Mi barrio

Dicen que la patria está en la infancia. La mía está en un barrio de esos que dicen de aluvión, surgido en los años setenta en mitad de la nada para acoger a los obreros que venían a Gijón a trabajar a Uninsa, luego Ensidesa, y que en mi casa siempre fue nombrada como “la fábrica”, aunque bien pudiese haber sido la “casona”, pues en ella pasaban sus días y sus noches buena parte de los integrantes de la familia, empezando por mi padre, que recordaba los primeros desplazamientos en autobús a la factoría siderúrgica de Veriña como auténticas odiseas, en las que no era infrecuente tener que apearse del vehículo porque éste había quedado atascado en un gigantesco lodazal.

Quizás por la precipitación con la que fue concebido, recuerdo mi barrio como a medio hacer, como esos trajes de carnaval confeccionados a base de retales cosidos burdamente. Las calles parecían trazadas con desgana, con esa pereza que lleva a la irracionalidad urbanística de generar calles interiores, opacas a la vida de las arterias principales, con edificios en construcción aquí y allá, custodiados por broncos vigilantes que infundían pavor con su sola presencia. Un barrio en ebullición, en el que se vareaban los colchones de lana, habitado por un crisol de personajes variopintos procedentes de todos los rincones del país, en el que los edificios crecían rápido, muy rápido, como plantas abonadas en terreno fértil. Los bloques parecían dispuestos sin aparente orden ni concierto y entre ellos había numerosos solares baldíos, agrestes descampados, que vistos a los ojos de los niños eran sugerentes campos de batalla, calmos lagos en los que pescar renacuajos o improvisados terrenos de juego en los que ejercitarse en los rudimentos de la práctica balompédica. Territorios salvajes a colonizar, elementos de una cartografía sentimental que permanecen anclados en un rincón de la memoria como lanchas de pesca en los pantalanes de los viejos muelles. Una geografía con límites precisos, impuestos por el propio desarrollo de la ciudad. Dos calles más al sur de la mía, una grúa de obra varada como una inerte ballena de metal, marcaba la frontera en la que Gijón se entregaba al campo, en la que las calles se tornaban en caminos orillados por prados y los edificios de ladrillo rojizo o amarillento dejaban paso a casas de labranza y viejas vaquerías que vendían leche a domicilio. Algunos vecinos del barrio se reconciliaban con su pasado rural en estos parajes cercanos a la barriada de Roces, en los que el olor a estiércol impregnaba el ambiente con una tibia persistencia.

Con los ojos de la infancia nunca percibí la fealdad de mi barrio: la abigarrada y caótica sucesión de monótonos edificios que competían en altura por capturar un poco de luz, las calles rebacheadas, las estrechas aceras de minúsculas baldosas grisáceas, las farolas adosadas a las paredes de los edificios que irradiaban una luz tan mortecina y triste que apenas alimentaba la propia sombra. Los ojos que ven su fealdad no son los del niño que fui, sino los del adulto que no se ve reconocido en los niños que juegan despreocupados en la calle, o, acaso, en mi barrio ya no hay niños, o, acaso, éstos ya no juegan en la calle.

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