Los árboles, esos viejos amigos

No le faltaba razón doctor Avelino González (famoso y querido en Gijón por haber impulsado instituciones de tanto impacto social como el Instituto de Puericultura, conocido popularmente como la Gota de Leche, y el Hogar Maternal e Infantil) cuando afirmaba que después del hombre lo más hermoso que había creado Dios era el árbol. En la ciudad, los árboles  dan vida al viario público, mitigan la polución acústica y ambiental, visten nuestras calles de color y acompañan nuestros pasos por la inhóspita ciudad, haciendo más agradable y saludable cualquier desplazamiento a pie dentro del espacio urbano.

Más allá del papel ornamental y medioambiental (“libran de las inclemencias del sol y los vientos, templan y refrescan los aires destemplados del invierno y el verano”, escribió Jovellanos ya en el siglo XVIII), los árboles contribuyen a dignificar las calles en las que están presentes, a dotarlas de personalidad. Me atrevo a aventurar que esto es debido a que los árboles están dotados de una peculiar facultad que hace que adquieran cualidades propias de las personas, una suerte de prosopopeya natural que los convierte en seres únicos. Solo hace falta reparar en ellos para advertirlo.

 Hay árboles solitarios, poco habladores, que huyen de las compañías desagradables y buscan refugio a la orilla de cualquier arroyo que refresque sus pies y halague sus oídos con el dulce rumor de su rima asonante.

Hay árboles pacientes, tranquilos, que se yerguen a la vera del camino como esperando a ese compañero de viaje que nunca acaba de llegar.

Hay árboles perezosos, cansinos, que prefieren recostarse sobre el verde manto y dejarse llevar por el tedio, sin preocuparse si quiera por el paso del tiempo, como quien sabe que su reloj atrasa sin remedio.

Hay árboles que se reúnen en grupo, como fraternales amigos, y alzan los brazos al cielo para celebrar la llegada del frío invierno, mostrando sin pudor su cándida desnudez.

Hay árboles orgullosos, robustos, que soportan sobre sus hombros el peso del mundo sin más esfuerzo que afianzar sus pies sobre la tierra.

Hay árboles cariñosos, dulces, que abren sus brazos para dejar que nos estrechemos contra su pecho como una madre amorosa que consuela a su pequeño.

Hay árboles cuya ausencia se siente con el desconsuelo de quien ha perdido a un viejo amigo.

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