Álvaro Cunqueiro. La personalidad geográfica de un gran fabulador

En este año en curso se cumple el centenario del nacimiento de uno de los autores más importantes y singulares de la literatura, tanto en gallego como en castellano, del siglo XX, Álvaro Cunqueiro. Natural de la villa lucense de Mondoñedo, un hermoso conjunto urbano que parece  dormido a la sombra de su sobria catedral, donde a decir de otro reconocido gallego, el geógrafo Otero Pedrayo, su espléndido rosetón gótico brilla siempre con luz de sosegada tarde. Está fuera de toda duda que los ojos de Cunqueiro se llenaron de luz contemplando el verde valle que envuelve su solar natal y que su intrincada historia, tan enmarañada como su callejero sombreado por tejados de pizarra, alimentó su alma de fabulador. No parece descabellado pensar tampoco que el olor de las ollas de su niñez, le prepararon los sentidos para disfrutar de otra de sus pasiones, la buena mesa.

El autor de las Crónicas de Sochantre y de las Mocedades de Ulises, el viajero incansable por los graníticos caminos de su querida tierra, prestó siempre mucha atención al paisaje de Galicia, no como un mero recurso estético o un alarde de prosista virtuoso (arte el de la prosa que dominó con  elegancia y maestría) “sobre la oscura violeta de las cumbres rompe sus oros el tejal, y en las hirsutas carballeiras el aire canta ronco”, sino con una clara resonancia geográfica. Para Cunqueiro, como para otros muchos ilustres galleguistas nacionalistas como Vicente Risco, el citado Otero Pedrayo o Castelao, el paisaje era la expresión misma de la historia y de la identidad gallega. Los hombres del campo y del mar, que representaban la esencia de la cultura gallega, están tan presentes en su obra como los muros de piedra que alindan los viejos caminos de Galicia. Unos caminos que el novelista y dramaturgo recorrió a paso lento, sin prisa, con los ojos abiertos para llenarse con la luz de sus paisajes y convivir con sus gentes. Sólo así,  evitando viajar como viajan los baúles, se puede llegar a conocer y amar con tanta intensidad la tierra propia.

El poeta y periodista, el contador de historias increíbles y seductoras que cultivó el realismo mágico antes de que el mismo término fuera creado, el humanista ilustrado que conocía de primera mano la geografía académica y física de su tierra, llevaba un geógrafo cosido a su alma. Un geógrafo intuitivo, que fue capaz de advertir que el paisaje era un sistema complejo y armónico integrado por elementos interrelacionados en los que la luz y los elementos naturales tenían un protagonismo especial, al igual que los personajes encargados de modelar el territorio. Cunqueiro, no siendo geógrafo de formación, supo anticipar las virtudes de las áreas metropolitanas o supramunicipales para la gestión territorial antes que muchos geógrafos profesionales “la concepción de Galicia como una única ciudad, es, a mi modo de ver, la sola posibilidad de solución de los más inquietantes problemas del futuro gallego”. Hablando de Pontevedra, luminosa y alegre, escribió: “está bien Pontevedra entre Santiago y Vigo, concebida para toda Galicia como una urbs”.

Álvaro Cunqueiro, hombre de vasta cultura, viajero atento, recorrió otras tierras peninsulares y extranjeras, unas veces físicamente y otras a lomos de sus libros, y en sus periplos reforzó su compromiso con su tierra de origen. Se podría decir que a través de los viajes, y siguiendo la máxima Oteriana, el narrador tomó conciencia de la propia identidad regional y así lo hizo explícito en sus textos. Al igual que los geógrafos académicos de su tiempo, el pasajero en Galicia siempre gustó de emplear en las descripciones de los paisajes gallegos los nombres vernáculos, aquellos enraizados en el modo de vida tradicional: “los topónimos, son sobre el rostro de la tierra gallega el testimonio de una antigua labrantía, surcos como versos…” y prosigue “un país del que yo ignoro los nombres de los montes y ríos, las villas y los lugares, queda, poco menos que inédito…en la significación del topónimo traigo el amado rostro a la luz”.

Álvaro Cunqueiro, el gran fabulador, el cronista de una Galicia que apenas hoy es reconocible, es un geógrafo por descubrir y con el que gozar paseando por villas y ciudades, entrando en figones y tabernas a dar cumplida cuenta de las delicias del país o recorrer montes y valles, siempre atento para reconocer en su paisaje las huellas de la historia y la cultura gallega. El estío puede ser una buena época para disfrutar de la prosa elegante y culta de este gallego internacional que pintó como nadie los cuadros del paisaje de su tierra, que no dista mucho, en distancia y belleza, de la nuestra.

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