Retrato de una maestra

En muchas ocasiones me he sentado delante del papel a intentar dibujar con palabras su retrato, confiando en que el poder evocador de la palabras obrara el milagro y la memoria no jugase conmigo a ese juego tramposo de reinventar el pasado. Asumiendo que la memoria es siempre invención, el torrente de recuerdos y de emociones encontradas era tan potente que resultaba imposible darle cauce. No había forma de enhebrar los recuerdos para que su acúmulo no entorpeciera el trazo y  se emborronara el dibujo. Sólo el tiempo, como la fina lluvia que empapa el campo sin llegar a encharcarlo, terminó por hacerlo posible.

La conocí siendo un joven estudiante de Magisterio que traspasaba con ilusión un umbral sin saber muy bien qué era lo que me esperaba tras la puerta. En las primeras sesiones, nada hacía presagiar que la Universidad no fuera sino una anodina continuación de los estudios de bachiller. Hasta que un día acudí a una de sus clases de geografía. La atmósfera era distinta a la del resto, quizás por el humo torrencial de sus Chesterfield sin boquilla que animaban la sesión como los rótulos de neón de los prostíbulos de las carreteras secundarias, o, quizás, simplemente, por su arrolladora presencia. Su larga y trasnochada melena, herencia de una juventud rebelde y contestataria, no lograba esconder un rostro enjuto, de mirada severa y escrutadora, en el que el peso de los años y de una vida apurada hasta el extremo, se abría paso entre una máscara de maquillaje que parecía más una fachada protectora que un aditamento de belleza. Su corta estatura y su extrema delgadez la hacía parecer una mujer frágil, como erosionada por una larga exposición a la intemperie, pero su voz, rocosa y firme, hablaba de una mujer granítica y difícilmente maleable.  Sus manos eran menudas, escuetas, pero muy vivaces, y tan pronto apagaban contrariadas un cigarro como dibujaban en el aire notas musicales con las que acompañar una explicación.

Mujer de amplia cultura, su fina ironía de maestra de escuela, que acompañaba siempre por un atisbo de sonrisa, era tan lacerante como su mal genio, que la hacía escupir improperios con el virtuosismo de un músico profesional. Beligerante y dogmática, estaba tan acostumbrada a tomar partido que para ella no existían los tonos grises ni las medias tintas, lo cual no dejaba de ser una novedad en el insulso mundo de la  Normal.

Ella era diferente y sus clases también. Recuerdo vivamente la primera  a la que asistí, que dedicó a filosofar acerca del sentido de la vida sin hacer alusión alguna a la asignatura que impartía, tomando como hilo conductor un artículo publicado en el diario El País, su periódico de cabecera. Se trataba de toda una declaración de intenciones o, al menos, así lo percibí en aquel momento. Detrás de su caricatura de Nefertiti se escondía una mujer inteligente, sensible y entregada a la enseñanza de la geografía, disciplina que amaba y respetaba profundamente. Sus métodos pedagógicos eran tan persuasivos como su propia persona: exigencia, disciplina y trabajo. Para estar a su altura era preciso estudiar, estudiar de verdad. Sus clases de geografía pasaron a convertirse en auténticos retos de superación personal. Con todo, a muchos de sus alumnos, la pasión con la que enseñó geografía nos situó en un camino de no retorno. Con su particular magisterio nos mostró que había otras maneras de ver y entender el mundo y que era mejor tomar partido que ser un espectador privilegiado.

A estas alturas, cada vez estoy más convencido de que la vida no es más que un largo camino en el que a trechos se asoman otros caminos, otras vidas que en un momento dado se juntan con la nuestra para compartir parte del viaje. El tramo que recorrí con mi maestra lo recuerdo como uno de las más intensos y gratificantes de mi vida estudiantil.

Mari Carmen Fernández falleció en Oviedo en agosto de 2001 tras una larga enfermedad que la fue carcomiendo sin piedad. No dejó la docencia hasta que las fuerzas la abandonaron por completo. Este texto pretende ser el adiós que no pude darle.

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  1. #1 por alvaeo el enero 20, 2012 - 9:15 am

    Brillante homenaje.

  2. #2 por Alberto el febrero 3, 2012 - 8:13 am

    De las personas que dejan huella para siempre. Bonito recuerdo a su figura.

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