensualidad y el rigor con la que los árboles se desprenden de sus hojas otoñales. Poeta de lo cotidiano, su mirada inteligente y su verbo esquinado y barroco, hacen que el libro se expanda ante los ojos y el entendimiento del lector, como la espuma del mar se desparrama sobre el arenal del San Lorenzo al capricho de la marea.

He vuelto otra vez a su lectura buscando imágenes con las que llenarme de Gijón, y he encontrado un libro ingenioso, reflexivo y rebosante de visones luminosas y sugerentes, como cuando describe el final del veraneo gijonés “…cuando se repliega el último bañista, desaparecen las casetas y los escenarios de calle y la gloriosa luz de septiembre deroga la calina” o cuando positiva, como si de una fotografía analógica se tratase, el atractivamente caótico paisaje del occidente gijonés caracterizado por “el populoso y cordial desaliño de los barrios obreros”. Son sólo dos ejemplos, entre otros muchos, en los que se advierte como el poeta se bebe con los ojos la ciudad hasta embriagarse de ella.

Gea se adentra en su Aleph particular sirviéndose de un ingenioso artificio literario, que lleva a tres viajeros a ingresar en la ciudad por tres puntos distintos (oeste, este y sur). A partir de sus descripciones, que confluyen como si se tratase de un lienzo paisajista de Patinir, el autor construye o reconstruye su ideograma de la ciudad, cerrando definitivamente el mapa, una y mil veces abierto, que le acompañaba en sus primeras correrías urbanas. Gea, ya no necesita “esa prótesis para suplir la ausencia de toda memoria del lugar”, pues con la precisión y la paciencia del cartógrafo, ha levantado su propio callejero mental. Ante su plan particular de ordenación urbana desfilan el mar, la playa, El Musel, la arquitectura, los barrios. Un carrusel multicolor que da vida a este atlas personal, que nos permite, como la niña del poema de Alberti, viajar con el dedo de un confín a otro de la ciudad.

Dice el poeta que toda ciudad es una ciudad sitiada, que se defiende de un cerco que acabará por tomar sus defensas. Sin duda, Gijón, no aguantó el cerco al que Juan Carlos Gea la sometió y terminó por entregarse, entregándole también sus más íntimos secretos.

Viajero en Gijón. Atlas personal de una ciudad del norte, fue editado por Trea, en diciembre de 2010.

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